Verónica Santamaría · 17 de agosto de 2025
Proteger la tierra, el agua, la flora y la fauna de la comunidad no tiene edad ni límites para las juventudes defensoras del territorio. Cada uno, según su profesión, desarrolla proyectos comunitarios que fomentan la participación en la conservación y protección de la riqueza biocultural que los rodea.
En la Sierra Norte de Puebla y la comunidad de San Antonio de la Cal, Oaxaca, jóvenes defensores del territorio hablan de los proyectos comunitarios que han implementado en sus comunidades para mantener vivas sus tradiciones, pero también acercan a la población la importancia del Acuerdo de Escazú.
Estos jóvenes defensores del territorio, entre otros, fueron parte del Hackatón 2025 que se llevó a cabo en la Ciudad de México, donde se reunieron para preparar proyectos que den soluciones reales para afrontar la crisis climática y promover una transición energética justa.
Animal Político los entrevistó para conocer de qué manera protegen el territorio.
Miguel Gómez tiene 26 años y vive en la Sierra Norte de Puebla. Él se reconoce como joven Totunakú. Decidió estudiar la carrera de ingeniero en desarrollo regional sustentable que con el tiempo lo llevó a influir más de manera participativa en su comunidad para apoyar y generar iniciativas implementadas en proyectos comunitarios.
Eso lo llevó a fundar la organización Talhtsi Tutunakú en la que más jóvenes se han sumado a participar y donde emprenden diferentes sistemas productivos para que la agricultura, mediante la agroecología, fortalezcan esos sistemas. Al igual que la conciencia ambiental, esté fortalecida desde los pueblos originarios y respetando la ideología de su identidad.

Otra de las organizaciones a las que pertenece es Escasora México, en la que implementan el Acuerdo de Escazú a través de actividades como talleres y conferencias para hacer de esta herramienta una realidad en México.
“La región a la que pertenezco [es] la cultura totonaca. Somos un pueblo originario que ha resistido durante varios cientos de años. Nosotros hemos resistido a proyectos de muerte y nos hemos mantenido unidos a pesar de todas estas problemáticas a las cuales ya nos estamos enfrentando”, señaló Miguel Gómez en entrevista para este medio.
Además de enfrentar desafíos que amenazan su territorio, el defensor destacó que se guía por una filosofía de vida que sustenta este tejido comunitario: el Xatlan Latam, del Tutunakú, también llamado “yak nemilis” en la cultura masewal, que se traduce como “buen vivir” o “la vida buena”. Esta filosofía ha sido transmitida por abuelas y abuelos para que las nuevas generaciones continúen siendo totonacas.
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Miguel explicó que ser totonaco, que en español se traduce como “tres corazones”, representa una ideología basada en valores y principios de este pueblo originario, que les brinda identidad, sentido de pertenencia y una relación respetuosa con la riqueza natural, biológica y cultural de su comunidad.
“Por la riqueza cultural seguimos estando en el ojo de proyectos de muerte”, añadió.
Sin embargo, Miguel Gómez cuenta que, gracias al trabajo comunitario, han podido ser y continuar siendo defensores del territorio. Para él, reconocerse como tal a su edad resulta difícil, ya que, desde el conocimiento de su comunidad y de las juventudes, estas complicaciones se hacen evidentes una vez que se viven los impactos de la crisis climática, entre otras.
“Eso nos convierte en [personas] vulnerables en este contexto. Sin embargo, quiero compartir que desde las juventudes totonacas seguimos soñando. Es algo que hemos podido destacar (…) con la idea de que sembramos semillas entre nosotros, que si nos unimos y dialogamos con base en el amor y hablamos de lo que nos preocupa, nos fortalecemos”, añadió.
En la comunidad de San Antonio de la Cal, Oaxaca, vive Lizbeth Martínez, una joven defensora de 24 años, que es parte de la comunidad de San Antonio de la Cal, Oaxaca. Ella se encuentra realizando su pasantía como química farmacobióloga, una carrera que le ha permitido entender su territorio desde otra perspectiva para protegerlo.
Aunque Lizbeth no le gusta autonombrarse como defensora del territorio por la responsabilidad que representa, el hecho de que las personas la conciban de esa manera la llena de felicidad saber que contribuye en la protección del lugar en el que vive.

“Sé que el territorio es algo que tenemos a nuestro alrededor y que muchas ocasiones no podemos darnos cuenta qué es lo que tenemos hasta que lo vamos perdiendo. Creo que, ser defensora del territorio es saber primero dónde estás, saber qué te rodea, amarlo y saber luchar con él”, explicó Lizbeth Martínez en entrevista para Animal Político.
San Antonio de la Cal es una comunidad que se encuentra en el área metropolitana de la capital de Oaxaca. En transporte público, está a tan solo 25 minutos de la ciudad y se llega a la entrada principal del sitio.
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Pese a que se encuentran muy cerca de la ciudad, en la comunidad cuentan con un área destinada voluntariamente a la conservación. Sobre sus usos y costumbres, la población aún los mantiene latentes, motivo por el cual aún realizan las votaciones “a pizarrón”, tienen un comisariado ejidal y mayordomías.
Lizbeth cuenta que su municipio es tan rico que, culturalmente, es considerado como la “cuna de la tlayuda” en Oaxaca. Toda esta riqueza es un símbolo de resistencia en las personas que hacen a su comunidad, pese a las pérdidas que han tenido con la llegada de supermercados, gasolineras y tiendas departamentales que los han “invadido”, recalcó.
La joven defensora cuenta con emoción lo orgullosa que se siente de la representación de las mujeres en su comunidad. Entre los logros que han obtenido en la defensa de su territorio resalta el establecimiento de un área de conservación, el pago por servicios ambientales y las guardias forestales ejidales.
Incluso habló del apiario que crearon junto con la Universidad Autónoma de Oaxaca y la oportunidad de hacer un convenio para la creación de un Centro de Investigación en él como una de las grandes acciones que han logrado.
“Ahorita traigo un proyecto comunitario que es un club de observación de aves con las adolescencias. (…) Ya llevamos un registro de más de 50 especies de aves y con fotografía, evidencia y localización de donde las hemos encontrado. Son tesoros ocultos”, señaló.
Para Lizbeth la educación ambiental es parte de la defensa del territorio y que, para ella, su principal motor para proteger es la biodiversidad desde que comenzó a emprender acciones e iniciativas por la defensa del territorio con la premisa de que todos y todo tiene una función específica, como lo hizo con un primer proyecto que dedicó para defender a los tlacuaches.
“Lo que defiendo principalmente es la biodiversidad, es algo que me ha movido desde que inicie en este mundo de querer defender la vida. Saber que todos tienen una función y como química es algo que he podido percibir, incluso los microorganismos. Proteger la belleza de lo natural, la belleza de lo anormal y eso hace que puedas encontrar algo lindo y que genera empatía”, comentó.