Los clicks inesperados de Juan Carlos Ruiz Vargas

Moisés Castillo · 12 de mayo de 2012

Los clicks inesperados de Juan Carlos Ruiz Vargas

I.

Dicen que la fotografía es la fusión de diferentes tiempos y espacios en un solo instante. Y las imágenes del fotógrafo Juan Carlos Ruiz Vargas reflejan momentos inesperados: un ojo que mira paciente la realidad desde un ángulo súbito. Sus temáticas son popularmente marginales. Los edificios semi abandonados del DF, los balnearios públicos del oriente de la ciudad y los bailes sonideros funcionan como una cronología de instantes congelados que no es ajena a su entorno.

En 2007 un amigo lo invitó a las grabaciones de un documental sobre el “Condominio Insurgentes” o Edificio de la “Canadá”, ubicado en avenida Insurgentes 300 esquina Medellín. El inmueble que se niega a morir se inauguró en 1958 en pleno auge de los de edificios altos y conjuntos habitacionales monumentales. México quería ser de primer mundo y presumía su desarrollo estabilizador.

El condominio que originalmente contaba con 420 lujosos despachos, ahora luce decadente y abandonado. Más de la mitad de las oficinas originales están acondicionadas como viviendas. Desde la calle se ven cristales rotos y paredes mordidas por el tiempo. Con el terremoto de 1985 comenzó el ocaso de la construcción de 19 pisos.

Los abogados más prominentes y profesionistas tenían ahí su centro de trabajo. Políticos y famosos de la época eran dueños de varios pisos. Ahora todo se movió: hay ajustadores, espiritistas, masajistas, tatuadores, maestros de baile, contadores, valuadores, serigrafistas, optometristas, hasta dealers y sexo servidoras.

A principios de los 90 se incendió el piso 15 por un corto circuito y el ascensor dejó de funcionar hasta el octavo nivel. Juan Carlos conoció a un tipo apodado “El Cobra”, el cual se adueñó de esa planta chamuscada y le enseñó los rincones del lugar. En el sinistro murieron varias personas y cuenta la leyenda que una mujer atraviesa desnuda a cualquier hora el tenebroso pasillo. Aquella joven fue violada y asesinada en los 80 y abandonaron su cuerpo como un costal viejo.

Tomó su Canon 20D para hacer la foto fija del documental y durante tres semanas sintió una energía pesada y negativa. Vio ratas muertas, basura, muros grafiteados y percibió un olor pútrido que casi lo hizo vomitar. Al ver aquellas fotografías con tonos sórdidos y macabros decidió alterar los espacios retratados con la aparición del fantasma de la chica desnuda. Con la técnica del photoshop creó esa imagen femenina para contar una historia estremecedora. Paisaje que aparece y desaparece. La noche es sólo ruido.

“Se me ocurre la idea de meter el fantasma de esa mujer desnuda en los pasillos y en las escaleras. Hace mucho que no voy y me daría miedo ir solo. Es algo extremo, sabes. La sensación de estar en ese edificio y en ese piso es de miedo total. Siempre estás pensando que te va a pasar algo porque la gente que sube son drogadictos y rateros. Hay gente que sube y está ahí inhalando monas y otros weyes están contando lo que se robaron. La gente sube y baja sin restricciones. Estar ahí es escalofriante”.

 

II.

El fotógrafo ha vivido toda su vida en la colonia Puebla, al oriente de la Ciudad de México. Su madre lo llevaba de niño a nadar junto con sus hermanos a famosos balnearios como el Elba en el Peñón Viejo; Las Termas y El ex Olímpico en la Pantitlán. En esas albercas comunales pasaba sus fines de semana, donde no importa el agua amarillo-verdosa sino la diversión de miles de visitantes.

En tiempos de secundaria, los balnearios fueron los mejores lugares para irse de pinta o de excursión con sus carnales. Con un poco de pena dice que era muy chistoso ver a puros chavitos cotorrear con sus boxers, trajes de baño del Aurrerá o en el peor de los casos en calzoncillos.

La imagen de aquellos niños quería revivirla y representarla a través de la presencia fotográfica: conjuntar la mirada, el azar y el pensamiento. En 2004 estaba estudiando fotografía en la Activa de Coyoacán y en el Claustro de Sor Juana. Precisamente en esa universidad descubrió el proceso de revelar fotos en blanco y negro y quedó fascinado. Fijación de la imagen en una placa irradian rayos de luz y sombras. En ese tiempo trabajaba en un banco y tenía los recursos para financiarse lo que sería su pasión definitiva.

