Marcela Nochebuena · 19 de enero de 2026
Para Adriana, la parte más difícil de haber estado privada de la libertad casi dos años fue dar a luz dentro de una prisión. Hace nueve años, fue ingresada al penal de Barrientos, en el Estado de México, cuando todavía ni siquiera sabía que esperaba una hija más, que se sumaría a los tres que ya tenía.
“Es bien difícil porque cuando yo llegué, no sabía que estaba embarazada. Me di cuenta conforme iba creciendo mi panza, yo pensé que estaba engordando. Mi bebé nació de siete meses y medio, y fue bien difícil, porque no contaba con todo lo necesario como para tenerlo dentro de la cárcel”, relata.
Desde el embarazo, dice, en ningún momento tuvo una revisión médica. Cuando su bebé nació, la trasladaron a un hospital durante tres días porque se requirió una cesárea, pero pronto regresó con él en brazos. En México, la Ley Nacional de Ejecución Penal indica que las mujeres en reclusión tienen derecho a la maternidad y a la lactancia, así como a conservar la custodia de sus hijos en el centro penitenciario, donde pueden vivir hasta los tres años de edad.

Además, la norma contempla el derecho de las infancias a recibir la alimentación adecuada y saludable, acorde con su edad y necesidades, así como educación inicial, vestimenta y atención pediátrica. Sin embargo, eso no siempre sucede, pese a que 268 mujeres embarazadas viven en centros penitenciarios y más de 300 infancias son criadas en reclusorios, como publicó Animal Político en diciembre pasado.
Adriana dormía en una cama sola por la que tenía que pagar, y ahí tenía a su niña. Siempre hacía un esfuerzo adicional para que el lugar estuviera limpio y en la medida de lo posible no le faltara nada. Aun así, había aspectos poco ideales para una infancia: gritos, conversaciones sobre consumo de sustancias, diferencias entre las internas, entre otras.
Su proceso legal duró casi dos años, y cuando obtuvo su libertad, su hija estaba por cumplir un año de edad. Uno de sus peores temores había sido la idea de tener que separarse de su hija si no lograba salir: “me daba mucho miedo que me fueran a sentenciar; decía ‘cuando a mí me sentencien, voy a sacar a la niña, la voy a sacar porque yo no quiero que esté aquí conmigo’”.
Si la tenía ahí, admite, es porque en el fondo estaba convencida de su inocencia, y de que si había llegado con su hija en el vientre, tendría que salir de ahí con ella. Pero los mayores retos vinieron cuando dejó el reclusorio; el primero de ellos, la discriminación, el cómo la miraban a ella y a su hija.
Ya fuera de la cárcel, mucha gente en el entorno de Adriana sabía que su hija había vivido con ella en el reclusorio, y la niña tampoco estuvo exenta de señalamientos, que incluso la llevaron a cambiarla de escuela.
“Fue muy complicado encontrar trabajo. Tenía el apoyo todavía del papá de mis hijos, que yo vivía con él, vivía en casa de mis papás, pero ya después con el paso del tiempo para mí fue más difícil, porque ya tenía que salir a buscar trabajo y era un ‘no, porque ya supimos que estuviste en la cárcel’, o ya eres señalada”, lamenta.
Una vez que su hija estuvo en el kinder, no solo ella recibía señalamientos y burlas, sino también sus otros hijos, que ahora tienen 21 y 17 años de edad. Adriana se enfrentó a muchas adversidades, pero la organización La Cana la ayudó a superarlas. El proceso de reinserción no solo es duro para las mujeres que abandonan la cárcel, sino también para sus familias, y particularmente sus hijos.
La historia de Adriana no es aislada. Mercedes Becker, cofundadora de La Cana, explica que el 86 % de las mujeres en prisión son madres y el 70 % siguen siendo el sustento económico de sus familias. Los programas de capacitación laboral dentro de los penales son fundamentales para reducir la ansiedad y generar ingresos dignos, lo que puede tener impactos positivos incluso una vez que salen.
Andrea Innes, directora de programas de la organización, agrega que el trabajo de la agrupación contempla dos ejes: “cárceles que reinserten”, que lleva talleres de oficios y salud mental al interior de los centros penitenciarios, y “seguimiento en libertad”, que apoya a las mujeres una vez que salen con terapia, capacitación y vinculación laboral, para enfrentar barreras como discriminación y la falta de documentos.

