Jóvenes que crecieron con Mamá Rosa reivindican su legado

Majo Siscar (@majosiscar) · 21 de julio de 2014

Jóvenes que crecieron con Mamá Rosa reivindican su legado
Jóvenes que crecieron en el albergue de Mamá Rosa. //Foto: Majo Siscar.
Jóvenes que crecieron en el albergue de Mamá Rosa. //Foto: Majo Siscar.

[contextly_sidebar id=”EvEThALichg0RWvaqToppW1q4o4OIhY7″]Angélica Lorenzo hace guardia en la puerta del hospital San José de Zamora, Michoacán. Ha venido cada día a apoyar a su madre, como ella reconoce a Rosa Verduzco, la controvertida fundadora del albergue La Gran Familia. Este domingo por fin la vio. La noche del sábado la Procuraduría General de la República desestimó presentarle cargos por falta de pruebas, y levantó la custodia policial que mantenía en la clínica, ante las denuncias de malos tratos, abusos sexuales y privación de libertad que provocaron el  aseguramiento del orfanato que regentaba Verduzco el pasado martes 15.

De entre sus ocho colaboradores detenidos, dos de ellos también han sido absueltos y seis han sido trasladados a un penal de Nayarit, donde permanecerán mientras avanza la investigación. No obstante, fuentes de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO) aseguran que si se encuentran pruebas suficientes de algún delito cometido por la dueña del albergue, se actuará. Todavía ayer en la mañana había elementos de la División Antidrogas de la policía federal en el lugar. Sin embargo aseveran que lo único que incautaron fueron navajas y alguna otra arma punzocortante sencilla.

“Están diciendo puras mentiras” espeta Angélica, quién pasó 20 años en los interiores de La Gran Familia. Cuando era niña vivía en las calles de la Ciudad de México hasta que el DIF de Nezahualcoyotl, Estado de México la recogió. A sus nueve años la trasladaron junto a otros cuatro niños a la casa de Verduzco. Al cumplir la mayoría de edad quiso salirse pero Mamá Rosa la instó a acabar los estudios. Luego le decía que qué iba a hacer fuera y sola. La animó a buscar un marido. Angélica conoció a un joven de fuera y decidieron casarse. Asegura que Rosa le exigió que el muchacho tuviese con qué mantenerla y una vez cerciorada, le arregló la boda, ya a los 29 años. Uno de los jóvenes la llevó al altar, ante el acompañamiento de Rosa, quién le arregló el bautismo, la comunión, la confirmación y la boda en una misma ceremonia. Ahora lleva casi seis años felizmente casada y vive en Zamora, dando clases particulares de música, las lecciones que por tantos años aprendió en el albergue.

“Ella es ruda, pero siempre es bien cuidadosa en lo que quiere para sus hijos”, dice Angélica. Reconoce que las normas eran “ora sí que lo haces o lo haces, pero es normal. Ahí llegábamos niños de la calle, delincuentes, drogadictos. No te van a llevar a un lugar donde te den premio, te tenías que acabar la comida, no podías pedir otra cosa. ¿Que nos ponía a hacer trabajos de albañilería? Sí, pero era también aprender un oficio. Tiene uno que ver más lo bueno que lo malo y lo bueno es que tuve estudios, tuve mi familia, salí felizmente casada y ahora tengo una vida hecha y derecha”. Niega cualquier tipo de abusos sexuales o trata de personas. “Mamá Rosa como mujer y como madre, la mejor”, concluye.

Casos de éxito

Víctor Escamilla convive con un grupo de jóvenes afuera del cordón policial que cerca el albergue. Vino a apoyar a Rosa, a ver a viejos amigos, y a que su pareja, Sandra Verónica Aparicio, recupere sus papeles. Ambos crecieron en el orfanato. También eran niños de la calle. Escamilla es michoacano y un señor lo llevó al verlo vagar solo con seis años. A Sandra la trajeron desde el DIF de la Ciudad de México. Ambos alegan que muchas de las cosas que se han dicho estos días no son ciertas.

“Sí era estricta, tenía que lidiar con 600 o hasta 800 chavos.  La comida sí estaba mala muchas veces, pero hay que entender, nos la traían a toneladas y en lo que nos la comíamos se descomponía. De los supermercados nos daban lo que estaba apunto de caducar, y claro, caducaba. Otras veces había aguacates y pasábamos días comiendo puro aguacate o 9 plátanos al día”, cuentan y se les escapa la sonrisa.

“Al menos teníamos un techo. Me enseñaron a valerme por mi mismo y me dieron las armas para salir adelante”. Víctor tiene 29 años y salió hace siete. Asegura que si es cierto que Verduzco le puso peros para irse cuando tenía la mayoría de edad, y él aceptó concluir la carrera de música. Salió a los 22, y Sito, uno de los trabajadores del albergue a quien varios jóvenes dentro de la casa han señalado como violador en sus declaraciones a la PGR, le acompañó a Guadalajara y de ahí el buscó a un amigo que lo acogió. “Yo no supe de abusos nunca, para mi Sito fue un buen hombre como todos los que ahora están detenidos.  Algunos cometieron errores, pero los están tratando como criminales”, arguye.

