Marcela Nochebuena · 12 de abril de 2026
“De aquí no te vas a ir cómodo” es la convicción que atraviesa la reflexión y el despertar que Marisol Rivera pretende dejar en el público de “Los que se fueron”, una experiencia escénica e inmersiva que busca cuestionar la falta de indignación de la sociedad ante el fenómeno de la desaparición en México.
Por eso sostiene que ese proyecto, que nació durante los años de la pandemia, se ha convertido más en una protesta teatral que en una apuesta teatral. Las cuatro historias que retoma tienen sus bases en realidades y casos plenamente documentados que, sumadas al acompañamiento de colectivos de familiares de personas desaparecidas y documentos sobre el tema, tienen la intención de interpelar directamente al espectador.
Marisol, abogada que ejerció durante 8 años y luego se dio cuenta de que quería convertir su pasatiempo —la actuación— en un modo de vida profesional, cuenta que si como sociedad ignoramos las consecuencias que viven las familias de personas desaparecidas y “metemos la cabeza en la arena”, esa realidad alcanzará cada vez a más personas.
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Aunque desde que ejerció como abogada la movía su intención de participar de la justicia y de la igualdad —razón por la que eligió esa carrera, aunque terminó “dándose de topes”—, ahora quiere dedicarse a lo que genuinamente le interesa contar, que al mismo tiempo trata de ser una contraposición al auge, que ella detecta empezó en 2006, del género true crime, que muchas veces deriva en apología del delito.
Tiempo después del inicio de la pandemia, el 9 de abril de 2022 se conoció la desaparición de Debanhi Escobar, una estudiante de 18 años, en Nuevo León, en la carretera Monterrey-Nuevo Laredo. Para ella, eso marcó un punto de inflexión en las protestas de mujeres y en la visibilidad de los casos de personas desaparecidas. Como mamá, empezó a reflexionar en torno a ello, y al mismo tiempo en la falta de respuestas a las madres y padres de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa en 2014.
La pandemia, además, había sido un periodo de parálisis general, igualmente para las investigaciones, la justicia y las causas. Esa época también sirvió para que ella entrara en contacto con el actor Víctor Civeira para escribir cuatro historias vinculadas con la desaparición y sus daños colaterales. Estas terminaron enfocándose en el caso Ayotzinapa, el de Marisela Escobedo —asesinada en 2010 durante su lucha para obtener justicia por el feminicidio de su hija Rubí—, y dos relatos no específicos sobre trata de personas y reclutamiento.
“A mí se me hizo maravilloso que era muy onírico, que era la parte que yo quería, porque le dije ‘yo lo que quiero es como permitirles a estas personas que están buscando a sus familias encontrarse con ellas’, porque sucede un fenómeno cuando nosotros estamos en un luto: cuando alguien fallece tienes el chance de saber que falleció, de ir al funeral, al velorio, y de hacerle ver a tu cerebro, a tu entendimiento, que esa persona falleció…
“Ahora imagínate si no tienes la oportunidad de ese proceso, que simplemente como no hay un cuerpo, no hay un indicio de que esa persona falleció, ¿cómo son tus noches, cómo son tus sueños? ¿cuál es el daño colateral? ‘Me gustaría dar la oportunidad a esas personas de carearse de forma onírica con las personas que buscan, ¿qué platicas podrían tener?”, detalla la directora del proyecto.
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Ese se convirtió en el planteamiento de dos de las cuatro historias. Las otras dos, en cambio, están narradas a partir de un hecho tangible, una videollamada, donde el familiar que está desaparecido se pone en contacto con quien lo está buscando. Esto ocurre en la historia de trata de personas, para denunciar las cadenas de corrupción, y en la de reclutamiento por el crimen organizado, que pretende reflejar con el testimonio de un joven cómo influye la narcocultura, y todas las circunstancias sociales y económicas que la vuelven una opción.
Luego de presentar una primera versión de Los que se fueron en 2021, el año pasado Marisol comenzó a escuchar sobre el procedimiento que inició el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, previsto en el artículo 34 de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas ante la posibilidad de que en el país las desapariciones forzadas ocurran de manera general o sistemática, lo que permite dar intervención a la Asamblea General de la ONU.
A ello antecedían, ese mismo año, los hallazgos en el Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco. Marisol recuerda que incluso las historias que presentaron en 2021 ya hablaban sobre un rancho de reclutamiento, cuando todavía no se sabía nada de Izaguirre, pero ya se habían documentado casos de personas que habían sido llevadas a ese tipo de lugares. Ante ello, se preguntó qué pasaría si algo así ocurriera más cerca de ella. “¿Sabrías qué hacer?”, se cuestionó a sí misma; aunque es abogada, la respuesta fue “no”.
Recuerda que de manera más reciente, también ocurrió la reclasificación del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas por parte del gobierno federal, que pretende acotar más de 130 mil registros a 43 mil. Todos esos antecedentes la llevaron a buscar un acercamiento directo con colectivos de familias de personas desaparecidas.
“Hacer el acercamiento con los colectivos me ha gustado mucho también porque en el 2021 no podían tener ese acercamiento, y además porque estaban muy protegidos todavía. Ahora ya no, por eso las están matando. Se puede acercar fácilmente uno a ellos, y sigo sintiendo como esta situación en donde, como sociedad, estamos súper apáticos, y a mí me duele mucho eso, me duele la apatía, y me enoja ver gente indignada porque el Estadio Banorte tiene una muy mala remodelación a estar realmente indignados porque no aparecen nuestros jóvenes”, reclama.