Adriana conoció a La Cana cuando la organización hacía visitas al reclusorio para dar a las mujeres capacitación para el trabajo, kits de higiene personal y pañales o leche para sus hijos. Así fue como empezó a ayudarle a una compañera a tejer las patitas y manitas de los muñecos que hoy vende la organización.
“Me fue gustando porque me desestresaba. No me gustaba salir, yo nada más quería estar adentro y me la pasaba llorando, con la niña o así. Cuando empecé a tejer como que mi cerebro ya dejaba de pensar y estar llorando; ya nada más mi enfoque era estar contando punto por punto, y que no me fuera a equivocar para que los piecitos, las cabecitas, me salieran bien”, relata.
Para ella, no solo era una especie de terapia emocional, sino también un soporte económico. Becker señala que la capacitación laboral no es solo una actividad ocupacional, sino un pilar de la reinserción social, que además resuelve una necesidad económica urgente para mujeres privadas de la libertad.
También lee: Infancias en el contexto de violencia: suman 570 menores asesinados a nivel nacional en lo que va del 2025
“Tener un trabajo dentro de la cárcel es fundamental, y es uno de los ejes rectores de la reinserción social. Aprender a trabajar, aprender a reconocer tus capacidades, porque muchas veces ni siquiera hay este enfoque de poder reconocer de lo que son capaces: trabajar en equipo, a lo mejor bajo una línea de calidad, es muy bueno para ellas, para que puedan tener un empleo un día que salgan de la cárcel, pero también dentro de los centros penitenciarios”, afirma la activista.
Muchas veces en los reclusorios no existen actividades y se generan horas de ocio. Tener una labor que además les genera una retribución económica ayuda a que se mantengan tranquilas, aprendan diferentes oficios y se sientan orgullosas de su trabajo. Al salir de la cárcel, poder conservar un trabajo es fundamental para romper los índices de reincidencia, añade.
Aunque inicialmente Adriana encontró un empleo y había perdido contacto con La Cana, otra compañera liberada le platicó que seguía colaborando con la organización. Así volvió a tejer y en septiembre de 2025 cumplió ocho años de trabajar formalmente con ellas. Ahí hace un poco de todo: enviar paquetes, limpieza o cocinar.
Lee más: Muerte de niñas en Badiraguato, Sinaloa, fue ataque directo de militares, denuncian familiares
“Ellas me dieron su mano y nunca volví a cometer ningún delito o algo así, desde que salí”, remarca. Su hija sigue yendo a la escuela, ahora más lejos de su entorno para evitar el bullying, y durante las vacaciones incluso la acompaña a su trabajo en La Cana. “Es inteligente, ella sabe que estuvimos en la cárcel, yo se lo he dicho por las burlas, luego, de los compañeritos”, cuenta.
“Es una niña muy tierna, cariñosa, comprensiva, y cuando yo le cuento —ella ya sabe— me dice ‘sí, mamita, tú sabes que tú no hiciste nada porque yo estuve ahí contigo, ¿te acuerdas que yo llegue contigo?”, agrega. Se acuerda porque Adriana nunca se lo ocultó, cuando desde pequeña a veces lloraba por las burlas. Está convencida de que su hija no tiene un trauma por haber estado en la cárcel.
Además, capacitarse y trabajar desde que estaba en el reclusorio le permitió, una vez afuera, iniciar su pequeño negocio: una marca propia de salsas “Hechas con Amor”. Se llaman así porque hay una experiencia desde su origen: cuando las personas compran una salsa o un peluche tejido, resalta, están ayudando a muchas chicas en el mismo camino.

“Yo les platiqué que sabía hacer salsas, que me gustaría tener una marca de salsas. Ellas me ayudaron y buscaron a quien nos pudiera dar un taller no nada más a mí, sino a muchas chicas más, para hacer muchos tipos de salsas”, explica. Ahora ofrece matcha, chicharrones de habanero, chiles en vinagre y salsa de piña. Cualquier persona puede conseguirlas a través de las redes sociales de La Cana.
A Adriana le gustaría que hubiera más oportunidades para las personas liberadas, porque pese a que ella era inocente, muchas puertas se cerraron, aunque otras se abrieron. Le pide a la sociedad que pueda ser más empática y no juzgue antes de conocer. “Nos juzgan sin saber lo que es estar en la cárcel, porque si la gente fuera empática y estuvieran un día en la cárcel, una noche, nos entenderían mucho más”, asegura.
