Moisés Castillo · 9 de julio de 2011
El escritor Ricardo Garibay, quien escribió Las glorias del gran Púas, decía que él hubiera sido un boxeador maravilloso si hubiera tenido agallas. Y Antonio Monroy tuvo la valentía no sólo de dedicarse al boxeo, sino también a explorar la ruta de las artes visuales. Pero hubo un momento que le pasó por su cabeza dejarlo todo y dedicarse profesionalmente al arte de golpear sin ser conectado. Hasta que un día su entrenador de la Universidad Autónoma del Estado de México empezó a explicar que existe la geometría del ring, la fuerza, la velocidad, la distancia, el espacio, el movimiento…
“El Artista” Monroy se percató que eran conceptos básicos de dibujo, ahí estaba el “hilo negro”. Comenzó a vincular el boxeo con el arte y así desarrolló series como Combates, Registro, Azul vs Rojo, Estudios de Movimiento, 15 segundos de Combate y Boceto para Instalación.
Antonio dio una vuelta de tuerca a la visión que se tiene del boxeo y lo transportó a imágenes provocadoras y originales que le dan un uppercut a cualquiera. Una academia de boxeo: dos derechas a la mandíbula y un gancho al hígado que desmorona las piernas. Colores, formas, fotografías, videos, gráfica digital, trazos y de repente a la lona. Cuerpo fulminado, herido, sin fuerza. Todo en blanco.

Lo que hizo fue mapear una pelea: eliminar la parte obvia de los golpes y destacar que también en el boxeo se piensa, existe la parte cerebral. En el amateur es más importante examinar al rival, saber qué impactos pueden dar puntos seguros, lanzar un jab que mantenga paralizado al rival o cómo desgatar la guardia del contrincante. Lo trascendente es sumar y golpear en seco para que los jueces noten la pegada.
Antonio buscó cientos de peleas en internet que reflejaran fuerza-inteligencia y encontró una del boxeador cubano Guillermo Rigondeaux, quien fue multi medallista Olímpico y que tenía una movilidad impresionante. Puños rápidos y certeros. Trasladó momentos de la pelea a un gráfico, pensando en que una serie de puntos preceden una línea: el punto y la línea son términos insustituibles en el dibujo o la pintura.
“Fui mapeando y cada vez que alguien golpeaba, ponía pausa, lo exportaba en Photoshop y dibujaba un círculo dependiendo el peleador que fuera. Si conectaban un golpe fuerte el círculo era más grande… Al final me gustó porque parecía un fractal, se veían los círculos rojos y azules, dependiendo el peleador que conectaba. De ahí fue el gancho para crear otras piezas”.
Desde niño siempre le gustaron los deportes, menos el futbol. Su padre es un apasionado del atletismo y corría con él todos los fines de semana. También practicó natación, béisbol y basquetbol, hasta que llegó a la Universidad y descubrió el boxeo. Tenía que practicar algún deporte y el gimnasio le acomodó sus clases a la perfección. En su paso por Tijuana también estuvo peleando amateur y, actualmente, hay una propuesta de practicar este deporte en SOMA con un entrenador cubano.
-¿Cómo fue este proceso de vincular el boxeo con el arte?
Lo que hice primero fue fotografiar lo más evidente, registrar todas las veces que me golpeaban y los cambios que sufrió mi cuerpo después de un combate: moretones, derrame de sangre en el ojo, nariz con hemorragia, etc. Después en Tijuana grabé algunas peleas, borré a los boxeadores y los redibujé, uno azul y uno rojo. A la vez hice tomas fijas y empecé hacer barridos y de ahí se desató una reflexión sobre el movimiento y el espacio.
-¿Qué boxeador tiene esta cualidad fuerza-inteligencia a parte de Guillermo Rigondeaux?
Pacquiao me parece muy bueno. Un boxeador veterano es Juan Manuel Márquez y sigue ganando, piensa en el ring. Él se me hace un peleador que une la fuerza con inteligencia. Hay otros como Amir Khan, que en el profesional ya no explotó su rapidez y sus golpes se quedaron en su mente.
-¿La autogestión es la posibilidad real del arte?
Está sucediendo lo mismo que en los 90s. Este espacio SOMA tiene el antecedente de La Panadería, de Yoshua Okon, su artista y fundador. La Panadería era un espacio dedicado al arte y además fue un lugar de exposiciones, de intercambio y eventos culturales. En SOMA empezó como una galería, como un espacio alternativo donde ocurrían fiestas y demás. Ahora esta generación es la que está ahora dominando las galerías, como la Kurimanzutto y están cerrados. Es como una fórmula generar tus propios espacios, porque si ellos no te dan chance pues hay que crearlos.
-¿Cuáles son tus aspiraciones como artista?
Busco que mi obra vaya creciendo y ser reconocido. Que mi obra sea más interesante y tenga un mejor discurso, y sé que con esto se pueden abrir varias puertas. Lo que me gustaría más es estar en algunos museos y que la gente vea lo que hago. Exhibir con artistas de mi generación y enseñar mi trabajo en otros lados del mundo.
-¿Cuál sería el logro o satisfacción más importante que has tenido?
