Moisés Castillo · 23 de junio de 2012
Vivir en Guatemala a principios de los 80 era vivir bajo la represión militar, respirar miedo y escapar de las balas. La familia del pequeño Eduardo Halfon prefirió esfumarse de un destino trágico y huyó hacia Estados Unidos. Así comenzó el peregrinar del escritor más extranjero de América.
Guatemala, Florida, Carolina del Norte, La Rioja española, Nebraska… Dice que a los diez años de edad se partió en dos y tiene cierta envidia a las familias que echan raíces. La fuga casi perpetua de ser migrante: entre quedarse e irse. Para el autor de “Dicho hacia el sur” hay una certeza en este viaje agridulce: nunca regresará a su tierra natal. Cierra los ojos y vuelve la imagen muda. Recuerdos de antes o de nunca.
Esta es una de las 24 crónicas migrantes y un sueño americano que se pueden leer en “Sam no es mi tío” (Alfaguara 2012). Los editores de estas historias sorprendentes son el argentino Diego Fonseca y la brasileña Aileen El-Kadi, quienes confeccionaron un libro que debe ser obligatorio en cualquier escuela de periodismo.
Es un libro de historias propias o de otros, de pequeños mundos en el país más poderoso del mundo. ¿Dónde está el “sueño americano”? En la contradicción y en la falta de reconocimiento de los millones de migrantes legales e ilegales que caminan las calles de Nueva York, Miami, Texas o Los Ángeles. Esta parece la respuesta correcta.
En “Sam no es mi tío” destaca, como un grito en el templo, la historia “Aquí está bien”, del peruano Daniel Alarcón. El periodista que vive en Oakland, California, afirma con cerveza en mano: donde quiera que vayas en Estados Unidos, no importa cuán lejos vayas, verás el resto del mundo. En “Hoy como ayer (La Gata)”, la escritora argentina Gabriela Esquivada que reside en Charlotte, North Carolina, habla sobre la cantante de tangos María Angélica Milán. La Gata perdió lo único que siempre había tenido: el pasado.
El caso asfixiante de Alberto fue escrito desde las tripas por Diego Fonseca, que actualmente vive en Washington, DC. En “Y entonces Dios”, el escritor y periodista lanza sin titubeos: todo sueño tiene un anverso odioso y pedestre malamente llamado vida real. En “Renuncio”, el argentino Hernán Iglesias Illa cuenta la crónica de contrastes sobre su flamante doble nacionalidad: qué cosa más gringa; el mito de llegar a América y renacer.
Las reflexiones del novelista Eloy Urroz son implacables en “Una anacoreta en el desierto de los rubios monolingües”: aquí en USA, no importas. En México había sido cabeza de ratón, en Estados Unidos me he vuelto cola de león. El ensayo “Los crímenes de Santa Teresa y las trompetas de Jericó”, del escritor mexicano Jorge Volpi, es luminoso. Gracias al poder de la ficción literaria podemos observar los pensamientos de los demás: siempre que leemos derribamos murallas y nos convertimos en otros.
Al final de este caminar sin rumbo llega “Esto te costará diez dólares”, del chileno Juan Pablo Meneses. Escribió una historia sobre el rey del porno americano, Ron Jeremy: si ese gordinflón de rostro hinchado puede acostarse con las mejores chicas del planeta, yo también puedo. Y el mexicano Wilbert Torre nos regala la historia de Cuauhtémoc Figueroa, ex jefe del voto latino en la campaña de Barack Obama. En “Mapas (Lo que pasa en Vegas)” describe cómo Cuauhtémoc llevó a Obama a visitar pueblos atestados de latinos y se llenó las manos de pines y chucherías.
“Sam no es mi tío” también tiene que cruzar fronteras y se está presentando en varios países de América Latina. Es un libro andante por naturaleza. Uno de los editores, Diego Fonseca, nos explica las diversas visiones sobre los migrantes y la frontera estadounidense, espacios que incluyen o excluyen. O como lo dijo un migrante mexicano: “Estamos aquí porque nos expulsan de allá”.
-¿Cómo surgió la idea del libro y por qué abordar el tema migratorio?