Historias como la de Adriana atraviesan a muy diversas poblaciones. Encontrar una respuesta mediante emprendimientos puede ser un punto común. Así fue como nació la idea que originó la iniciativa La otra vida, en la que La Cana y Mi Valedor —un proyecto dirigido a poblaciones en situación de calle— unieron sus esfuerzos.
La otra vida es una tienda de segunda mano con causa, ubicada en Valladolid 76, colonia Roma, en la Ciudad de México. Funciona bajo un modelo de economía circular y reinserción social, y busca generar fondos para los programas de ambas organizaciones, así como ofrecer empleos dignos.
“Por supuesto no es solo otra vida para las prendas y los productos que recibimos como donativos, sino un esfuerzo para que las personas que entran en esta tienda salgan pensando en otras vidas que, nunca olvidemos, hay un mundo ahí afuera lleno de desigualdad, lleno de injusticia, con respecto al cual hay que actuar”, sostiene Cristina Pérez, colaboradora de Mi Valedor.
👖 En el número 76 de la calle Valladolid, en la colonia Roma, se encuentra la tienda “La Otra Vida”, un proyecto colaborativo entre @MiValedorMX y @LaCanaMx, en la que se vende ropa de segunda mano para financiar los proyectos de ambas organizaciones.
Te contamos más. 👇… pic.twitter.com/i6zxjlOcxu
— Animal Político (@Pajaropolitico) February 10, 2026
El proyecto tiene el triple propósito de recaudar fondos mediante la venta de ropa donada, fomentar el consumo responsable y el reciclaje de prendas, y ser un espacio de sensibilización, es decir, un punto de encuentro donde la sociedad pueda acercarse a ambas realidades, así como romper estigmas y prejuicios al conocer las historias detrás de los objetos, pues ahí también están a la venta los productos elaborados por los beneficiarios de ambas instituciones: muñecos de peluche tejidos por mujeres privadas de la libertad y liberadas, la revista cultural Mi Valedor y obras de arte.

Andrea Innes, de La Cana, considera que es una manera muy fácil de contribuir a fortalecer a las organizaciones y sus programas, que tanto ayudaron a Adriana. “Es un espacio lindo para compartir lo que hacen las y los valedores, así como las mujeres que trabajan en prisión. Es una manera también de que quizás nunca te hubieras interesado por saber quiénes son las personas que hacen los productos, pero pasando por aquí te topaste con la tienda y estuviste atraído por la ropa, y ahora también estás sensibilizado por las causas”, asegura.
Para Arturo Soto, director del área social de Mi Valedor, la tienda es un espacio fundamental para recordar que como sociedad no estamos abiertos a pensar qué hay detrás de la situación que llevó a una persona a dormir en las calles. Por su experiencia en el trabajo cotidiano con los valedores, sabe que influye mucho la salud mental no atendida, el consumo de sustancias, la migración y muchas otras.
“Invitar a reflexionar sobre qué puede haber detrás de que una persona esté durmiendo en la banqueta, puede iniciar este proceso de entender que quizá no es una decisión, que quizá sí es un problema estructural sobre el que vale la pena reflexionar para realmente poder dar segundas oportunidades desde una perspectiva no asistencial, sino de acompañamiento y de mucha dignidad”, apunta.
Sigue leyendo: ONU urge a México adoptar medidas para frenar desapariciones y reclutamiento forzado de infancias
Esa es la oportunidad que tuvo Adriana y muchos valedores, como Filemón, que vivió en el albergue Benito Juárez de la colonia Mixcoac durante cuatro años y medio. Un día llegó a sus manos el folleto de Mi Valedor, una revista cultural de chavos de la calle, con el único requisito de que quisiera entrar a trabajar aunque no tuviera ningún documento.
“Esa fue la oportunidad que aprovechamos, valedora, para entrar al proyecto. Yo la verdad ya había perdido todas las esperanzas, estaba en situación de cero, y de cero fui subiendo al 1, al 2, al 3, al 4, hasta que llegue al número 10, valedor, y me sentí satisfecho de poder llevar a mi casa, acercarles tal vez alguna donación de ropa, compartirles el alimento que también nos han donado, y poderme sentir satisfecho de que mis padres me dieron la oportunidad de regresar con ellos,” afirma.
“Yo quisiera ayudar a otros valedores, de la manera que me ayudaron a mí, para que puedan ver esa luz de oportunidad, que puedan saber que hay alguien que los puede apoyar para que se puedan superar, así como lo que nosotros hemos hecho”, dice entre la música, la venta y la algarabía de la inauguración de la tienda que hoy alberga su arte y la esperanza de una nueva oportunidad.