Dulce Ramos · 8 de agosto de 2011
En el barrio en el que creció Julio Gómez el símbolo de la selección mexicana sub 17 campeona del mundo, los partidos se interrumpen cuando suenan cerca las ametralladoras. En esa colonia viven muchos otros julios a quienes el narcotráfico les respira en el cuello y la pobreza les aprisiona las piernas.
Por Dulce Ramos (@Wikiramos)
La selección mexicana de futbol sub 17 tiene la cabeza vendada, la piel morena con brotes de acné y el carácter que los entendidos del deporte llaman ‘garra’. Puede meter goles de ‘chilena’ a medio camino de la enfermería, y encima coronarse campeona del mundo.
Las proezas del delantero Julio Gómez, seleccionado de sólo 16 años, le dieron rostro y personalidad a toda la selección menor. Sus méritos en el campo sedujeron a la prensa, y lo mismo su historia de ‘Cenicienta’ deportiva.

El ‘niño héroe’ de la selección es hijo de los barrios bravos de Tampico. El puerto y la zona petrolera más importante de Tamaulipas; estado donde la última palabra la tiene el crimen organizado.
‘La Borreguera’ es el barrio donde Julio vivió hasta los 12 años. Más de cinco mil casas se levantan entre calles sin pavimentar y con nombres de países en desgracia: Iraq, Paquistán, Camboya. La música de banda suena en los cruces donde se abren paso camiones, carros de mulas y camionetas desvencijadas.
Nadie sabe cuántos vecinos la habitan. Los más viejos calculan que son unos 37 mil. Entre cinco y diez habitantes por cada casa. Lo que todo tampiqueño conoce de sobra es que ‘La Borreguera’ es la zona más populosa y, al entrar, hay que cuidarse de los ‘malosos’ y las balas.
Julio salió de ‘La Borreguera’ en 2007, cuando el equipo Tuzos se lo llevó a Pachuca a entrenar. Vencer al barrio y convertirse en campeón del mundo lo convirtió en algo muy parecido a una estrella de rock.
Los periódicos locales lo llamaron ‘Orgullo de la Borreguera’. El ayuntamiento le hizo un homenaje en el centro de la ciudad. Los vecinos se empujaron para arrebatarle un autógrafo cuando volvió de visita como el hijo pródigo.

Hoy, como balón en portería, el muchacho puede entrar y salir del barrio; pero adentro se quedaron otros ‘Julios’. Los que no vencieron la falta de recursos para comprar un uniforme deportivo, los que se topan con la ausencia diaria de los maestros en la Secundaria, los que abandonaron todo para atender un embarazo adolescente.
Son los otros hijos de ‘La Borreguera’. Los que se han acostumbrado a que el taca-taca-taca de un arma larga interrumpa los partidos. A que los vendedores de droga merodeen la unidad deportiva por la noche. A que las canchas ‘llaneras’ se conviertan en el sitio donde los narcos cobran venganzas a ‘tablazos’.
En Tampico, el verano sofoca. A primera hora de la mañana los 30 grados de calor y la humedad mantienen a los lugareños en casa hasta las cinco o seis de la tarde. Cuando el calor amaina, los jóvenes salen a la calle.
En una casa rosa de paredes descascaradas y con la puerta rota, Jonathan González, de 19 años, presume que jugó con Julio en los campos del barrio. Teresa, su madre, presume el talento deportivo del muchacho, recién ingresado a la carrera de Ingeniería Ambiental.
—El otro día se le acercó un señor de las Chivas para invitarlo a una prueba —dice la señora. Bajita, redonda y vestida como recién salida de una liga femenil.
Pero Jonathan no se presentó a la prueba. La madre prefirió que no se distrajera de los estudios. Su padre, ‘maistro’ albañil, optó porque en vacaciones, Jonathan ayudara en la obra. El chico, por miedo a que el promotor fuese un delincuente en busca de reclutas, se quedó en casa.
Hace tres meses, cuando jugaba en el mismo campo sintético en que ‘Julito’ empezaba brillar, un ruido “como de cohetes” puso a Jonathan en alerta.
—En cuanto nos dimos cuenta que era una metralleta, el dueño del campo nos metió a una miscelánea. Ahí nos tuvo diez minutos. A partir de eso, ya no volví. Antes nos daban las 12 jugando. Ahora, a las 10, ya apagaron todo— en la cara brillosa de sudor se le dibuja una sonrisa nerviosa e incrédula.
—Los chavos en estas colonias la tienen cada vez más complicada —agrega Teresa —Cerca de la cancha sintética hay un tubo de drenaje abandonado. Ahí se juntan los malvivientes a fumar y a vender. Literalmente, al deporte y a la droga sólo los separan unos metros.