Víctor tiene ahora su propia una escuela de música en Zapopan. Cuando salió acreditó  su certificado de maestro de música en la Universidad de Guanajuato. “Ahí como en todos los hogares hay reglas. Si es cierto que a veces te pegaban un sopapo, por no cumplir algo, si no entendías, también entre nosotros nos peleábamos. Es una comunidad y hay problemas, como los hay aquí fuera también”, insiste.

Ahora, además de en la Escuela que dirige, también da voluntariamente clases de música a un albergue de niños en Guadalajara. “Hay que devolver lo que a uno le dieron, ¿no?” Víctor vino a visitar a Verduzco el pasado 10 de mayo, día de Las Madres. Le trajo una gran canasta de frutas para que compartiera con los que él considera sus hermanos. Su pareja, Sandra, también llama a Rosa, Mamá. “No tengo otra, si no hubiera estado ahí 11 años, ¿qué sería de mi?”, aduce.

Sandra es reacia a hablar con los medios a la primera, le da pena, se tapa la cara. Salió del albergue hace solo seis meses. Víctor la anima y explica: “Cuándo sales estás inseguro, desconcertado. Yo tardé un año a adaptarme a la sociedad, ahí dentro estás a la defensiva y acá el trato es otro”.

Al final Sandra, ya suelta entre varios amigos, accede a conversar. Tiene 21 años. A los 18 empezó a insistirle a Mamá Rosa que quería irse, pero la señora no le daba confianza dejarla ir. “Con las mujeres, le cuesta más, piensa que se pueden aprovechar de nosotras”, dice. Hace seis meses logró que la madre de una amiga que había conocido en el albergue fuera por ella y se comprometiese a darle posada. Sandra empezó a trabajar, pero pronto reencontró a Víctor por redes sociales y decidieron juntarse. Ahora es ama de casa. Reclama sus papeles, que, como a muchos que esperan en las inmediaciones, no se los dieron. Los necesita para seguir estudiando, Víctor la apoya para que vaya a la universidad.

“Mucha gente ve lo malo pero ¿porqué no dicen lo bueno?, ¿Porqué no dicen  que de ahí salimos grandes profesionales? Nosotros pasamos lo mismo que todos pero hay que ver lo bueno. Mira, todos estos árboles que ves en esta calle, los plantamos nosotros”, dice y señala el paseo que divide los dos sentidos de la carretera donde está el albergue y que ahora ya forma parte de la ciudad, dónde niños y grandes juegan y hacen deporte matutino.

Hugo Alfredo es zamorano. Su padre, harto de la rebeldía de un muchacho de 12 años, lo metió al albergue. Pasó 4 años, 4 meses y 2 días, los tiene bien contados. “A mi no me fue bien, ellos lo ven normal porque no tienen más familia, pero los que sí tenemos familia sabemos que no viven así los niños. Era demasiado estricto. Y si es verdad que los panes duros, lama, frijoles con gorgojos, leche echada a perder, la carne era horrible, dormíamos 25 en un cuarto, los olores eran terribles”, relata pero rescata su aprendizaje musical. Da serenatas con su guitarra y su violín. Eso sí, dice que los medios exageran. “Ahora dicen que están buscando cuerpos en el patio, como mucho algún esqueleto de animal es lo que van a encontrar”, espeta.

Su padre tuvo que pagar para sacarlo. Los muchachos de su alrededor alegan que el cobro es una manera de reembolsar la educación que recibieron y cooperar para los otros niños.

Investigan enriquecimiento ilícito

Una de las líneas de investigación de la PGR es la económica. Un funcionario anónimo asegura que están viendo adónde canalizaba Verduzco los recursos públicos y privados que recibía porque no corresponden con las condiciones en las que se encontró el albergue. De donaciones privadas la Asociación Civil reconocía más de 2 millones de pesos al año en dinero. Los comerciantes del mercado la surtían de víveres. Los empresarios apoyaban, además de con efectivo, con insumos para la casa. Respecto a la tienda de raya que tenía allí dentro para venderles a los jóvenes, Víctor Escamilla la defiende: “Ella nos pagaba por tocar en la banda, entonces poder comprarnos un refresco o algo era una motivación para que tocáramos y enseñarnos que cuando tú quieres algo te cuesta, ahí dentro como aquí afuera”.

Jaime Ramos reclama porque los medios no muestran las literas que él le regaló y que estarían en los cuartos de las niñas. Ramos amigo de la familia, la conoce desde que era una niña y tiene una relación muy cercana con ella. Explica que los ataúdes que habían en las bodegas se los regalaban algunas funerarias para los tres asilos de ancianos que también tiene Verduzco en el municipio. Tiene varias propiedades más, una casa propia, departamentos que renta, placas de al menos dos taxis y desayunadores. De hecho, reconocen que tenía mucho poder. “Si te corrían en el trabajo y no te daban lo que te correspondía, podías ir con ella, y ella mediaba para que te pagaran. Si tenías a alguien en el reclusorio también intervenía y si podía lo sacaban”, cuenta un taxista. Sus familiares y amigos lo confirman: “Ella ayudaba mucho a la gente, que iba a pedirle favores y ella les solucionaba problemas o les daba de comer”, cuenta su sobrina Lupe en la sala de espera del hospital.