Suelo decir que es producto de que George W. Bush y Wall Street se metieron en mi matrimonio. En 2008 fui contratado por una revista de Miami y a poco de dar Bush su discurso del estado de la Nación ante el Congreso y el subsecuente desmoronamiento de la bolsa, la revista se presentó en quiebra. El llamado, claro, ocurrió mientras mi mujer y yo pasábamos nuestro primer día de luna de miel. Decidí que tenía que contar toda esa historia, pero no dí con ningún medio en Estados Unidos que publicase crónica. De hecho, los demás escritores latinoamericanos de no ficción y ficción que vivían en Estados Unidos y yo conocía colaboraban con medios de la región o España. Como soy editor, pensé como editor: hacía falta algo para reunir esa inteligencia y construí la idea de un libro. En 2010, cuando Aileen El-Kadi me invita a escribir un ensayo para un libro de la Universidad de Texas sobre el narco en las Américas, le conté la idea y en una semana nos pusimos a trabajar. La cuestión de los migrantes, más que el tema migratorio, es sustancial a Estados Unidos: este país es producto de migraciones. Y la migración latina constituye el próximo gran proyecto de integración societaria de Estados Unidos, que debe debatir cómo integra a su ficción orientadora un nuevo componente mestizo, sincrético.
-¿Cómo fue el proceso se selección de los textos? ¿El libro se llama así para exhibir las contradicciones del “sueño americano”?
La lista de autores era mucho mayor. La primera decisión fue reunir tres tipos de miradas: escritores de no ficción, escritores de ficción y académicos. Lo segundo, prestar atención a ciertas condiciones. ¿Qué país tiene la mayor tasa de migrantes en Estados Unidos? México, pues también debía haber una primera minoría mexicana en Sam. ¿Qué país es una potencia emergente y tiene algo que decir sobre Estados Unidos? Brasil, por lo que tiene también peso. Argentina, el de tradición menos amistosa con Estados Unidos, cuenta otro poco. “Sam no es mi tío” es un título que juega entre la ironía y la exposición de una verdad: los latinos aun no han sido incorporados a la simbología americana por completo, no hay una integración completa ni mucho menos. Aquel Tío Sam del “I want you” ni representa lo que Estados Unidos es hoy ni permite a los latinos reconocerse en él. Por lo tanto, la idea de exhibir cómo se expresan las contradicciones del sueño americano estuvo siempre en la mirada del libro y, a la vez, cómo los hispanos negocian sus propias contradicciones con la nación donde viven, vivieron o quisieran vivir.
-En la mayoría de los textos surge Miami como la ciudad de las oportunidades y de las frustraciones, ¿todos quieren vivir en Miami? ¿Qué significado tiene este lugar para el imaginario colectivo de los migrantes?
Miami está en varios textos, pero no en la mayoría. New York tiene un peso similar. California también, y el Sur. Miami representa un punto de entrada accesible para muchos latinoamericanos, entendido como la más latina de las ciudades de Estados Unidos, algo que puede extenderse a buena parte de la Florida y a varias ciudades de California, Arizona o Texas. Miami, en alguna medida, es una suerte de limbo interesante: una ciudad americana que no deja de ser profundamente latinoamericana pero quiere pertenecer adonde está, a Estados Unidos.
-¿Consideras que “Sam no es mi tío” es un libro mosaico, donde podemos encontrar crónicas, reflexiones personales, ensayo y testimonios de los autores? ¿Cómo lo definirías?
La idea de mosaico funciona muy bien. Como editor periodístico uno siempre trabaja sobre la base de construir puzzles: que cada parte, en su diversidad, encaje en un todo armónico. Como con Aileen El-Kadi, mi coeditora, provenimos de backgrounds distintos —Aileen es académica— tuvimos que liberar y equilibrar el modo de editarlo. Hay textos donde hubo una relación escritor-editor elaborada, con mucho ida y vuelta, y otros que los soltamos a un ejercicio de apertura: que el escritor nos contase qué estaba viendo sin que nosotros condicionemos el material. En ese plano, el resultado es, antes que un puzzle, un caleidoscopio, una idea que también resulta armónica para explicarme a mí mismo Estados Unidos como nación.
-¿Cuál es tu historia favorita del libro? ¿Cuál te sorprendió gratamente y por qué?
No tengo una historia favorita per se. Cambia según el momento. Todas tienen un atractivo por su propia singularidad y sería injusto si te dijera cuál es mi historia favorita del momento, porque sé que mañana será otra. Y más que sorpresa grata en una historia hablaría de una gratificación general en la actitud de los autores: todos accedieron de buena gana y con mucho entusiasmo a ser parte de Sam, y la colaboración fue espontánea y permanente. Pocas veces sucede eso.
-¿Por qué decidiste escribir sobre Alberto? ¿Te llamó la atención la fe en Dios como último recurso de sobrevivencia?
