La ebriedad es un privilegio masculino (Parte 2 entrevista a Fadanelli)

Moisés Castillo · 26 de enero de 2013

La ebriedad es un privilegio masculino (Parte 2 entrevista a Fadanelli)
'Mis mujeres muertas', la novela de Fadanelli ganó el premio Grijalbo 2012.
‘Mis mujeres muertas’, la novela de Fadanelli ganó el premio Grijalbo 2012.

Domingo se la pasaba divagando. “¿Cuántas veces te vi desnuda siendo un niño? Muchas; eras bella”, se preguntaba y se respondía aquel hombre borracho mientras los tragos animaban la charla con Sara Mancini, su madre fallecida. Vivía en un departamento de la colonia Escandón y contaba con un centenar de libros. Leer a Kafka, a Fernando Pessoa o a escritores rusos le permitía calmar por momentos su terrible ansiedad. Y no era para menos. Poco después Sara K, su mujer, murió inexplicablemente y también conversaba con él: “Los viejos son así; quieren ahorrarlo todo para dejar algo a los vivos, y que los recuerden”.

Si bien la orfandad masculina y la melancolía son aspectos centrales en Mis mujeres muertas, de Guillermo Fadanelli (Premio Grijalbo de Novela 2012) el factor alcohol es fundamental para que Domingo, protagonista de esta historia, pueda sobrevivir a sus horas mediocres. Las mujeres que le dieron vida se fueron y ya no quedó nada. Tristeza de ser. Pero tiene que cumplir con la misión de llevar la lápida a la tumba de su madre a Jardines del Recuerdo, una piedra que se encuentra abandonada en su viejo Shadow 94. “Puta costumbre la de enterrar a los muertos”, se decía mientras bebía un buen ron.

Sus hermanos mayores criticaban su afición a beber. Huberto, el médico, no podía creer que de la noche a la mañana se volviera un alcohólico, “¿qué ha sucedido contigo?”. Con cierto enfado Domingo respondió “Yo que sé… No entremos en detalles; además el alcohol no hace a la gente borracha; nada tiene que ver una cosa con otra, ¿has pensado en eso?”.

Pero no sólo Huberto y Alfredo se enfurecían de que Domingo acudiera a esas cantinas de mala muerte, también Sara K le reprochaba que desperdiciara su dinero en un lugar fumigado por olores repugnantes: “te cobran diez veces más que si consumieras lo mismo en casa… beber rodeado de esta gente mata el espíritu, te vuelve un ser común y corriente, como si fueras el extra de una película”.

A Domingo no le interesaban esas opiniones porque sabía de antemano que las mujeres odian el alcohol. En esta novela que destila toda clase de bebidas etílicas también hay momentos divertidos: el encargado de la tienda de la esquina le advierte que no vende cervezas, pero algunas se encuentran en la parte baja del refrigerador. “Sé que los alemanes toman cerveza tibia… Pero, ¿en el trópico? ¿Por qué no enciende su refrigerador?”. “Los recibos de la luz están imposibles, señor”.

En una cantina de la San Miguel Chapultepec un anciano de barba abundante se sentó en su mesa. Charlaron y supo que el viejo era un astrónomo. Luego de varios tequilas Domingo se levantó al baño y cuando regresó ya había pagado la cuenta. “Señor, buenas noticias, puede usted comenzar desde cero porque su tío puso sus deudas en blanco”, informó la mesera. “No es mi tío, pero a partir de este momento lo considero el único miembro respetable de mi familia”, sentenció.

Guillermo Fadanelli.
Guillermo Fadanelli.

-Sara K regaña constantemente a Domingo por borracho, ¿las mujeres no entienden la relación de los hombres con el alcohol?

No, jamás. Sobre todo cuando son mujeres-madres porque cuando son mujeres-cómplices suelen ser más tolerantes. La ebriedad es un privilegio masculino porque los hombres –en un sentido literario- somos cobardes por naturaleza, incluso el conquistador. La ebriedad abre puertas, te vuelve un ser más amable, amistoso, la risa viene sin invocarla demasiado, el miedo cede, la lucha se detiene. Creo que el hombre cobarde por naturaleza encuentra en la bebida una especie de retiro, de exilio de sí mismo, de descanso del ser y es un medio para fortalecer la amistad. Pero eso a las mujeres no les interesa, se preocupan por tu salud física, no por tu salud mental. Quieren cuidarte como si fueras un cachorro y guiarte por el camino del bienestar físico. Siempre a sus ojos seremos niños. Podemos ser niños perversos, malvados, inteligentes o maniacos pero siempre seremos niños. Eso, me parece, es la diferencia fundamental entre los hombres y las mujeres. Mientras que a nuestros ojos siempre serán un misterio, el misterio del vivir, del nacer, del estar. Nosotros somos niños.

