Moisés Castillo · 23 de julio de 2011

Leer los 13 cuentos de Llovizna (Montesinos 2011) provoca sensaciones agridulces, que van de la carcajada a un silencio sepulcral. Son historias de traiciones, lujuria, envidias, celos, miedo y muerte. Adentrarse a la Llovizna del escritor Edson Lechuga, es caminar por un largo pasillo donde hay puertas que, al abrirlas, nunca se sabe si entramos o salimos. Tal vez, tras esas puertas no hay otro lado: espacio de un instante. Recorrer el laberinto de los sentimientos menos prestigiosos, es la invitación que nos hace el escritor de Pahuatlán de Valle, Puebla.

Llovizna son relatos que Edson escribió en la última década y que están divididos en tres partes: Llovizna sobre asfalto, cuentos que ilustran el caótico y maravilloso Distrito Federal; Llovizna sobre tierra, historias que tienen como escenario a su pueblo; y Llovizna sobre piel, que contiene sólo un cuento que le da el título al libro y que retrata la inmigración rural, donde los pueblos se quedan sin jóvenes, ya que no pueden regresar a ver a sus familias.
Pareciera que cada uno de los cuentos de Edson nacieron para un solo momento, que no era el momento verdadero. Transcurren en un reloj de arena sin fondo, la hora se detiene y el camino no acaba de llegar. Son historias que huelen a calle, a tierra mojada, y que saben a agua salada. Son un poco de agua en los ojos de personajes entrañables como don José Alfredo Sarquís, en Sonata número 13 para clarinete.
Al terminar de leer Llovizna, inevitablemente me llevó a unas palabras del poeta Roque Dalton: Desde ayer que te fuiste/Hay humedad y frío hasta en la música/ Ahora llueve de nuevo/Nunca ha sido tan tarde a las siete menos cuarto como hoy/ Hace frío sin ti pero se vive.
Y Edson habla y escribe en el papel de los sentimientos no gratos o que quieren olvidar los individuos, gracias a la impertinencia y a la arrogancia del amor. De ese amor idealizado, ñoño, del que habla la TV: el amor para toda la vida.
Inicialmente Llovizna estaba formado por 25 cuentos, después quedaron 18 y finalmente 13. Son relatos que le dieron de comer a Edson durante muchos años: hacía lecturas dramatizadas en foros pequeños donde lo único que había era un taburete, un micrófono y él portando un sombrero huasteco. Toda la responsabilidad se la dejaba a la voz y así juntó dinero en varias ciudades de Europa y América. Hasta que un día, decidió compilarlos y proponerle un libro a su agente Pablo Raphael.
-¿Cómo llegaste al “tono” de tus cuentos? Es decir, existe ironía, humor ácido en tus historias pero también toques muy trágicos…
Agregaría no sólo el tono sino la voz narrativa que cuenta la historia. Es el elemento plástico que te da la posibilidad de contar un relato, la plastilina con la que el autor hace el artefacto, el monigote. Claro que fue complicado. Hay un humor pensado, no el humor que propone la televisión, la televisión simplifica todo, buenos y malos, y te dice que tirarte un pastel en la cara debe ser gracioso. La comedia y la tragedia están ahí porque nos constituyen. La tragedia no solamente desde la muerte sino también desde la traición y la soledad. Desde el abandono como don José Alfredo Sarquís, desde la anulación como Rodolfo Saldívar I. Saldívar o como los papás de Francisco, el hijo que emigra.
-Desde hace 9 años vives en Barcelona, ¿Ha cambiado tu forma de escribir y ver a la distancia la ciudad de México y Pahuatlán de Valle, tu pueblo?
Vivir en el extranjero provoca una situación interesantísima. Permanentemente pienso y repienso México, redefine la relación con tu cultura e idiosincrasia. En el momento en que estás en un contexto extraño, no falta quien te pregunte, ‘oye y qué desayunan en México’… Pues unos chilaquiles, y qué son, ‘ah pues es una comida que se hacía para no desperdiciar la toritilla del día anterior’. Ah y qué es la tortilla… Cómo son los jóvenes… ¡Diantres! Inevitablemente reflexionas sobre la realidad de tu país, sobre tu cosmovisión y esto es una maravilla porque terminas recreando la relación con México de forma muy profunda.
-¿Te sientes extraño allá? ¿Eres un turista, un catalán-mex?
Me decían hace poco en un periódico catalán, ¿eres inmigrante, turista, barceloní-mexicano? Yo dije ‘soy un mexicano viviendo en Barcelona’. Así es como me entiendo, un mexicano independientemente lo que digan mis permisos de residencia o los pasaportes.
-¿Qué tan diferentes son Barcelona y el DF?
Si son muy diferentes. Soy un hombre muy afortunado porque vengo a México a exponerme. Y después voy a Barcelona a reflexionar sobre esta exposición. El D.F. es insalubre, intenso, violento y acelerado. Las manifestaciones artísticas de la cultura popular mexicana me fascinan, me vuelven loco. Todo lo que hay en las calles del D.F. me parece extraordinario. Me declaro un ferviente admirador de Rigo Tovar y Amanda Miguel. Y luego ir a Barcelona me da la posibilidad de poner distancia a estas emociones y observarlo desde la calma. Barcelona es una ciudad muy tranquila, cómoda, con muy pocos problemas a nivel ciudadano.