Sí, me pareció que, tras ensayar todas sus posibles soluciones —enfrentar el problema primero y pretender esquivarlo después—, cuando se vio abrumado por las circunstancias, envuelto por un problema que lo excedía, como la crisis y apresado por sus propias decisiones apresuradas, como comprar una casa que no podría pagar, su último recurso fue una especie de invocación suprahumana: la resignación, creer en vez de pensar.
-Dices en tu relato que “todo sueño tiene un anverso odioso y pedestre malamente llamado vida real”, ¿cómo explicas la ligereza de Alberto ante las deudas que al final lo acaban ahorcando?
Hay dos momentos en él, primero cuando procura resolver el problema, pues él siguió pagando mientras pudo y luego cuando se resigna a que suceda lo que pueda suceder: un abogado salvador, nada, escaparse de la obligación. El problema es de origen, y es asumir que él compraba una casa cuando lo que ocurría, como pasó a muchos, era que su independencia era la que estaba siendo comprada por una deuda. Sin entrar en el análisis de los fundamentales de la crisis —la canilla libre de créditos sin demasiado control ni regulación-, en él hay una mezcla de factores: deseo por tener una mejor vida, revancha contra un mal pasado, aprovechar una oportunidad única, en un punto ambición irracional.
-¿Cuál fue tu motivación real de salir de Argentina y vivir ahora en Washington? ¿Piensas regresar a tu país de origen? ¿Cómo construir una identidad en Estados Unidos?
No fui directo a Washington. Tenía a cargo la oficina argentina de América Economía en Buenos Aires cuando la revista me dio la opción de reorganizar la operación de Brasil o la de México. Me fui a México, donde viví por más de seis años antes de mudarme a Miami por otro trabajo. Cuando quiebra la empresa que me empleaba en la Florida, surgió una oportunidad de consultoría para el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington. Uno siempre viaja con su país en la mochila identitaria, pero hoy estoy bien en DC y no he tenido ni visto ofertas para volver a Argentina, u otro país. Construyes una identidad en Estados Unidos del mismo modo que en cualquier otro país: tu yo entra en negociación con la realidad que te circunda. No hay otro modo. Es eso o una idealización perpetua, un estado ilusorio.
-¿Alguna vez te sentiste como dice Aileen: “miserablemente inmigrante”? ¿Cuál ha sido tu momento más difícil en EU por ser “latino”?
No, no he tenido la experiencia de Aileen. Tampoco he experimentado malos momentos como “latino”. Los peores han sido como inmigrante, uno más. Cuando me quedé sin trabajo en la Florida pasé un tiempo de incertidumbre sopesando qué hacer pero también tuve fortuna. Fuera de eso, creo que cuando enfrentas la rueda burocrática es cuando sientes la mayor distancia entre el individuo y el aparato o, por ponerlo con un nombre más árido, “el sistema”. Para las burocracias no pareces ser persona sino expediente. Tal vez esa inflexibilidad sea común a otros países pero me pareció mayor —eficientemente burocrática, para jugar con una paradoja interesante— en Estados Unidos.
-La artista cubana Tania Bruguera dice que ella, como muchos profesionistas que viajan constantemente, es una migrante con “privilegios” (aviones, hospedaje, invitaciones, viáticos, etc.). En este sentido, ¿es acertada la idea de migrantes de primera y de segunda? ¿Si fueras Obama qué cosas cambiarías a favor de los migrantes?
Esa distinción viene dada también por los puntos de partida y, por decirlo de algún modo, el puerto de llegada. Es obvio decirlo, pero si llegas como profesional tu punto de partida es mucho menos complejo que quien viene a trabajar al campo cruzando la frontera indocumentado. Por ende, también es probable que tu proyección sea mejor, pero tampoco es absoluto y siempre hay oportunidades. No creo ni en los compartimentos estancos ni en el inmovilismo histórico y, si hago caso a la dialéctica, debo inferir que la historia permite reubicar espacios y dar oportunidades al que está hoy mal. Lo que más me duele sobre la vida de los migrantes es, sobre todo, la falta de reconocimiento al aporte fundamental que han hecho y hacen a la economía y cultura americanas. Ese reconocimiento aun está apresado por las necesidades del discurso político coyuntural. Más allá de decisiones cuestionables, me parece que Obama tiene una oportunidad de actuar con mayor margen de acción, menos aprisionado por las urgencias de la crisis si resulta reelecto. No estará en riesgo su reelección y el segundo mandato es siempre el momento de los gobernantes americanos para dejar su marca en la historia. Asumo que, a riesgo de jugar con el futuro, que me disgusta, su obra puede estar más cerca de las promesas que hizo a los latinos en 2008 que lo que fue su acción de gobierno durante el mandato que termina.