Gabriella Morales-Casas · 24 de marzo de 2012

Es el documentalista nacional más constante y reconocido de los últimos diez años. Everardo González, director de la taquillera película Los Ladrones Viejos y de Cuates de Australia, distinguida como la mejor en su categoría en el pasado Festival Internacional de Cine de Guadalajara, es el ariete del boom documental que hay en México y del que todavía está lejos el cine de ficción.
“Pertenezco a una camada que le dio empuje a un montón de gente”, dice el cineasta y cinefotógrafo de 41 años, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), cuya ópera prima, La Canción del Pulque, de 2003, ganadora del Ariel, cuenta la historia de la bebida a través de los clientes de la pulquería La Pirata, de la colonia Escandón.
Pero fue su segunda película, Los Ladrones Viejos: Las Leyendas del Artegio, de 2007, también galardonada con el Ariel y Mayahuel de Guadalajara, con la que logró 35 mil espectadores en taquilla, una cantidad onerosa para un documental independiente, “y que fue muy pirateada, así que la vio mucha gente”.
La película presenta los testimonios de los viejos carteristas y zorreros de la capital mexicana, entre ellos, El Carrizos, que robó la casa del presidente Luis Echeverría; “la comenzamos previo al desate de la violencia y los secuestros en México”, dice el realizador, que en algún momento de su vida pensó en ser reportero de nota roja.
La carga social en el cine documental

Para cuando decidió dedicarse al cine lo hizo con una idea de transformación “porque soy alguien muy politizado, fui un joven sin TLC y me tocó el inicio de la Perestroika”. Ingresó al CCC ya titulado en Comunicación Social por la UAM Xochimilco, “una universidad muy colorada, me interesaban los temas sociales”.
Ahora, que no por ello es un activista o sus películas son de denuncia; las historias de injusticia e inequidad “son inherentes al documental latinoamericano, para donde voltees las hay”, pero está convencido que su trabajo “está al servicio del cine y no de las causas o movimientos de nadie” y tampoco hará nunca cine “lacrimógeno” para que sea “rentable”.
Su más reciente trabajo, Cuates de Australia, trata sobre la comunidad coahuilense del mismo nombre, donde no llega el agua y dependen de un estanque casi seco, “pero la película no es sobre la sequía, sino sobre los ciclos de la vida de estas personas y sus condiciones de resistencia pese a la marginación”.
También desestima el “documental de propaganda” y espera que películas como De Panzazo, co dirigida el cineasta Juan Carlos Rulfo, -lo defiende al decir que eso “a veces es un mal necesario”-, no se conviertan “en lo único que los productores quieran hacer”, o que las empresas como Cinépolis, convertida ya en productora, “no monopolicen los documentales y determinen los contenidos”.

Él mismo vivió algo similar con su tercer largo, El Cielo Abierto (2011); fue contratado por la Universidad de Notre Dame de EUA para filmar la historia de Monseñor Arnulfo Romero, líder de los campesinos salvadoreños cuyo asesinato provocó la guerra civil “y no les gustó la película que yo hice, me la quitaron y acabó siendo otra cosa”.
Por eso, se siente orgulloso de ser un cineasta independiente “no soy realeza de ninguna gran familia cinematográfica”, aunque no se siente satisfecho con su trayectoria, “ya debería tener 10 películas, pero soy un privilegiado por tener cuatro y vivir de esto”.
La documentalitis en México
La continuidad es justo problema que Everardo ve en el panorama de los documentalistas, cuyas óperas primas se convierten en “óperas póstumas”; primero, porque temen no hacer otra película brillante, “por eso a mí me gusta tanto Werner Herzog: un día te hace un documental aburridísimo y al otro una obra maestra; filma sin sentirse obligado al éxito”.
Por otro lado, está el propio medio cinematográfico, “ávido de descubrir talentos nuevos”, que no apuestan por los cineastas que ya tienen camino, “hasta te ven feo en los festivales cuando llegas con tu tercera película”, y por último, está la proliferación de documentalistas, “hoy en día todos tienen una cámara.
Su metáfora es que el cine es “como la pintura en el Renacimiento, todos son pintores y quieren estar ahí”, pero no todos tienen la vocación o el oficio, y en cuanto al documental, “la visión y la fe que se requiere”.

En su caso, fue parte de una generación, “que coincidió con la revaloración del documental en México” gracias al video, “eso nos dio mucha libertad”, además que había una crisis de contenidos en el cine de ficción con la llamada comedia condesera, “y nosotros lo aprovechamos”.
En los nuevos tiempos, “hay más documentales de calidad en un año que ficciones en dos” y celebra los talentos de Yulene Olaizola (Intimidades de Shakesperare y Víctor Hugo, 2008) y Tatiana Huezo, (El Lugar más Pequeño, 2011), “que hicieron documentales de gran sensibilidad y que por lo pronto tienen presente”.
El de Everardo González es prometedor. Por lo pronto, trabaja en nuevos proyectos junto a su socia en Cienega Docs, Martha Orozco, mientras sale a buscar historias sin saber qué saldrá de ellas, “eso es más divertido que sentarme a escribir un guion, ¿no crees?”