También acudían a ella los políticos. “Ella no tenía filiación política y por lo mismo ayudaba al PRI, que al PAN, que al PRD”, asegura Jaime Ramos en su hotel del centro de Zamora. Ramos no quiere dar detalles de cómo los ayudaba, “intervenía cuando había conflictos”, concluye. Pero niega que ella se haya enriquecido con el albergue. “Siempre ha sido muy modesta y espartana. Los excedentes los regalaba a las comunidades pobres de los alrededores. Algún día me dijo: –No necesito hacer esta colecta, si la hago es para que el pueblo de Zamora sienta que la Gran Familia es de ellos”, recuerda Ramos en su hotel del centro de la ciudad.

Ramos la define rápidamente: “Era una persona sola con un gran proyecto entre manos, entonces dígale autoritaria, caprichosa y terca. Lo que unos ven como necedad para ella era tozudez y perseverancia, pero eso la llevó a lograr tanto”. Las primeras denuncia de malos tratos y privación de libertad llegaron hace 20 años, pero Ramos asegura que las autoridades municipales no encontraron nada. ¿Y ahora? “Ahora ya se hizo mayor y ese no saber delegar, mire, este hotel no tiene ascensor, entonces yo ya hace fácil 15 años que no subo al tercer piso, lo mismo le debería pasar a ella, ya tenía muchas cosas fuera de control”, la defiende.

En Zamora concluyen que Rosa Verduzco era toda una institución. Una mujer polémica pero reconocida, estoica, autoritaria, mal hablada, casi grotesca y, sobretodo, poderosa. Un poder ganado por su personalidad pero también a base de recibir los niños abandonados, los que el Estado no sabía qué hacer con ellos y también los hijos bastardos de la conservadora sociedad zamorana. A cambio les exigía cooperación, y se imponía tanto que no había como negársela, aseguran los zamoranos. Pero no solo la ciudadanía, las instituciones le daban dinero sin revisión alguna.

“Ella hacía lo que el Gobierno no podía. ¿Por qué mejor no le mandaron a salubridad, apoyo o manos? A Doña Rosa le faltaban ojos y manos, la señora ya está grande, se le fueron muchas cosas. Esto huele a michoacanazo”, se queja la tía de uno de los detenidos. Su sobrino, David Rogelio, llegó al albergue cuando su padre lo dejó para ir a alcanzar a su madre a los Estados Unidos. Con los años se casó con una de las internas. Él y su esposa vivían en uno de los departamentos de Rosa fuera del albergue y trabajaban a dentro en el día. Ahora, él está en el penal de Nayarit y su esposa ha sido liberada. Animal Político intentó hablar con ella, pero se negó.

La incógnita sigue siendo por qué tocar a Verduzco ahora, cuando todas las administraciones, municipales, estatales y federales, la han apoyado económicamente durante años. El gobernador de Michoacán, Salvador Jara, reiteró que es una investigación de varios meses a partir de cinco denuncias de padres con niños al interior. Desde el DIF estatal, su directora, Ana Compeán Reyes se excusa en que ella tomó el puesto el 1º de Julio. Desde la PGR nada más se atreven a decir que “cambiaron las autoridades”.

El futuro de los niños

De momento, las 601 personas que vivían en el albergue están siendo trasladados a centros del DIF de diferentes estados. Los cerca de 70 padres que hasta el sábado estuvieron a la espera de que les entregaran a sus hijos, los tendrán que recoger en cada uno de los DIFs correspondientes cuando estén los resultados de las pruebas de ADN y las declaraciones ministeriales tomadas.

El viernes en la noche se empezó a direccionar a los internos. De momento, 48 se fueron a Guadalajara, 54 a albergues del Estado de México, 14 a Guanajuato, 57 al DF y 4 a Tamaulipas. Quedan todavía alrededor de 300 personas pendientes de reubicación. Respecto a los adultos el gobernador de Michoacán, Salvador Jara adelantó que se les buscará encajarlos en algún programa asistencialista temporalmente en lo que retoman su vida.

Mientras tanto siguen los tratamientos médicos y psicológicos. El titular de la Secretaría de Salud de Michoacán (SSM), Carlos Aranza, detalló el sábado que habían dado 120 consultas, y que las enfermedades predominantes eran gastritis, gastroenteritis y dermatitis además de heridas autoinfligidas y crisis de estrés. DIF y PGR intentan que el ambiente a dentro del albergue se vaya distendiendo. Además de las consultas psicológicas el sábado los muchachos se aventaron una cascarilla de futbol con un equipo de federales.

La fundadora del albergue, Rosa Verduzco será direccionada hoy a un hospital de Guadalajara para que le practiquen un cateterismo fruto de sus achaques previos al susto del operativo.