Así se construyó el libro sobre los condenados en Malasia

Manu Ureste (@ManuVPC) · 15 de agosto de 2013

Así se construyó el libro sobre los condenados en Malasia
Portada del libro 'Morir en Malasia', de Víctor Hugo Michel.
Portada del libro ‘Morir en Malasia’, de Víctor Hugo Michel.

Singapur, Johor Bahru, Ho Chi Minh, Kuala Lumpur… Aunque Morir en Malasia (editorial Océano) podría ser el título de una novela de espías de Graham Greene o Ian Fleming -de esas que transcurren entre puertos de nombre exótico y laberínticos barrios chinos que guardan complots contra Estados Unidos-, la obra del periodista mexicano Víctor Hugo Michel no es un thriller detectivesco repleto de intrigas ficticias.

Se trata, por el contrario, de un amplio reportaje distribuido en un libro de 200 páginas que, con un estilo vertiginoso e influenciado por obras como A sangre fría, La canción del verdugo, o Viaje al corazón del imperio, narra la historia de Luis Alfonso, Simón y José Regino González Villarreal; tres hermanos sinaloenses condenados en Malasia a morir en la horca por el delito de narcotráfico, y que, carentes del poder y las riquezas de los capos de alias pomposos al estilo de El jefe de jefes o El señor de los cielos, representan el eslabón más débil en el engranaje de la maquinaria del crimen organizado.

“Los hermanos González Villarreal son la parte de abajo del narco –explica Víctor Hugo Michel en entrevista con Animal Político-. Porque la organización para la que ellos trabajaban y que los llevó hasta Malasia prometiéndoles empleo y dinero los desechó sin pensarlo cuando los detuvieron. Como también, en cierta medida, la sociedad mexicana los ha desechado”.

En este sentido, el periodista recuerda que aunque México tiene una “muy muy larga” tradición en defender a mexicanos que fueron condenados a muerte en Estados Unidos, el caso de estos tres hermanos que en 2008 dejaron las Lomas de Rodriguera, en Culiacán, para viajar hasta el otro lado del mundo y hacer dinero en Malasia, fue acogido con indiferencia, o incluso rechazo, por una sociedad hastiada de tanta guerra contra el narco.

“Muchos libros se centran en la figura ‘glamourizada’ del narco, pero pocos hablan de la figura de los ‘buchones’; esa especie de copia del narco grande, del capo de las mujeres, del dinero, los coches…”

[contextly_sidebar id=”d8ca1d7cf656939c881219b662eb3274″]“Estamos ante tres acusados de fabricar metanfetaminas. Es decir, a ellos se les acusa de estar trabajando en un narcolaboratorio. No se les acusa de homicidio, ni de secuestro, ni tampoco de violación. Y sin embargo, en su caso la sociedad mexicana toma una distancia mucho más grande: no hay ningún llamado a ayudar a nuestros connacionales que están en la otra parte del mundo, a pesar de que enfrentan una situación dramática, porque los quieren colgar en la horca”, apunta Víctor Hugo.

“Y claro –añade a colación-, el caso de estos hermanos llega además en una etapa muy mala para nuestro país. En ese entonces el presidente Calderón ya había hecho de la guerra contra el narcotráfico prácticamente su motivo central de existencia y pues cómo iban a defender a tres mexicanos acusados de delitos contra la salud al otro lado del mundo. Y también por este motivo la sociedad, que ya está harta de todas las barbaries del sexenio pasado, reaccionó de forma muy dura con este caso, diciendo ‘pues que cuelguen a esos malditos narcos’”.

“A estos tres hermanos no se les acusa de homicidio, ni de secuestro, ni tampoco de violación. Y sin embargo, en su caso la sociedad mexicana toma una distancia mucho más grande”

Tras la amplia respuesta, el autor del libro, que cuenta que la idea del mismo surgió mientras cubría un reportaje sobre cómo la crisis económica afectó a la ciudad de Las Vegas –allí un “viejo contacto” de de Relaciones Exteriores le dijo que “podría haber algo en Malasia”-, guarda silencio en espera de una nueva pregunta, y a continuación explica que, a diferencia de la literatura existente sobre los grandes capos y las trasnacionales de los cárteles de la droga, el objetivo de Morir en Malasia es contar la vida de esos “soldados rasos” que el narco usa como mercancía desechable para sus fines.

“Muchos libros se han centrado en la figura glamourizada del narco, pero pocos hablan de la figura de los ‘buchones’; esa especie de copia del narco grande, del capo de las mujeres, del dinero, los coches… Pocos prestan atención a estos otros personajes que son la carne de cañón del narcotráfico. Es decir –se explica-, en México oímos habitualmente que cayeron veinte sicarios o que mataron a cuarenta halcones. Pero poco se habla, por ejemplo, de los administradores, que son las personas que viajan y saben moverse por el mundo globalizado. Por eso este libro cuenta la historia de tres personajes que están en lo más bajo de la pirámide y de cómo, precisamente por estar en lo más bajo, no merecieron ninguna compasión o ayuda por parte de nadie”.

