Juan Ignacio, un campeón de la vida

Rosario Carmona/Ricardo Uriel Hernández · 21 de noviembre de 2011

Juan Ignacio, un campeón de la vida

“Púrpura fulminante”, fue el diagnóstico.

Hasta ese momento, la frase no le decía nada, pero cuando vio a su hijo de 5 años de edad amputado de los brazos y una pierna, fue como si su mundo se derrumbara, irremediablemente.

Hoy, a la distancia recuerda la imagen.

“Él nació bien, como cualquiera, pero a los cinco años empezó la angustia de qué iba a pasar, porque los médicos me dijeron que era una enfermedad mortal”.

Doña Socorro regresa el tiempo y hace un recuento de la historia mientras su hijo, Juan Ignacio, recorre la alberca convertido en un pez. Justo en la pared de enfrente, una enorme foto muestra su rostro besando la última de sus medallas de oro.

“Yo acababa de dar a luz a mi hija más chica, el 20 de mayo, y Juan Ignacio se enferma el 11 de junio. Sí fue muy brusco que me dijeran eso”…

Durante su estancia en el hospital La Raza, del  11 de junio hasta el 26 de agosto, a Juan Ignacio le fueron amputados los tres miembros: “dos brazos y una pierna, nomás le dejaron una”.

De ese momento en adelante “fue ir viviendo día a día, en un momento dado sí pensé y le dije al doctor qué va a pasar con mi hijo, qué voy a hacer el día de mañana”.

Sin embargo, doña Socorro recuerda que mientras ella se hundía en la desesperanza recibió lo que al paso de los años terminó por convertirse en una promesa.

“Las enfermeras me dijeron que mi hijo iba a hacer grande y que nos iba a enseñar a vivir, en esos momentos era más el dolor que sentía y la verdad no pensaba en que nos iba a dejar alguna enseñanza”.

Crisis dolorosa

De pie, a un costado de una alberca, vestida de pants, conversa sobre su vida: sus tres hijos, sus tragedias y claro, sus victorias.

Interrumpe la plática para acudir al llamado de Juan Ignacio que es sometido a exámenes de sangre. “Ya lleva tres pinchazos”, dice, y aún no le encuentran la vena.

Al nacer Juan Ignacio, el segundo hijo de Socorro y Pedro todo era felicidad, recibieron decenas de felicitaciones.

Una mañana como cualquier otra, descubrieron en una de sus piernas un moretón que surgió sin un motivo aparente, al día siguiente el hematoma continuaba y al parecer provocaba dolores intensos, así que determinaron llevarlo al hospital.

“Púrpura fulminante”, le diagnosticaron y era posible que perdiera la vida.

Sin dejar de hablar, Socorro voltea para ver a su hijo Juan Ignacio que  sale del área médica, por fin lograron extraerle la muestra de sangre de una vena en la parte posterior de la pierna.

También viste de pants, a sus 30 años, se prepara para representar a México en los juegos parapanamericanos en Guadalajara.

Se desplaza en una silla de ruedas, impulsándose con su pierna derecha va en dirección a su entrenador.

Socorro voltea a verlo y pide hacer una pausa en la charla: “Voy a ayudarle a ponerse el traje de baño”, argumenta, mientras se dirige hacia su hijo  que de un brinco se levantó de la silla.

Ya con el bañador puesto, Ignacio muestra, antes de entrar a la alberca, los estragos de la enfermedad que hace 25 años se llevó ambos brazos y la pierna izquierda.

Su madre regresa a la conversación: “Fueron años muy difíciles porque mi esposo perdió el trabajo”.

“Los niños discapacitados son para gente rica”

Cuando yo era muy chamaca, cuenta Socorro, yo decía que los discapacitados eran para gente rica, porque tienen los recursos para sacarlos adelante y solucionar sus necesidades básicas, por eso cuando llegaron conmigo dije: “Ya se jodieron porque no estamos ricos y la verdad es que sí ha sido complicado, cuando hago un recuento me doy cuenta que hemos pasado cosas muy difíciles”.

Y es que cuando parecía que lo más difícil había llegado, Socorro recibió  la noticia de que su hija más pequeña sufría de una discapacidad.

Tener dos hijos con discapacidad se tornó en una interrogante mayúscula, “ya no pensamos tanto en el mañana. Teníamos que preocuparnos por el presente; poco a poco nos empezamos a adaptar a la discapacidad de Juan, un niño con inquietudes de un niño normal: jugar, hacer cosas, escribir”.