-Luego de beber unos tragos en pleno panteón con Juan José, el encargado de mantener las tumbas en buen estado, Domingo lanza: “¿por qué tenemos que justificarnos con los idiotas?”. ¿En eso se nos va la vida?

Por supuesto. Por eso Domingo aspiraba al exilio y al silencio. En la novela hay un rasgo singular que me gustaría comentar: los amigos más ebrios que yo he tenido cuando son mayores, cuando se vuelven viejos son muy dados a llorar y a conmoverse. Se conmueven por todo. Se conmueven porque alguien les sonríe, porque alguien les sirve un plato de sopa, la amabilidad incluso les conmueve y es el caso de Domingo. Él es un viejo prematuro pero su amistad con el cuidador del cementerio es una amistad real, es emotiva, ambos se comprenden, ambos dan paseos alrededor de la muerte, de la tumba. Uno de manera simbólica y otro de manera real. Y es también una alusión a Juan José Gurrola, el director de teatro que yo admiré tanto y que murió cuando yo estaba viviendo en Berlín. Lo que recibí de parte de su hija y de su esposa fue un abrigo estilo inglés que él apreciaba mucho y que usaba allá por los años sesenta y setenta. Me lo enviaron con una nota que decía: “Juan José hubiera querido que tú te quedaras con este abrigo”. Entonces, es una relación con ese Juan José que recibe a Domingo ya en caída y a punto de la desaparición. Es una la alusión a Gurrola, que nadie la puede identificar porque no hay señales, eso te lo digo yo.

-A la madre de Domingo la enterraron contra su voluntad, ¿cómo te gustaría que fuera tu funeral?

Mi madre pidió, en los años que precedieron su muerte, durante las conversaciones que teníamos los domingos su deseo de ser cremada y que sus cenizas fueran lanzadas al mar de Veracruz, porque ella nació en Veracruz, de ascendencia italiana pero ella nació en Veracruz. Pero cuando murió yo estaba tan destruido, tan agobiado que ni siquiera reparé en esa voluntad que ella bosquejó a lo largo de mis conversaciones y, contra su voluntad –llamémosle así-, mis hermanos decidieron enterrarla y no pude oponerme. En esos momentos no tienes voluntad. He pensado mucho al respecto y me siento arrepentido de no haber tenido la fortaleza necesaria para imponer a mis hermanos el deseo de mi madre de convertirse en cenizas. ¿Qué pienso yo? Pienso en los demás. Lo que yo desearía es no molestar a nadie, ¿qué voy hacer para que incluso mi cadáver no sea un estorbo? Me causa desazón pensar que aún siendo un bulto sin vida causaré problemas a las personas que quiero. Me es indistinto lo que se haga con mi cuerpo después de muerto, para mí la vida termina con la muerte. No hay más allá. Soy agnóstico en ese sentido, no tenemos la posibilidad de comprender o de adivinar un mundo más allá de esta vida.

-A lo largo de la historia existen referencias a Maradona, a la Copa Libertadores, ¿cuál es tu relación con el fútbol?

Mi padre jugaba fútbol, nos llevaba todos los domingos a los campos de Tetepilco. Él era centro delantero de la Alianza de Tranviarios de México y de niños jugamos fútbol. Después en la adolescencia cuando se cometen tantas tonterías decidí dedicarme a jugar basquetbol, pero en realidad mi pasión siempre fue el fútbol. Me gusta ver la liga italiana, vomito al Barcelona, admiro a Andrea Pirlo, a Di Natale, a Totti, a Del Piero. Ahora, los viejos dominan Italia. Tengo 40 años viendo fútbol, entonces ya sé cuando alguien es peligroso o no, nada más por su manera de caminar y pararse en la cancha estamos ante un jugador peligroso o letal. Veo a Pirlo pasearse como un rey ahora en la Juve y sé que ese es un verdadero jugador. Mi padre le iba al América y nos reuníamos los domingos para ver los juegos de las Águilas que jugaban a las 12 del día en el Estadio Azteca. Y sus hijos por llevarle la contra pues le íbamos al Cruz Azul, que jugaba los sábados también en el Azteca.