Supervisor de edecanes y Vicente Huidobro
Edson Lechuga siempre estuvo rodeado de libros, no contaba en casa con una enorme y surtida biblioteca, pero sus padres tenían a la vista El lobo estepario, de Hermann Hesse; Doce cuentos peregrinos y Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez; El ruido y la furia, de William Faulkner; los cuentos de Juan Rulfo, algunos tomos de Nietzsche, pero cuando tropezó con el poeta chileno Vicente Huidobro a los 18 años, “todo se derrumbó dentro de mí, como dice Emmanuel. Me sacudió tremendamente”.
Los padres de Edson son profesores de primaria en la Sierra Norte de Puebla. Desde niño convivió con indios, con el magisterio de la sección 23 del SNTE y fue testigo de las largas veladas que había en su casa, donde se escuchaba trova de Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez y música tradicional mexicana. Todo este ambiente de bohemia y activismo en Pahuatlán de Valle, marcó para siempre al autor de Luz de luciérnagas.
A los 16 años huyó de su pueblo querido a la ciudad de Puebla, con la que se llevó terriblemente mal. Permaneció ahí tres años mientras terminaba la preparatoria y escapó del infierno: se peleó con sus padres, con sus amigos, con el gobierno local, con su novia y no se soportaba. Aún no sabe por qué se encontraba enfadado, quizá por “rebelde, inconforme, inquieto, curioso, por chincualiento, por culinquieto”.
Edson se convirtió en un joven nómada y recorrió varias ciudades: estuvo unos años en la ciudad de México estudiando en la Facultad de Sicología, en Filosofía y Letras, después se fue a Aguascalientes, Comitán, Jalapa, Cincinnati, Cuba, pero siempre retornaba al D.F. El escritor que ahora vive en Barcelona se considera un hombre callejero. Aparte de darle a la escritura, fue ruletero, volantero de Ner Refrigeración, trabajó en un banco y fue supervisor de hermosas edecanes de un producto para el cabello.
“La calle es para los rebeldes, los manifestantes, ambulantes, grafiteros, performanceros. La gente bien no usa la calle, la gente bien va de un recinto a otro, toma un coche y se traslada a otro edificio. Se pierde la oportunidad de la calle. La gente bien viaja en automóvil y soluciona todo vía Internet o por celular”.
-¿En qué momento decidiste ser escritor?
Tenía que hacer un curriculum para tener un trabajo serio y no encajaba en ninguno. Me di cuenta que lo único que sabía hacer mas o menos bien era escribir. Entonces no fue una elección consciente. Hacer literatura es una manera de entender el mundo, no me había dado cuenta de eso. No sé si tuve un ‘parte aguas’ o si era una ruta que seguía de una forma inconsciente.
-¿Te consideras un escritor “comprometido” que sale a las calles, protesta y firma desplegados?
Tengo un artículo que se publicó en España que se llama ‘México duele México’, que parte de este dolor profundo que siento por la situación en que se encuentra mi país. Y partir de esto, todo lo que tenga que ver con colaborar para que dejemos de estar así, lo haré. No sé si sea comprometido o no, lo único que sé es que me compete. Es mi deber, formo parte del movimiento ciudadano de mexicanos en Barcelona en apoyo al movimiento de Javier Sicilia. Participé con Alma Guillermoprieto en el proyecto de 72 migrantes muertos en San Fernando, Tamaulipas, donde hicimos por cada cuerpo un texto de los encontrados en las fosas clandestinas.
-¿Cómo calificas esta guerra contra el narco que lanzó el gobierno de Calderón?
Es atroz. El gobierno de Felipe Calderón ha hecho las cosas de forma terca, absurda e ineficaz, y esto ha mellado en el inconsciente colectivo de forma muy evidente. No tengo empacho en decir que es una calamidad lo que está haciendo este hombre y me da una tristeza terrible que sigan apareciendo cuerpos mutilados por las calles. La solución no va a venir ni de la clase política, ni de la empresarial, tiene que venir de la sociedad civil.

Llovizna en frases:
-A mí no me gustaba fingir pero no había de otra: nadie puede acaramelarse a la vista de todos con una mujer ajena. (Morir matando)
-Debí entender desde antes que tu edad no te permite asumir una relación de verdad con un hombre de verdad. (Cartas de amor de un hombre solo)
-Lo único que quiero, muchacho, es llegar a casa y que me esté esperando mi mujer. (Sonata número 13 para clarinete)
-Y, la neta, no es que me guste el porno. Nel, de veras no me gusta. Lo que pasa es que la soledad no me acomoda bien. (Brigitte)
-Siempre he pensado que la vida es como los tacos de canasta: a veces te alivian el hambre, a veces te dan diarrea. (Nadie sale vivo de aquí)
-Se puso a la defensiva, soñoliento, agazapado en la otra esquina de la cama. Casi sintió alivio al darse cuenta de que se trataba de una indigestión y no de caricias. (Funerales Fragoso)
-Además, a mí me ayuda que mi cabeza siempre piensa puras pendejadas; pero las dudas del alma, esas sí está redifícil sacárselas uno de ahí, donde anidan, ahí, en el alma. (Gabriel Román Santiago Acajete Huahuchinango alias El Chinturiliano)
-Se me llenaron los ojos de agua, sentí cómo se me desguangüilaban las patas y tuve que retrancarme en el mostrador de la cantina para no caerme al suelo. (La madrastra)
-Nomás esa mirada con miedo, esa mirada con lumbre. (Espántame los zopilotes)
-La mano de mi opá primero tanteó al aire y luego también se acomodó en las piernas de mi tía Magali. (Debajo de la mesa)
-Luego me besó los labios con una tristeza desabrida. (Mi chiquita)
-Ya ves, Diosito es tan bueno con nosotros que nos deja seguir viéndonos a escondidas. (Unas por otras)
-Eran ya las nueve treinta y el cielo todavía no abría, la llovizna seguía obstinadamente calando los huesos. (Llovizna)