Socorro señala que continuó dándole sus cuadernos para que leyera y estudiara, porque cuando lo amputaron ya sabía leer y escribir.

Lo llevaron a varias escuelas. Primero fueron al lugar donde había cursado la preprimaria y no lo aceptaron, el argumento fue que “podía espantar a sus compañeros”.

Visitaron otros colegios en donde los hicieron esperar horas y días enteros, todos lo rechazaron.

Incluso, recuerda que a una de las escuelas la nombraron, “la escuela del mañana”, porque desde el primer día que acudieron a buscar a las autoridades para que registraran a Juan, le pidieron que esperara, y al paso de las horas, le decían que no podían atenderla ya, pero que regresara mañana.

Así lo hizo durante varios días hasta que comprendió que la negativa a recibirla era motivada por el rechazo a su hijo.

Entonces fueron al DIF, ahí  les dijeron que no podían recibirlo porque era una persona normal y de acudir ahí se iba a rezagar, lo que en un principio Socorro no comprendió, sino hasta años después

Cuando su madre estaba decidida a ser ella (al fin que era maestra) quien le enseñara, fueron a una escuela muy cerca de su casa, por la zona de Vallejo, le hablaron a  una maestra y al ver a Juan Ignacio y darse cuenta que ya sabía leer y escribir decidió aceptarlo.

Al día siguiente inició clases, sus nuevos compañeros lo recibieron con regalos como un sacapuntas, un lápiz, un juego de geometría, “fue muy bonito”, recuerda Socorro.

Juan ignacio superó siempre sus retos

Cuando ingresó a primaria, dice Socorro, me conformaba con que llegara a sexto.

Pero poco a poco fue avanzando, terminó la secundaria, luego la prepa y se graduó como licenciado en mercadotecnia.

Diferente fue la natación en la vida de la familia de Socorro, vieron a Juan Ignacio llorar, gritar, “no manoteaba porque no podía”, pero en seis semanas ya flotaba.

Empezó a  nadar como rehabilitación a los seis años, nadaba en las mañanas, luego en la tarde con niños normales, desgraciadamente el profesor Rodolfo, su instructor,  murió y ya no pudo integrarse en  el grupo de discapacitados que entrenaba en las mañanas; dejó de nadar dos años.

Fue hasta que después le permitieron nadar una hora los sábados y domingos, al principio su mamá lo llevaba en camión y en varias ocasiones se cayeron, “íbamos a consulta o a cambiar sus prótesis en camión”.

A los 14 años lo buscó el grupo de discapacitados del Seguro Social y en el 96 empezó a competir.

Los días más duros

Tomar té y una tortilla embarrada con chile o frijoles, fue el alimento de la familia de Juan Ignacio durante la primaria y parte de la secundaria, cuando la empresa donde trabajaba su papá se fue a la quiebra.

Fue dura la crisis económica, pero eso nunca nos hizo desistir, me decían que como mis hijos estaban enfermos, mi esposo me iba a abandonar, y no fue así, aunque no nos unimos más, pero seguimos juntos.

Ahora me ayuda más porque mis hijos no lo pueden hacer, dice,  a mi hija la menor le dio artritis reumatoide, cuando tenía como un año ocho meses dejó de caminar y ahora está en silla de ruedas.

Y así, mientras sus hijos luchan cada día por una vida plena, ella disfruta cada triunfo que se multiplica en sonrisas.

Juan Ignacio y sus medallas

Cuando Juan Ignacio recorre la alberca no hay limitaciones, no hay dolor, ni obstáculos. Ahí sólo llegan los sueños.

La vida de los deportistas mexicanos no es nada fácil, menos si tratan de ser campeones en cualquiera de las disciplinas que deseen abordar, sobre todo si se considera a los que tienen alguna discapacidad, pero curiosamente son ellos quienes han sacado la casta por el país.

Por eso más que contar una historia de éxito, quisimos hacerlos partícipes de una historia de sacrificios, una historia de lucha constante que llevó a Juan Ignacio a ser todo un campeón y digno representante de México ante el mundo; de sus medallas tampoco hablamos, a pesar de que ha ganado más de cien a nivel nacional e internacional.

Más aún, la historia no se refirió a Juan Ignacio, sino a una mujer que lo ha acompañado desde sus peores y difíciles momentos hasta los que lo han llenado de gloria: es la historia de Socorro, su madre, y su entusiasmo por la vida. Juan Ignacio el campeón ha escrito su propia historia y mientras da vueltas en la alberca del centro paralímpico sueña ya con asistir a los juegos  de Londres en el año próximo.