-¿Y sigues siendo “cementero”?

No, sentimentalmente sí. No me importa si últimamente no ha ganado nada. Hace más de 20 años que mi equipo favorito son los Pumas, renuncié al equipo cuando se nombró a Mario Carrillo como DT, porque Televisa entró a la UNAM. Los Pumas son un equipo de una institución académica supuestamente inteligente, progresista y de pronto se liga a un monopolio televisivo que promueve el entretenimiento barato y la decrepitud de la sensibilidad. Además entra García Aspe, imponen a Joaquín del Olmo, después a Carrillo y yo lanzo un tuit: “Abandono a los Pumas porque ese no es el equipo digno para una institución como la UNAM”.

-¿Asistes al estadio o prefieres ver los partidos en casa?

Ya no voy al estadio, me parece una barbarie absoluta pero sí fui cuando era niño con mis banderines. Vi jugar y meter goles a Octavio Muciño, a Horacio López Salgado, vi desbordar a Fernando Bustos por el extremo derecho, vi al Gato Marín volar, a Nacho Flores, a Alberto Quintano y Kalimán Guzmán. Y te podría hablar mil cosas del Cruz Azul. Cuando entré a la UNAM, a los 20 años, jugué seis años en la selección de basquetbol antes de volverme un indeseable. Digamos que me puse la camiseta.

-Este fin de año todo mundo hizo sus listas de los mejores libros del año, y en el suplemento “El Ángel”, de Reforma, Sergio González Rodríguez colocó a Mis mujeres muertas en la categoría “escritores que insisten en autoparodiarse hasta convertirse en ruido”. ¿Qué opinas?

Estas listas que se hacen hoy en día sobre los 10 mejores de “tal o cual” nos dicen que los hombres continuamos siendo estúpidos. A Sergio, que es mi amigo, le gusta ser lapidario. Su lista es un detrimento al pensamiento mismo y a la crítica literaria porque la crítica literaria tiene que ser razonada, tiene que ser profunda, compleja y no se agota en una sentencia. A mí me gustan mucho sus ensayos, sus artículos sobre los bajos fondos y además él siempre ha sido un crítico y un gran lector. Apoyó a Moho mucho tiempo y presentó varios de mis libros. No puede ver que Mis mujeres muertas, es quizás el libro donde está todo mi oficio y todo lo que soy. Entonces no es posible que haya aplaudido novelas menores y a esta le ponga un epitafio de una manera tan barata. Esas listas que hace me parecen vanidosas, muy retorcidas, esas sí añaden ruido. Las listas son el ruido por antonomasia.

-Para él La escuela del aburrimiento fue el peor libro del 2012, ¿estás de acuerdo?

El libro de Luigi Amara es un libro de reflexión y bien escrito porque él es poeta. Los escritores a veces no sabemos quiénes son nuestros verdaderos enemigos. Nuestros enemigos son los políticos corruptos, los empresarios voraces, los criminales, los acumuladores de bienes, los monopolios, los bancos y los secuestradores. Esos son los enemigos, no otros escritores y menos en un país donde casi nadie lee. Que los escritores y los intelectuales no sepan reconocer quiénes son sus enemigos, a mí me parece terrible. La crítica es importante, es el motor de toda creación mundana, pero el resentimiento, la ofensa, el escarnio, la humillación de escritores por parte de otros escritores me parece tan secundaria, de una bajeza humana. Un escritor que haya escrito una mala obra eso no lo convierte en tu enemigo, simplemente lo convierte en un mal escritor. Hay que ser respetuosos, no hay que ser frívolos. Esta frivolidad me parece una canallada. Luigi es un escritor, un ensayista, un pensador, es alguien que además tiene una editorial. Todo su talento y el de su mujer están allí, pone todo su tiempo y recibir ofensas de esta naturaleza, ¿qué clase de personas somos? Ese tipo de listas me parecen terribles. Y ojalá Sergio me ponga en su próxima lista en la novela más mala del año.

Lee aquí la primera de dos partes de la entrevista