Karen Quevedo · 17 de abril de 2015

Con el nombre de Calder: derechos de la danza la Fundación Jumex Arte Contemporáneo presenta una selección de casi cien obras del artista estadounidense Alexander Calder (1898-1976). Famoso por la invención de distintos tipos de esculturas cinéticas, la exposición permite a los asistentes apreciar ésta y muchas otras facetas de su trabajo: esculturas (de alambre, varilla, lámina, madera, cuerda), pintura, maquetas y hasta joyería.
Curada por Alexander S. C. Rower, nieto del escultor y presidente de la Fundación Calder, la muestra —primera del artista en México en más de 25 años— incluye piezas que jamás habían estado en México. Por ejemplo, tres obras de 1936 de la serie de “paneles” o “marcos” con los que el artista plástico exploró el concepto de pinturas con movimiento dentro de un plano de referencia, ‘creando una coreografía de formas abstractas’: Snake and the Cross, White Panel y Red Panel.

Hay otras piezas incluidas que también habían tenido muy poco contacto con el público general, y no sólo en México. Como es el caso de Scarlet Digitals (1945), la cual se exhibió poco tiempo después de creada en la Galería Buchholz/Curt Valentin, en Nueva York, para luego ser resguardada en el domicilio de la familia Calder durante décadas.

Pero lo excepcional de Derechos de la danza no sólo radica en las piezas que fueron reunidas especialmente para esta ocasión. Los involucrados en la conformación de la exposición quisieron reflejar la cercanía que tuvo Calder con México y el resto de latinoamérica. De hecho, el título de la exposición está tomado de una frase en la que el escritor y crítico Juan García Ponce pondera el logro de Calder al integrar la gracia y el movimiento en una disciplina donde los volúmenes y el peso dominaban:
“[Calder es] el gran artista revolucionario en el que la ingenuidad es siempre sabiduría y en el que el azar se convierte en un nuevo orden que sigue y reproduce las leyes de transformación de la naturaleza, el perpetuador de inesperadas formas de equilibrio que conquistan para la escultura los derechos de la danza”.
El crítico mexicano escribió esas palabras en 1968, cuando Calder visitó México para participar como invitado en el proyecto de la Ruta de la Amistad, con la escultura El Sol Rojo; colocada frente al Estadio Azteca. Antes, en 1961, en la Revista de la Universidad, García Ponce ya había descrito el espíritu que guiaba la elaboración de las piezas del norteamericano, a las que califica como una especie de espejos, que “son antes que nada recipientes sobre los que podemos ejercer nuestra capacidad para proporcionarnos a nosotros mismos placer estético. Calder, creador ejemplar, se limita a hacerlos posibles construyéndolos y apartándose de ellos, podríamos decir concediéndoles libre albedrío.”
El establecimiento del movimiento en las esculturas tuvo un desarrollo. En 1933 se planteó “¿por qué no formas plásticas en movimiento? No una simple traslación o movimiento rotatorio, sino varios movimientos de diferentes tipos, velocidades y amplitudes compuestos para hacer un todo. Así como uno puede componer colores o formas, uno puede componer movimientos”.

Al principio Calder utilizaba algunos motores eléctricos y manivelas; y desde entonces Marcel Duchamp bautizaría a ese tipo de pieza abstracta como “mobile”, término que en francés indica motivo y movimiento. Posteriormente experimentó con materiales y mecanismos cada vez más sutiles, Calder consiguió que otros factores como la temperatura o incluso los cambios de humedad provocan una “reacción” por parte de las piezas.
En medio de ese trayecto llega un punto en que incluso la palabra “escultura” parece quedar rezagada para poder englobar el trabajo de Calder. En 1946, tuvo una importante exposición en la Galerie Louis Carré de París, para la cual el filósofo Jean-Paul Sartre escribió un influyente ensayo en el que anota: “si es cierto que el escultor debe infundir a la materia estática con movimiento, entonces sería un error asociar el arte de Calder con el de un escultor… No es su objetivo sepultarlo para siempre en bronce o en oro, esos materiales gloriosos y estúpidos, condenados por su naturaleza a la inmovilidad”.
Las salas 3 y 2 del Museo Jumex se arreglaron específicamente para albergar esta muestra: Tatiana Bilbao, la arquitecta que llevó a cabo dicho diseño, se inspiró en Mathias Goeritz; amigo cercano de Calder. De hecho, fue por invitación de Goeritz que en 1968 Calder participó en el conjunto escultórico que se creó en torno a las Olimpiadas de ese año.

La mayoría de las piezas provienen de la colección de la Fundación Calder. La exposición estará abierta al público hasta el próximo 28 de junio en el Museo Jumex, en la Ciudad de México. Si te es imposible asistir, te recomendamos el recorrido virtual.