Los tres hermanos González Villarreal.//FOTO: AP
Los tres hermanos González Villarreal.//FOTO: AP

[contextly_sidebar id=”5ff4a3692db0a3ca7d2581af74651c49″]Cuestionado a continuación sobre cómo fue la labor de investigación en Malasia, Víctor Hugo Michel cuenta que tras el tip de su fuente en Relaciones Exteriores agarró un avión en la ciudad de México para, previa escalas en San Francisco y Taipei, instalar su base de operaciones en el barrio chino de Kuala Lumpur.

Sin embargo, lamenta, a pesar de los miles de kilómetros recorridos para aterrizar en el sureste asiático, la distancia hasta los tres mexicanos aún era inmensa.

“En primer lugar –narra el autor-, la embajada mexicana en Malasia ya me había dicho que ellos no me iban a ayudar. De hecho, me mandaron un mensaje que todavía no entiendo: me dijeron ‘no venga para acá. Si viene, los van a matar’. Me da la impresión que con ese mensaje la embajada quería cubrir sus huellas y que no se supiera del caso en México”.

“Luego –prosigue con la narración-, una vez en Kuala Lumpur toco puertas en el gobierno pero nadie me dice nada. Así hasta que –alza entusiasmado la voz- tuve un golpe de suerte: voy al periódico The Star y tras plantear el caso unos periodistas comienzan a sacarme unas notas que estaban en bahasa –lengua oficial de Malasia-, y me traducen el nombre del abogado de los mexicanos”.

“La embajada mexicana en Malasia me avisó que ellos no me iban a ayudar. Me dijeron ‘no venga para acá. Si viene, los van a matar’.

Tras localizarlo vía telefónica, el letrado accede a entrevistarse con el periodista en un cafetín de Kuala Lumpur y allí le dice el nombre de los tres naturales de Culiacán y confirma que éstos se encuentran en una prisión de Johor Bahru, “la Ciudad Juárez de Malasia”, ubicada al sur del país, frontera con Singapur.

“Al día siguiente tomo un vuelo, llego a la prisión y, en otro golpe de suerte, me dejan hablar con ellos”.

-¿Una vez frente a ellos qué fue lo primero que les preguntaste? –Se le pregunta al reportero-.

-Al principio me recibieron con recelo, estaban muy sorprendidos de ver un periodista mexicano allí. Pero luego comenzaron a caerse las barreras y más bien ellos fueron los que me preguntaban cosas a mí.

-¿Por ejemplo…?

-Me preguntaban por las Chivas, por los Dorados de Sinaloa, ¡y por cómo habíamos quedado en el Mundial! –exclama-. La verdad es que eso me impresionó: para ellos el tiempo se había detenido por completo en 2008, porque en la prisión no tienen acceso a internet, y además no hablan bahasa ni tampoco inglés, así que no sabían absolutamente nada de lo sucedido en nuestro país. Fue algo muy surrealista.

“Cuando estuve ante ellos en la cárcel de Johor Bahru me preguntaban por las Chivas, por los Dorados de Sinaloa, ¡y por cómo habíamos quedado en el Mundial!” 

-¿Llegaste a establecer una relación de empatía con ellos?

-Mira, yo llegué allá con la idea de encontrar la gran historia de cómo el Chapo plantó su picota en Asia; pensaba que iba a sacar la gran nota de tres narcos duros de cinto, sombrero y bota detenidos en Malasia. Y la verdad es que no hallé nada de eso. Más bien me encontré, como yo digo, con tres pelados atemorizados porque están condenados a muerte. Y con el tiempo, después de conocer la realidad de sus familias, se te va cayendo el mito de esa visión maniquea que nos trató de crear Felipe Calderón de bueno o malo, blanco o negro, y empiezas a ver las circunstancias sociales que rodea a estas personas. Entonces, te das cuenta que es una familia normal, en la que el padre sufre porque tiene a tres hijos al otro lado del mundo, la madre llora porque están en la cárcel, y en la que todos están en shock.

Por ello –comienza a concluir el periodista, que en un par de horas más estará de nuevo arriba de un Boeing con rumbo a Kuala Lumpur-, más que empatía, empieza a generarse un sentimiento de poder entender al otro, de humanizarlo. Porque si algo nos pasó en el anterior sexenio fue ese proceso de deshumanización, que nos llevó a esas frases de ‘si los mataron es porque algo habrán hecho’.

“Llegué allá con la idea de encontrar la gran historia de cómo el Chapo plantó su picota en Asia; pensaba que iba a sacar la gran nota de tres narcos duros de cinto, sombrero y bota detenidos en Malasia. Y la verdad es que no hallé nada de eso”