Tres mentiras
‘La Borreguera’ era el rancho ganadero del líder petrolero, Joaquín Hernández Galicia, ‘La Quina’. Entre los años setenta y ochenta, en el enorme terreno se criaban vacas, caballos, pero sobre todo, ovinos.

Cuando en 1989 el presidente Carlos Salinas de Gortari ordena prisión para ‘La Quina’, el ganado se vende y las tierras, abandonadas. Un goteo incesante de ‘paracaidistas’ tomó posesión de la colonia. Todos llegados de la periferia. Zona conflictiva, pobre, y donde cada temporada de lluvias, el agua llega a las rodillas.
Así nació ‘La Borreguera’. Como una olla donde se mezcló todo el Tampico marginal. Iniciados los 90, Salinas de Gortari la convirtió en triunfo político. La fraccionó. Entregó escrituras y la bautizó como ‘Solidaridad, Voluntad y Trabajo’.
—Esta es la colonia de las tres mentiras —dicen con sorna sus pobladores. A pesar del nuevo nombre, el mote de ‘Borreguera’, nunca se le quitó.
—Los papás de esa colonia tuvieron hijos muy jóvenes. No tuvieron oportunidades y, si las tuvieron, las perdieron por carencias económicas. Son familias subempleadas que trabajan en mercados rodantes e hijos que crecen con pocas reglas.
La radiografía social la hace una psicóloga que desde hace 20 años estudia las comunidades marginales. María Guadalupe Palacios, de 41 años, es la encargada del Centro de Integración Juvenil, que atiende a más de 50 jóvenes de todo Tampico.
—De 10 pacientes que llegan, ocho son hijos de madres solteras. En algunos casos, hemos detectado que la mamá también es adicta.
Entre la permisividad ante las drogas lícitas, y con las ilícitas a un palmo, los jóvenes de Tamaulipas —cuarta parte de la población estatal—, viven al filo de un barranco.
Casi 3% de los tamaulipecos entre 12 y 17 años son alcohólicos. El consumo regular de tabaco comienza a los 16. A los 17 ya probaron inhalables, mariguana y cocaína. A los 18, anfetaminas y alucinógenos. El promedio de escolaridad no llega a los 10 años.
En ‘La Borreguera’ no hay ni una sola casa de cultura y la única unidad deportiva (digna en sus instalaciones, pero con una dirección mediocre) sirve a otras siete colonias marginales e igualmente populosas.
“No le tengo miedo a nada”
Un ventilador viejo y amarillento abanica al profesor Reyes Calles detrás de un escritorio. Con las manos en la barriga saltona presume que en la deportiva que dirige desde enero, entrena un campeón nacional de halterofilia.
—¿Y cómo se llama el chico?
Se hace un largo silencio y después, el profesor contesta:
—No sé.
—¿Es su principal talento deportivo y no sabe cómo se llama?
—El que sabe es el entrenador.
Para subsanar el tropiezo, el director recita los logros del joven:
—Ha ganado oro y plata en las olimpiadas juveniles de 2007, 2008 y 2009… En la última competencia empezó a faltar a los entrenamientos, pero aun así trajo tres bronces.
—¿Qué ocurrió?
—Sus papás se separaron y tuvo que empezar a trabajar.
—¿Y han hecho un estimado de cuánto dinero necesita para que deje el trabajo y se enfoque a los estudios y al deporte?
—No.
El campeón en pesas se llama Juan Francisco Aguilar. Tiene 18 años y vive en una casa de madera en ‘La Borreguera’. Con sólo 56 kilos de peso, ha logrado levantar 110 en las competencias.
—Yo no quería ver batallando a mi mamá y por eso me puse a buscar chamba.
Juan Francisco, de nariz fina y brazos torneados, cortaba el pasto, pintaba bardas, ayudaba a sus amigos albañiles. Por jornadas de 10 horas recibía 100 pesos. Íntegros, los entregaba a su madre.
—El cansancio nunca me hizo faltar a los entrenamientos. La falta de dinero sí. Desde enero, por las ganas que le he echado, me dieron una beca —El deportista acaba de empezar estudios de Psicología.
En el gimnasio hay otro ‘orgullo’. Un joven que desde hace seis meses se rehabilita de una adicción a los inhalables. ¿Cuál es su nombre? El profesor y el entrenador también lo ignoran.
—¿Cómo se llama el ‘Chirrisquis’? —grita el maestro a sus asistentes. Pero nadie tiene la respuesta.