Fue entonces cuando decidió hablar con actores que ya conocía, y con Alejandro Flota como director, para sumarlos al proyecto, que se expandió aún más cuando pudo ver de cerca las fotografías de colectivos y fotoperiodistas que han acompañado a las personas que buscan. “Quise integrar eso también como una especie de curaduría, porque lo que quiero hacer es una experiencia inmersiva: a ver, inmérsate en esto, porque lo estás viviendo en tu país”, invita Marisol.
Le gustaría que la primera experiencia de los espectadores al entrar y ver las fotos sea sentir directamente ese apretón en el estómago que incomoda. Para ir más allá e incluir también a los colectivos, decidió incorporar las fichas de búsqueda y las mantas que utilizan en el día a día para tratar de localizar a sus seres queridos: “Quiero las fichas de búsqueda, quiero todo, quiero las lonas, los manteles que se ponen, las gorras que ellos usan, las tazas, lo que sea”, apunta.
Invitarlos a participar convirtió al proyecto, desde su perspectiva, en algo mucho más grande que una obra de teatro: “Ahora ya no es una apuesta teatral, sino una protesta teatral; ellos protestan y yo quiero protestar con ellos artísticamente, escénicamente, porque también sé lo que provoca el teatro, es un espejo para que te veas reflejado en una realidad que no aceptas: u observas tu realidad u observas la de alguien más”, añade.
Eso condujo a hacer una fragmentación desde la dirección del montaje escénico, que consiste en que la ficción de una cuarta pared culmina en el rompimiento de esta, para que los actores interpelen directamente al público con el cuestionamiento “¿tú qué estás haciendo? Tal vez también eres parte de esto, porque si lo omites, eres partícipe”. Hoy, la actriz y directora siente un gran compromiso con esos colectivos.
“El teatro no debe ser un espectáculo para entretener, nosotros hacemos del teatro un compromiso con la sociedad. El teatro documental es la antítesis de la apología del delito, planteando problemas actuales, poniendo atención a las causas primarias”, es uno de los principios de los que parte el dossier del proyecto. Esas causas, para Marisol, son la ignorancia, la impunidad y la apatía.
Por eso, una de las ideas centrales de la propuesta es que las madres, padres e infancias buscadoras necesitan de forma urgente escenarios dignos, lugares donde sus demandas sean escuchadas y no ignoradas. Por medio de la narrativa de la obra, los artistas que participan sostienen que se logra un espacio especial para que esas denuncias tengan un eco en la sociedad.
Las historias, que parten de esos casos reales, cargan también una porción de ficción, explica Marisol, para que cada una presente una conclusión distinta sobre lo que pudo haber sucedido, a criterio de quién lo ve. Además, cada una lleva un mensaje particular, por ejemplo en el caso de Marisela Escobedo y Ayotzinapa, para la artista lo que subyace es el argumento de seguir luchando desde cualquier trinchera, con una lucha inteligente y organizada, y sin perder la esperanza.
Las otras dos historias recurren más a elementos retomados de documentales sobre casos de trata en Tlaxcala, aunque parte de su inspiración también proviene de Los demonios del edén, sin señalar a perpetradores específicos. Lo mismo ocurre con el tema de reclutamiento, pues más allá de enfocar a una sola persona, lo que se pretende es abordar el cuestionamiento de ¿por qué los jóvenes están eligiendo ese camino? Para ella, es importante indagar y ahondar sobre lo que el propio Estado ha prometido, sin cumplirlo: atención a las causas.
A partir de esos planteamientos, el 2, 9, 16 y 23 de mayo en el lobby del Foro Contigo América —en la colonia Nápoles—, se expondrán 23 fotografías del colectivo La línea de enfrente y del fotoperiodista Daniel Ojeda, para después entrar directamente al foro a través de un camino saturado del material prestado por los colectivos. En tanto, en el escenario, un proyector exhibirá imágenes documentales de distintas marchas y protestas.
“Esto lo hace documental, que extrajimos testimonios reales y lo fusionamos con la ficción. Es ficcionado, pero es real”, aclara. La idea es crecer y tener más recursos para incorporar otros elementos. Por lo pronto, se sumará también a la puesta en escena la participación de un colectivo diferente en cada una de las funciones, para expresarle directamente al público qué necesitan de la sociedad, ante la indiferencia tan común.
La idea es que ellos, que son quienes se han convertido de manera forzada en especialistas, sean quienes enseñen y digan qué hacer. Ella misma considera que su propio acercamiento todavía es un proceso abierto de aprendizaje, porque ha podido constatar que aunque a veces no son vistos, siempre extienden la mano ante un nuevo familiar que experimenta la desaparición de un ser querido. “No ha sido cómodo, porque cada vez me siento menos útil y quiero prepararme más”, confiesa.
A los elementos documentales en el proyecto escénico se sumará un programa de mano que incluirá no solo las imágenes de los colaboradores, sino información sobre las personas aliadas, los colectivos e incluso algunas de las vías a las que se puede recurrir cuando alguien desaparece. Marisol quiere que el proyecto mismo se convierta en una herramienta, vaya a otros estados y quizá, más adelante, incluso actualizarlo.
“El tema es hacerlo bien inmersivo: ya entraste y yo te agarro, de aquí no te vas cómodo, no es un lugar donde vas a pasártelo cómodamente; vamos a hacer un acto de reflexión, un acto de despertar, y eso nunca es cómodo. Es una obra que incomode, que haga reflexionar y que duela, porque es difícil”, añade.