Redacción Animal Político · 5 de julio de 2011
Antonio se rasca el sarpullido de la pierna izquierda mientras devora una chuleta en chile verde. Junto a él permanecen, todavía con residuos de aguas negras, su estéreo, el refrigerador y un hornito de microondas.
Son cerca de las 10 de la noche y a diferencia de la hora de la comida, esta vez sí pudo disponer de sus alimentos en la casita Geo que habita desde hace 12 años detrás de Cabeza de Juárez y que, por cierto, no ha terminado de pagar. Horas antes comía en el refugio temporal ubicado en esa zona de Iztapalapa, en medio del aguacero.
Casi al mismo tiempo, la delegada Clara Brugada tomaba el micrófono frente a los iztapalapenses en desgracia. Se comprometía a declarar en los próximos días la unidad habitacional exLienzo Charro como zona de riesgo. Eso quiere decir que se hará un análisis de fondo para determinar si existe algún remedio para que sus habitantes no se vuelvan a inundar o de plano deberán reubicarlos.

Desde el jueves, como ocurriera hace más de un año, los aguaceros provocaron que más de 200 familias vivieran la emergencia. Unos tuvieron que abandonar sus viviendas para no ahogarse y otros se quedaron atrapados en las plantas altas, entre la pudredumbre de agua que alcanzó 1.85 metros.
El fin de semana fue un viacrucis para los damnificados. Poder entrar a las viviendas. Lavar y desinfectar con cloro. Checar las cosas echadas a perder. Buscar las carpas donde comenzaban a repartir comida. Hacer trámites y trámites para conseguir las indemnizaciones prometidas por la delegación y por la aseguradora Axa. Ir a sacar copias lejos, donde hubiera luz. Buscar documentos entre lo mojado. Pedir pero comprobar que “no son abusivos”. Recibir, con trabas y malas caras a veces, sin ningún problema otras, según la suerte del afectado. Vacunarse contra el tétanos. Esperar. Aguantar. Aprender a vivir ya no en el agua, sino entre el lodo que hasta hoy apesta y que no desaparece hasta después de muchas lavadas.

“La verdad es que estamos hasta la madre de vivir aquí, las casas ya se nos están cayendo por la humedad y la porquería”, grita uno de los vecinos en alguna de las múltiples juntas para lograr acuerdos. Otros lo secundan. Cuchichean. Un funcionario delegacional que participa en la reunión y cuyo nombre ignoran todos, pone cara de “no sé qué hacer pero paso el recado”.
Al rato llegaría Brugada, la que le ganó la delegación a “Juanito”, con un discurso muy creíble y mejor armado. La mala -les dijo haciendo gala de un vestido de manta muy colorido- es que este relajo es porque al clima no lo controla nadie y son cosas de la naturaleza. La buena -agregó- es que podría haber reubicación de vecinos y la delegación les repartiría cheques de hasta 20 mil pesos a quienes hubieran resultado más inundados. Cundieron los aplausos.

Unos la quisieron replicar pero otros vecinos los callaban. Clara respondió bien, prometió sólo lo que pudo aunque la coordinación posterior de su gente en el exLienzo Charro fue parte de la pesadilla que hasta hoy viven los vecinos.
La reunión terminó y los colonos se fueron a sus casas con cara de satisfacción pero comentando lo que ahora creían que eran pequeños inconvenientes.
“A mi esposo le dio el GDF unas gotas caducas y trae los ojos bien rojos”, dijo una señora.
“Me acaban de regresar de la carpa de afuera que porque las cenas que están dando son para los vecinos de la unidad habitacional de Camioneros. Que nosotros tenemos que llevar un tarjetón pero a mí no me han dado nada. Tengo hambre”, comentó una mamá joven.
“Me robaron mi tele que dejé afuera secando y el seguro no me cree que la perdí, ¡ya no aguanto el emputamiento!”, casi gritaba un señor cincuentón.

Antonio, el vecino de la sección “C”, donde el agua cubrió las plantas bajas, ya comenzaba entonces, saliendo de la junta con la delegada, con comezón en la pierna derecha. Ya de noche ya no aguanta y busca desesperadamente un médico entre las múltiples carpas. Consigue que lo revisen, le den una pomada y paracetamol tomado. “Hay que tomarse dos cucharaditas porque tiene menos efecto que el de pastilla”, le advierte una amable enfermera que acaba de empezar su turno y no ha sentido el frío en los huesos.
Porque este fin de semana, a dos días de la desgracia, sigue lloviendo intermitentemente y los habitantes de las casas Geo no duermen tranquilos porque las autoridades ya les dijeron que apenas empezaron los aguaceros y se pueden volver a inundar, en lo que revisan si el problema tiene solución de fondo.

Mientras, las lanchas, los médicos, la gente de Protección Civil, las lonas para instalar un albergue de emergencia y “la voluntad política” –dijeran algunos servidores públicos de chalequito beige-, ya están listos para lo que venga.
Mientras, las pertenencias de los moradores se siguen echando a perder en la intemperie, en espera de que los valuadores hagan su trabajo.
Mientras, comienza a caer un inofensivo chipi chipi. La gente se asoma por las ventanas y ya no sabe ni qué esperar.