Hubo un tiempo en que estuve en Tijuana y estar allá me ayudó a repensar mi obra. Todavía estaba en la escuela pero no me interesaba. Conocí a un artista famoso que no sabía que lo era y nos hicimos cuates. Hugo Lugo abrió una galería llamada NAME, junto con Aldo Guerra. Y le dije que quería hacer una exposición y le pedí que fuera mi curador. Era una expo de dibujo y estuvo de acuerdo y me puse a dibujar. En un mes saqué 60 dibujos, estuve todas las noches dibujando. Tinta sobre papel, algunas intervenciones, y esa expo me gustó y ahí empecé a checar los límites entre el boxeo y el arte.
Carretera México-Toluca y Bizonte
En la tierra de Antonio Monroy no sucede casi nada. La gente esta poco interesada en participar en proyectos culturales o simplemente es indiferente. Si se le suma la pesadilla que es el municipio priista que ve en los jóvenes un peligro, los espacios alternos se esfuman o tienen vida corta. Por ejemplo, el concierto de Botellita de Jerez se canceló en el bar El Baúl, y la pos tocada de Juan Cirerol en El Metamorfo se interrumpió por los municipales.
Y por esta necesidad de que algo suceda en Toluca, Antonio Monroy, su novia y un amigo, crearon Bizonte Lab: un espacio creativo para el diseño y el arte alternativo. A Antonio le gustaba el nombre Bisonte por una extraña razón y propuso cambiar la S por una Z: Bi-Arte/Diseño y Zonte como la idea de dos horizontes. Bizonte tiene más de un año de vida y ya es un referente en la incipiente vida artística-cultural de la ciudad mexiquense.
“Decidimos abrir un fin de semana, invité a un amigo a que hiciera un mural y la idea es que la obra se fuera cambiando y que varios colegas lo intervinieran. Un amigo que estaba en el proyecto tenía su banda de rock, tocaron ese día, llegó mucha gente y ya. Después como que la cosa era buscar trabajo y otras actividades. Pero fue un comienzo duro y queríamos evitar ser efímeros”.
Antonio es puntual y llega al metro San Pedro de los Pinos. Luce todo de negro, una sudadera hip-hopera con gorro para la lluvia, unos jeans y unas botas de casquillo. Estudió en la Preparatoria 5 “Ángel María Garibay Quintana” y sucedió un quiebre en su vida: descubrió el graffiti gracias a un profesor que estudió medicina, pero su vocación era ser dibujante. Con él tomó clases y se acercó al mundo de la restauración de cuadros de los siglos XVII y XVIII.
Sin embargo, aún no sabía qué quería para su futuro. Tenía claro que no aspiraba a ser arquitecto ni diseñador. Le entusiasmaba la historia del arte y la pintura. Antonio admite que por su ego insoportable aplicó dos exámenes para cursar Artes Plásticas y Visuales en Cuernavaca, Morelos, y restauración en la Escuela Nacional de Conservación, pero sucedió un “zape celestial” y se fue a la ciudad de la eterna primavera a estudiar. Ahí supo realmente que quería ser un artista.
-¿Cómo te diste cuenta para dedicarte a las artes visuales?
Un maestro de escultura que se llama Luc Flores Soria me despertó más esta situación de replantear y pensar en las artes visuales. Y pues había ejercicios muy chidos como generar una máquina que disparara algo, y eran cosas que tenías que hacer con tus propias manos, sin motor ni combustible, todo manual. O tirar algo desde un quinto piso con un huevo adentro, si se rompía el huevo no tenías cero y si sobrevivía un 10. Fueron cosas que me interesaron.
-¿En qué momento se encuentra Bizonte?
Hicimos expos y el problema es que estábamos en el centro, muy lejos de todos y la gente no acudía a nuestros llamados y empezaron a llegar menos. La renta se nos empezó a acumular y no nos llegaba chamba. Llegó un momento de demasiada presión. En esta necesidad de hacer cosas buscamos instalar otro bazar, pero antes hicimos un concierto con San Pascualito Rey, tenía mucho que no tocaba por acá y funcionó muy bien. Hicimos el bazar pero en otro espacio, donde actualmente tenemos nuestra sede. Justo otra vez me ligo a Bizonte, en cómo poder transformar un espacio, una oficina, taller, lugar de fiestas, pero también como galería, empezar a quién invitar, cómo llegar a otras personas.
-¿Cuáles son tus influencias?
Un maestro nos proyectó la película Basquiat, de Julian Schnabel, y me quedé maravillado. Me gusta mucho Román Ondák. En la Bienal de Venecia 2009, su pabellón fue la continuación del jardín del lugar y la gente nunca supo que estaba caminando sobre una obra de arte. Entran, ven el jardín y se siguen como si nada. De chavito fueron importantes las pelis de Batman y la trilogía Contacto Sangriento. Por esta onda del trabajo, la disciplina, pensar en los combates con un propósito superior.
-¿En tus ratos libres que te gusta hacer?
Una vez me preguntaban, oye pero normalmente donde estás porque ¿eres de Toluca verdad? Y respondí que estoy en la carretera México-Toluca, es donde la paso. También ando en SOMA estudiando y trabajo en el museo MODO, checando la museografía y en Bizonte. Los fines voy con unos amigos que tienen un temazcal, fiestas, no siento que tenga un horario. Ahora entreno box por las mañanas.