Emily Gómez (@eramsey). · 16 de junio de 2013
Hace una semana y media se inauguró en la Antigua Estación de Ferrocarril de la capital guanajuatense, la exposición “momias viajeras”. Se trata de 36 momias jamás expuestas, prestadas hace tres años para embarcarse en una exposición itinerante a través de los Estados Unidos. A su partida, fueron recibidas por especialistas de la FBI en Quantico, Virginia.
“Vienen restauradas”, cuenta José Navarrete, director del museo. “Algunas tenían partes sueltas, cráneos o extremidades. Les hicieron pruebas de carbono y reconstrucción facial y corporal. En cada una de las 10 ciudades donde se expusieron, se exhibía una la interpretación digital de cómo era aquella momia en vida”.
Las momias viajaron en avión, principalmente, pero también en autobús y con tratamiento de obra de arte, cuidadosamente empaquetadas y vigiladas. Al regresar a México a finales de abril, venían en cajas de madera e inmovilizadas en capullos de espuma de polietileno.
“Tuvimos que irlas abriendo poco a poco para que fueran creando su propio microclima. Los cambios precipitados no son muy buenos para ellas,“ explica Navarrete.
“Un estado de descomposición pausada”

Todo ser vivo entra en descomposición después de morir. Momificación, escribe Arthur C. Aufdeheide, autor de The Scientific Study of Mummies, alude a los mecanismos que mantienen a los tejidos de un organismo en un estado de descomposición pausada o detenida.
Existen múltiples variaciones, pero dos clasificaciones principales de momificación: la antropogénica o momificación artificial – cuando cierto procedimiento se lleva a cabo con el fin de preservar el cuerpo; y la espontánea o momificación natural, cuando el entorno natural del cadáver resulta en la preservación del mismo.
El factor ambiental más común en la preservación de un cuerpo es el efecto de la temperatura, ya sea el calor o el frío. Las temperaturas bajo cero son el mejor ambiente para la preservación espontánea del tejido de cuerpos humanos. Pero la exposición al calor y a la radiación también pueden tener un efecto bactericida que atrasa la putrefacción.
Otro factor asociado a las altas temperaturas es la desecación o deshidratación. Un cuerpo no puede ni descomponerse si se evapora toda el agua de sus tejidos. Los egipcios, por ejemplo, conocían las propiedades absorbentes del bicarbonato de sodio y envolvían a los cuerpos en él durante semanas para deshidratar al cuerpo luego de extraerle los órganos.
La humedad y la falta de oxígeno también preservan tejidos. La humedad hace que el cuerpo secrete grasa cadavérica, llena de ácidos. Estos actúan como bactericida, previniendo la descomposición.
Las momias de Guanajuato fueron preservadas de forma natural entre los años de 1861 y 1960. Las llaman “momias accidentales”, porque son el resultado de una combinación específica de condiciones: la altitud y temperatura caliente de Guanajuato, los ataúdes de madera en los que fueron puestos a descansar los cuerpos (que absorbieron su humedad) y las criptas de cemento, que selladas, protegieron a los cuerpos de organismos descomponedores.
“Un cuarto factor”, explica José, “es que todas fueron habitantes de Guanajuato. El agua que tomaban estaba llena de minerales y eso también influyó en la deshidratación de los cuerpos.”
La primer momia fue encontrada en 1865, sólo cuatro años después de inaugurado el Panteón. Se trataba de un doctor francés por el nombre de Remigio Leroy. Fue descubierta de forma accidental, al paso de una ley que requería que los familiares de un muertito pagaran una cuota anual por guardar a parientes en las criptas. Si la cuota no era cubierta luego de 5 años, se exhumaba el cuerpo. Hoy, es el Dr. Leroy el que da la bienvenida a los visitantes del museo. Las momias son la atracción más importante de la capital, al menos en términos económicos. Son el segundo ingreso más alto del municipio, después del predial, aportando a éste alrededor de 20 millones de pesos al año.
De vuelta en casa
A dos semanas de ocupada la antigua estación, las momias han despertado la curiosidad de más de 5 mil personas, turistas y locales. Ahí permanecerán, en sus cajas de madera hasta final de mes, cuando serán incorporadas a la colección permanente del Museo.
El rango de temperatura en el que se conservan es bastante amplio, me cuenta José. La más baja prácticamente no tiene límites y la más alta, no debe sobrepasar los 35 o 40 grados centígrados. Antes de exponerse en la estación, fueron limpiadas y rociadas con insecticida. Les construyeron nuevas cajas y las iluminaron con focos de luz fría. Ahora lo único que hay que controlar es la humedad.
“Tienen que estar entre un 35 y 55 %. Aquí tenemos deshumificadores pero en el museo utilizamos bolitas de silica (un desecante natural)”.