Moisés Castillo · 10 de marzo de 2012
Para ser un buen bailarín hay que sentir la música, pero sobre todo hay que tener categoría al momento de pisar la pista de baile. Y Joaquín González, “El Venado”, ha estado en los mejores salones de baile de la Ciudad de México como Los Ángeles, el Tarará, el Riviera, el Califa, el Brasil, el Colonia y La Maraka. Para muchos sonideros como el mítico Ramón Rojo de La Changa, Joaquín es una leyenda viviente del movimiento sonidero, no sólo como bailador sino como promotor del folclor urbano de los barrios de la capital.

“El Venado” tiene 52 años moviendo su cuerpo moreno, dando saltos y deslizando las suelas. Baila todos los géneros pero su favorita es la música cubana y el swing. El ritmo ya lo tenía en la sangre. Su padre Joaquín González Sánchez fue campeón de vals y tango en el Teatro Nacional y fue premiado por Porfirio Díaz. Su primera y gran influencia fueron sus padres, quienes bailaban en casa mientras el pequeño Joaquín los veía emocionado y con ganas de imitar esos movimientos casi irreales.
Dice que don Joaquín y doña Victoria escuchaban buena música de orquestas como la del maestro Pérez Prado, Luis Arcaraz o la de Rafael de Paz, y en esos momentos surgió su pasión por la música tropical. Todas las tardes cuando llegaba su padre de trabajar como mecánico-piloto escuchaba el chillido de la pastilla cuando tocaba el plástico de los acetatos de grupos como La Sonora Matancera, su banda favorita.
Toda su vida ha vivido “En el Hormiguero”. Nació hace “muchos años” en la calle 5 atrás del Foro Cultural Azcapotzalco. Era todo un ritual bailar de martes a domingo en las vecindades, en las casas de amigos o en fiestas de la colonia. Precisamente en las calles es donde se alcanza el mejor ambiente para bailar y gozar la música pero se ha perdido poco a poco esta tradición. Antes se cerraban las avenidas para echar una buena zapateada, ahora un grupo de delincuentes ha deformado la fiesta: balaceras, asaltos, drogas y peleas han provocado que la gente se aleje del auténtico baile.
Por eso, “El Venado” asegura que un buen bailarín no debe tomar alcohol ni fumar. Los pleitos más comunes en los bailes sonideros es cuando la gente está muy borracha.
“Anteriormente íbamos a los bailes a disfrutar. Ahora la gente va a tomar su caguama en bolsa, su michelada, ése no es el baile. Hay sonidos que les gusta llenar cantinas, no les importa que no haya buenos bailarines. Inclusive, hay sonidos que no tocan las joyas musicales, tocan la música comercial, música que mucha gente dice que es tropical y vive engañada”.
A las leyendas del baile en México como Juan Manuel Arau, Jesús Navarro, Víctor Ramírez, Hortensia Díaz, Filiberto Flores y Joaquín “El Venado” es muy difícil verlos en cualquier “bailecillo”, escogen lugares o eventos especiales para evitar los desmanes callejeros.
La rueda en Los Ángeles y Sonido Fania
El hogar de Joaquín, ubicado en la colonia La Rosita, en el corazón de Azcapotzalco, es un verdadero museo sonidero: trofeos, fotografías, acetatos, propaganda, discos de oro y platino invaden los rincones del pequeño departamento. Las paredes de ladrillo rojo son insuficientes para colgar decenas de reconocimientos. En la estancia se encuentra un mini altar en honor a La Sonora Matancera con Celia Cruz al micrófono.
Cada vez que hace memoria de aquellos bailes sus ojos se vuelven cristalinos. No llora, se aguanta. Pareciera que su sala es una zona protegida de venados: tiene un mueble de madera repleto de figuras de esos mamíferos rumiantes, cuadros y playeras. Un par de fotografías con La Sonora Matancera y las maracas de Carlos M. Díaz “Caíto” es su gran tesoro, las presume con orgullo a los pocos que visitan su guarida. Una de las instantáneas fue tomada en el salón Colombia en Tenayuca y la otra en el salón Cortijo con el banderín de Venados de la Raza, que fue el club de baile más prestigioso de finales de la década de los 70.
“No pues olvídate, son los grandes momentos de mi vida. No me puse nervioso cuando conocí al maestro Rogelio Martínez, director de la Matancera, porque siempre que llegábamos a sus bailes decía por el sonido ‘ya están aquí mis amigos los Venados de la Raza’. Cada que venían a México los seguíamos a todos sus bailes. Ya nos tenía ubicados por el banderín que usábamos y esas chamarras con los emblemas del venado en la espalda”.
El club lo fundó su amigo Paco y llegó a tener más de 30 integrantes. El nombre surgió porque en el barrio a una mujer ciega le decían “la venada”. Y de pura carrilla a Paco, por su problema visual en un ojo, le comenzaron a decir “el venado” y así se le quedó el nombre a la agrupación. Ensayaban todos los días en azoteas o en los patios de los edificios, y también en la academia del gran danzonero Enrique Tapia, que se encontraba enfrente de la Plaza Garibaldi.
Venados de la Raza fue tan popular que era invitado a bailes transmitidos por televisión o estaciones de radio como La Sabrosita 590 AM y locutores como Alfredo Mejía, el viejito Cañandonga, Héctor Aguilera, Poncho Zamudio o Alejandro Zhuarth anunciaban donde estaría presentándose el club de baile.
El pasado 26 de febrero en el parque Hidalgo de Azcapotzalco, el sonido La Changa homenajeó a la organización “Ecos de mi barrio”, que fundó “El Venado” en 2004 y entregó reconocimientos a las leyendas del baile en México. En esa gran fiesta estuvieron los clubes más antiguos, mejor conocidos como los “Nueve grandes”: Traviesos, Kalirumba, México, Nueva Imagen, Venados de la Raza, Tepito, Catedráticos, Muñecos y Santa Julia.
“A Ramón Rojo lo conocí en 1969, en la Casablanca, una vecindad de Tepito. Empezamos a ir a sus bailes, inclusive Ramón Rojo y Roberto Herrera, sonido Rolas, nos bautizaron como Venados de la Raza”.

