Moisés Castillo · 3 de noviembre de 2012
La última tocada de Rockdrigo González ocurrió en la fiesta del primer aniversario del periódico La Jornada, celebrada el 15 de septiembre de 1985. Cuatro días después murió el músico tamaulipeco tras desplomarse el edificio donde vivía en la calle de Bruselas, colonia Juárez. El joven fotógrafo Fabrizio León sintió un pánico terrible cuando se enteró también que el reportero estrella del diario, Manuel Altamira, había fallecido en ese inmueble tras el terremoto que sacudió a la Ciudad de México. El tiempo se volvió cenizas.
Fabrizio no podía creer esta trágica coincidencia. Eran días de shock y polvo que flotaba como niebla en pleno Centro Histórico. Entre el trabajo y el miedo no había más cosas qué pensar. En la radio se escuchaba el rescate de cuerpos: pies que los escombros deshicieron. Las horas se volvían pesadas como tragar saliva amarga. Al día siguiente fue a la funeraria Gayosso de Sullivan, donde había poca gente, y tomó las últimas imágenes del creador de “Estación del Metro Balderas”.
Tan sólo tres días después del temblor iba a cantar en la presentación del libro “La banda, el consejo y otros panchos”, de Fabrizio sobre las bandas juveniles proscritas en esos años grises de Miguel de la Madrid. Rockdrigo junto con Jaime López y Rafael Catana eran los iconos de esa juventud olvidada-marginada y artífices de lo que se conoce ahora como rock urbano. Dos meses antes de esa fecha fatal, visitó su departamento para ponerse de acuerdo sobre las rolas que iba a tocar y el tiempo que iba a participar durante el evento.
Llegó con su cámara Nikon y no esperaba que fuera una sesión larga y etílica. Rockdrigo con su gran sentido del humor “distensó” el momento para que el chavo de 25 años no le temblara la mano. Fabrizio tenía listos dos rollos blanco y negro y mientras disparaba escuchaba la guitarra blusera y la voz nasal del promotor del Colectivo Rupestre: Oh yo no sé por qué no me las sueltas/si te aviento choros y te doy mil vueltas/hasta soy cuaderno ya de tus papás/le doy pa’ su chela a tu hermano el rapaz/Oh yo no sé por qué no me las das/si agarras la onda te alivianarás/y si me las sueltas al grito de “zaz”/en viaje muy chido tu te meterás…

Entre tragos y rock and roll Rockdrigo jugueteaba frente a la lente. Fueron imágenes que nunca pudo ver. 27 años después Amandititita, su hija, lo hizo por él. Hace poco más de un mes se inauguró en la Pulquería Los Insurgentes la exposición fotográfica “Una pieza para Rockdrigo”, largos instantes que Fabrizio capturó con naturalidad y honestidad. Rostros a la caída del día. Mira y admira la hoja de contacto que reveló hace casi tres décadas.
Con un tono emotivo, Amada Lalena “Amandititita”, dijo: “los recuerdos que tengo de él son los de una niña de seis años, de un padre que se muere, de una madre que se vuelve loca y de la pesadilla que es ser hija de una persona tan admirada y reconocida”.
Dicen que las mejores cosas o ideas salen de una borrachera entre amigos. Saltan proyectos imposibles, pero gracias al alcohol ya no son tan utópicos. Y eso pasó. Carlos Martínez Rentería, director de la revista Generación, sabía que Fabrizio tenía ese tesoro fotográfico casi inédito –varias fotos las usó Pentagrama para discos- y reunió al jornalero con el escritor Guillermo Fadanelli, que fue el anfitrión de esa noche de tragos. Después se sumaron Gustavo Ruiz y Alan Ureña de la Pulquería Los Insurgentes y brotó el tema de Rockdrigo. Sin pensarlo, Fadanelli tuvo el “tino” de hablarle a Amanditita y así se construyó el homenaje luctuoso al oriundo de Tampico.
En total se exhibieron una decena de fotografías, hojas de contacto, ampliaciones, que a la distancia se convierten en un documento único y lúdico en la historia del rock nacional.

-¿Tenías un plan determinado para tomar las fotos en el departamento de Rockdrigo? ¿Cómo fue la sesión?
Tenía un año de pertenecer al periódico y estaba inquieto por documentar y fotografiar lo que era en ese momento el movimiento de rock, los chavos banda. Inevitablmente los músicos atraen la atención y fue una sesión muy natural. Estar frente a un creador con un extraordinario sentido del humor es inigualable. Rodrigo González es uno de los mejores “chilangos” que ha tenido esta ciudad en términos creativos. Coincide con otros dos grandes tamaulipecos: Jaime López y Nacho López. Los tres retrataron a la Ciudad de México de una manera notable. Rodrigo me llevaba 10 años en ese momento y el tipo estaba en plena lucidez, fue una sesión muy natural y los clicks los hice con la luz natural que había en su departamento. Fui afortunado en haberlo fotografiado.
-Con la experiencia que tienes en el mundo de la fotografía, ¿qué sientes al ver esas imágenes que tomaste hace 27 años? ¿Te gustan?
Son fotos que demuestran una idea que siempre tuve y que sigo manteniendo: la fotografía periodística -que es a la que yo me he dedicado- es importante si tiene una intención narrativa. No es una historia sino narra un instante que a la distancia se puede volver una historia. Sí hay una intención estética, hay una intención de retratar al personaje y hay una comunicación entre los dos: el que se deja fotografiar sin posar. La idea de un periodista tan constante como ha sido Carlos Martínez Rentería de llevar este material a un nuevo espacio de jóvenes, donde se reivindica una bebida tradicional es notable. Además la sensibilidad de estos jóvenes empresarios de producir un trabajo fotográfico y exponerlo en ese espacio juvenil es maravilloso. Muchos de ellos ni siquiera habían nacido cuando ocurrió el terremoto, pero para mi sorpresa escuchan y les interesa la figura de Rodrigo.
-¿Cuál fue la reacción de Amandititita al ver las fotografías? ¿Qué te dijo?
Ella estaba muy conmovida. El hecho de que el día 27 de septiembre haya tomado un vuelo en la mañana de Los Ángeles para venir solamente a la inauguración, ver la exposición, fue un detalle enorme. La presencia de ella fue fundamental. El encuentro fue realmente algo bello. Ella sabía de mí, yo sabía de ella, no nos conocíamos y ese encuentro fue inolvidable. La proyección del video y la exposición están dedicados a Amandititita. Haber preparado una exhibición pública, en un lugar que no es el protocolario para una exposición, el haberme encontrado a estos jóvenes de la Pulquería y que Fadanelli haya sido intermediario, pues estoy más que agradecido.
También el editor-fotógrafo de La Jornada dirigió un video-documental de la escultura que realizó el artista Alfredo López Casanova y que el año pasado se colocó en el Metro Balderas. Está circulando un DVD edición limitada donde se revela todo el proceso de creación de la estatua de bronce. López Casanova usó las fotos de Fabrizio para imaginar a un hombre que no tuvo tiempo: ya que yo no tengo tiempo de cambiar mi vida/la maquina me ha vuelto una sombra borrosa/y aunque soy la misma puerta que han negado tus ojos/se que aun tengo tiempo para atracar en un puerto.