A Francisco Herrera —el ‘Chirrisquis’— lo encontraron cerca de la deportiva con el cemento pegado a la nariz. El Centro de Atención Primaria en Adicciones le ofreció apoyo y hace medio año lo canalizó a la deportiva.
Sólo llegó a tercero de primaria. Tiene 23 años y el habla atrofiada. Dice que quiere ser como Soraya Jiménez y orgulloso, muestra su musculatura. Un ‘conejo’ incipiente se le dibuja cuando aprieta los puños a la altura del ombligo.
—Todo natural. No me inyecto anabólicos.
‘Chirrisquis’ niega haber sido adicto a droga alguna, pero su entrenador sabe bien por qué está ahí. Cuando se le pregunta si la presencia del narcotráfico en ‘La Borreguera’ le ha afectado, levanta un poco el mentón y como buen hijo de la calle suelta:
—Yo no le tengo miedo a nada.
Siete punto ocho
En las carnicerías. En las tiendas de ropa de paca a un peso la pieza. En los puestos de fruta, las madres adolescentes se pasean por la colonia junto a sus niños. Teresa, la madre de Jonathan, conoce todas sus historias. Aquella que quedó embarazada del profesor. A esta otra la sacaron del Bachillerato “para que no pasara pena”. A la de allá, la dejaron con dos chamacos.
Todas saludan a Teresa, pero ninguna se anima a contar su historia.
—Tienen miedo de que les vayan a quitar la ayuda de ‘Oportunidades’ —vaticina la señora.
En Tamaulipas, sólo 36 de cada 100 chicas entre 15 y 29 años va a la escuela. Las dos secundarias de ‘La Borreguera’ están a reventar en los turnos matutino y vespertino, pero el promedio es de apenas 7.8.
Ever camina por la colonia con una sandalia rota. Tiene 17 años y a los 15 lo echaron de la Secundaria Federalizada 2. Muy cercana a la unidad deportiva. Con cinco materias reprobadas, el reglamento estipula que Ever debió haber repetido el segundo año, pero el director no le permitió reinscribirse.
Los vecinos cuentan que el director lo acusa de haberse robado “unas cosas”. Ever dice que es inocente.
—¿Extrañas la escuela?
—Ya no.
—¿Y ahora qué haces?
—Le ayudo a mi papá de jardinero —Mientras responde, se muerde las uñas.
—¿Te gustaría terminar la secundaria algún día?
—Sí, pero ya me da flojera.
—¿Y qué te gustaría ser?
—Soldado.
Ever tiene claro que a la Secundaria de ‘La Borreguera’ no vuelve. El recuerdo que guarda de la Federalizada 2 es una infinidad de horas libres.
De las siete clases que debía tomar, sólo le impartían cuatro o cinco al día. El ausentismo de los profesores es la ‘lección’ de cada jornada.
Nervioso por la charla, el muchacho se acomoda su sandalia rota y se va a comprar dos litros de refresco.
Los jóvenes como Ever son carne de cañón. La droga los engancha rápido y de manera contundente, como ocurrió con Salvador y a Alan. Ambos acaban de cumplir 19 y ya conocen bien la espiral descendente. Ya llevan dos intentos por dejar la mariguana.
Con ese objetivo llegaron al programa Centro de Día del Centro de Integración Juvenil. Ahí pasarán cuatro meses, de nueve a cinco de la tarde, en terapia individual, familiar, grupal y otras actividades. La meta: alcanzar la abstinencia.
Alan —tímido y bien parecido— dejó la preparatoria con la boleta llena de materias reprobadas. Después, se empleó en una fábrica de la periferia. Con el sueldo costeaba su adicción, pero hace un año y medio, debió cambiar la mariguana por pañales.
—Vine aquí, en primer lugar, por mi hijo —dice sin levantar la vista de las manos.
Salvador —delgado, resuelto y de bigote ralo— abandonó la prepa abierta “por darle prioridad a lo económico”. El trabajo como mensajero le bastaba para hacerse ‘porros’ todos los días.
La vuelta de tuerca vino cuando su hermano, de 12 años, le dijo:
—Yo fumo lo que tú fumas. Ya la he probado.
Estos hijos de ‘La Borreguera’ admiran a Julio Gómez, por supuesto. Igual que él, quieren tener estrella. Pero a su manera, también se reconocen campeones de una lucha.
A Alan le falta un mes para que tenga el alta. A Salvador, sólo dos semanas. Contundente como un gol en el último minuto, Salvador describe su triunfo:
—En la cancha, Julio Gómez se juega un partido. En el barrio, nosotros nos jugamos la vida.