Su serie titulada “Santa Semana Santa” tiene influencia del trabajo del fotógrafo Francisco Mata “Sábado de gloria”, que retrata lo más cercano que tienen miles de habitantes del oriente de la ciudad de vacacionar en la playa: los balnearios para mojarse, asolearse y divertirse. Muchos de sus compañeros “fresas” veían en esas fotografías un mundo desconocido.

-¿Dónde es esto wee?- le preguntaban con asombro.

-Esto está del otro lado de donde tú vives. A lo mejor en Semana Santa te la pasas en Miami o tu familia se va a Cancún pero esa gente del oriente así se divierte y se refresca- respondía orgulloso.

Dice el fotógrafo nocturno de La Pulquería Los Insurgentes que la sensación que se respira es de completa felicidad, todo es fiesta, baile y buena vibra donde convive la familia en esos días “de guardar”. En el Elba conoció a unos cholos y recuerda con varias carcajadas al “Sabo”, un joven de 26 años de edad que tenía tatuado casi todo el cuerpo. Era tan vulnerable al agua que ese chavo temible  traía un salvavidas con forma de patito.

“Es muy chistoso porque es una persona que la puedes ver en la calle y te echas a correr. Pero en el agua se veía tan apacible y buena onda que causaba ternura. Ese personaje marcó mucho mi visita a ese tipo de lugares entrañables”.

Ha sido seleccionado por la Bienal de Fotoperiodismo de Iberoamérica en 2007, Expo Internacional en Zurich, Suiza; obtuvo el primer lugar como mejor fotografía turística de la Ciudad de México en 2011. Precisamente fue en Balneario ex Olímpico donde tomó esa foto premiada.

El fan de Cartier-Bresson veía que un tipo moreno de shorts oscuros se echaba clavados con una energía que le impresionó. Se acercó y tomó una foto y le salió malísima, le cortó la cintura. Y le dijo al chavo que quería tomarle unas fotos con la gente de fondo y en unos cuantos clicks salió “El jinete sin cabeza”.

“Es alguien anónimo entre la multitud. Él se ve sin rostro y se avienta libremente hacia el agua”.

 

III.

Cada aniversario hay baile sonidero en el mercado Puebla. El “sonido-ido-ido-ido…” retumbaba en las ventanas de su casa a escasas tres cuadras de distancia. Los locatarios se adueñaban de la calle y comenzaba la fiesta y la música guapachosa. Al igual que el tema de los balnearios, Juan Carlos quiso capturar la cultura popular del barrio donde vivía. Una tradición que a veces se mancha de sangre por unos cuántos que traen plomo para alardear y matar.

También capturó tocadas que se organizaban en Tepito o en el Peñón de los Baños, “la Colombia chiquita”. Poco a poco comenzó a inmiscuirse en ese mundo delirante y conoció a varios sonideros y bailarines. Durante un año estuvo registrando bailes por toda la ciudad y se dio cuenta que en algunos sitios el alcohol y las drogas se consumen como si fueran caramelos.

Del Peñón tuvo que escapar porque un tipo que le dicen “El Cangrejo” casi lo atora. Aquel hombre flaco y de piel blanca estaba paranoico por las altas dosis de “piedra” que se metió esa noche. Le comenzó a decir: “Ya nos dijeron que nos estás poniendo el dedo y vas a ir con la judicial para que nos busquen”. Un poco asustado, Juan Carlos le respondió: “No wey, tranquilo. Yo ando tomando fotos para un trabajo artístico”.

“¡A la chingada morro!” y le quiso arrebatar la cámara y su mochila. Segundos más tarde llegaron otros tres tipos de la banda y lo empezaron a hostigar y a perseguir en la rueda del baile. De repente una chica le dijo: “Vi que hay cuatro persiguiéndote con pistola y fierro y te van a tronar. Mejor pélate”.

Obediente sintió que el corazón le iba explotar al bajar corriendo por las calles empinadas y oscuras. Escuchó gritos de “El Cangrejo” y sus compas pero nunca volteó y continuó moviendo sus piernas. Por un momento pensó que se iba a ir de “boca” porque la mochila con la cámara le pesaba demasiado. Fueron como 10 minutos de correr sin parar. Cuando llegó a Circuito Interior, cerca del aeropuerto, miró hacia atrás y se percató que ya no lo seguían. Sacó un poco de aire por la boca, se agarró las rodillas con las manos y notó que su playera roja estaba empapada de sudor. Olía y tenía el aliento agrio.

El colaborador de la revista Generación y ex freelancero de El Universal y La Jornada dice que mandó a la “chingada” su estabilidad económica y las corbatas para dedicarse a lo que siempre hacía de niño con su cámara desechable Fujifilm cuando aventaba a su hermana al sillón y lloraba: apretar el obturador para apresar el momento, contar una historia o un drama.