Para “El Venado” todos los bailes en los que ha participado son especiales, pero el que se realizó en el salón Los Ángeles por allá de 1979 fue una locura. Aquella noche comenzó con el ritual de siempre: calzó sus zapatos exclusivos de baile que los hacía el maestro Ángel, quien tenía su taller por el hospital de La Raza; portó pantalón de casimir y camisa muy bien planchada. Ir presentable a los bailes era indispensable, ahora la gente llega de tenis y pierde “elegancia”.
El salón de la colonia Guerrero estaba abarrotado y no era para menos. Se anunció un cartel musical tremendo: la Sonora Dinamita, de Lucho Argaín; el Gran Combo de Puerto Rico, de Rafael Ithier; y la Sonora Matancera, de Rogelio Martínez, quien dio la terrible noticia de que al ex pianista del grupo Lino Frías, le habían amputado la pierna izquierda en Nueva York.
“El Venado” pudo por fin entrar y se sorprendió al ver que nadie bailaba. A los que estaban a su alrededor les preguntó “¿Por qué no se mueven?” y sólo escuchó “es que no se puede”. Sin pensar agarró de la mano a una señora gorda y comenzó a abrir la rueda. En pocos segundos ya bailaba “Timbalero”, una canción que estrenaba El Gran Combo.

“Invitaron al escenario a Mario Muñoz ‘Papaíto’, de la Sonora Matancera, para que entrara a acompañarlos y ese día oí el concierto más grande de timbales en el Salón Los Ángeles. Eso fue mágico”.
Lamentablemente han existido historias negras como la “Derrota de Damasco”. Fue un baile en la peligrosa colonia Romero Rubio, cerca del metro Oceanía, en la calle de Damasco 10. La policía reprimió la fiesta a garrotazos: detuvieron a bailarines, sonideros y a quien estuviera en el momento equivocado. Los vecinos hablaron y reportaron falsamente que ese lugar era un centro de prostitución y se vendían drogas.
A Joaquín también le tocó presenciar una balacera en la Unidad el Rosario, al norte del DF. Apenas tenía 10 minutos de haber llegado al baile de Sonido Fania de la Aguilera y estaba con Zugui, su amigo de toda la vida. Mientras veían cómo se movían las parejas, llegó un muchacho vestido de negro, sacó de su pantalón una pistola tipo escuadra y plomeó varias veces a un chavo en las piernas. Ahí quedó gritando de dolor, tirado como un perro recién atropellado. Aquello fue un corredero.
Dice que un buen sonidero es aquel que pone música que pocos conocen y que suene “quedito pero bonito”, porque muchos retumban las bocinas y no se les entiende nada a la hora de que agarran el micrófono. Se le paran los bigotes cada vez que un sonido famoso como Fascinación o Arcoiris lo anuncia como una “leyenda viviente”.
“Es algo increíble, es algo que no se puede describir con palabras pero sale de muy adentro. Que alguien reconozca tu trayectoria es muy hermoso, por eso para mí es un honor ser bailador”.

Está orgulloso de su estilo porque no le ha copiado a nadie. Algunos dicen que es como un acróbata de la pista por sus saltos y por mover hasta cinco mujeres al mismo tiempo. Dice que para sacar a bailar a una dama es importante que no lleve pareja porque de lo contrario sería una falta de respeto y podría malinterpretarse. Si observa que una chica está sola y baila bien es la oportunidad idónea para decirle con caballerosidad: ¿bailamos?
Todos sus sueños se le han cumplido a este ingeniero mecánico: ha bailado en los mejores salones, con los sonideros famosos y conoció al grupo de sus amores, la Sonora Matancera. ¿Qué más se necesita para ser feliz?
No anhela nada y sólo quiere que lo recuerden como un hombre que defendió la buena música y el buen baile. Cuando pisa el escenario se olvida de todo y comienza a cantar: “a mí pelear no me gusta tú ves/yo no soy guapo/oye no me hagas pasar un mal rato no no/yo no soy guapo/caballero yo no quiero que nadie me de un galletazo/yo no soy guapo/yo me paseo por los indios tú ves/yo no soy guapo/también paseo por Belén no no/yo no soy guapo/Ay yo no soy, yo no soy ningún guapo…
Saludo saludo saludo…
Para todos los integrantes de “Ecos de mi barrio” y los sonidos que forman parte de la organización: El Romántico de la Salsa, Sonidos Sin Nombre, de Manuel Rodríguez; Fania de la Aguilera y sus Trompetas Mágicas, de Guillermo Osornio; Sonido Tacuba, del maestro de la cumbia Luis Morales; Sonido Rolas, de Roberto Herrera; Sonido La Changa, de Ramón Rojo; y a toda la dinastía Perea. Al Club Fantástico. Un saludo especial a Paco, “El Venado”, donde quiera que se encuentre.