Moisés Castillo · 21 de enero de 2012
Corre el año 1965 y el carismático Sunny tiene el encargo de cuidar las espaldas del viejo campeón olímpico durante el afamado Festival de Cine de Acapulco, pero la tarea no será nada fácil: se enfrentará a la mafia estadounidense, a los caciques locales, y exhibirá las corruptelas de políticos mexicanos como Miguel Alemán y Mario Moya Palencia.
Entre el glamour y el sol luminoso del puerto turístico, aparece como un rayo la bella Ojos Aguamarina, el terrorista Luis Posada Carriles y un jugoso maletín con medio millón de dólares. ¿Cómo resolverá esta misión el alcohólico Sunny?
Esta es la trama de El caso tequila (Roca Editorial 2011), la novela negra más reciente del escritor chilango F. G. Haghenbeck, quien ganó en 2006 el Premio Nacional de Novela Una Vuelta de Tuerca con su debut Trago amargo.
Si en la primera entrega, Sunny se traslada a Puerto Vallarta para intentar que el rodaje de La noche de la Iguana no termine en tragedia con personajes de la talla del mujeriego Richard Burton, el bravucón John Huston, y las bellísimas Ava Gardner y Sue Lyon; ahora el detective gringo-mexicano es sofocado por la mafia acapulqueña, mientras bebe ron con Tarzán, conoce al mítico John Wayne y a la exquisita Ann-Margret, y le da unos consejos al gran Frank Sinatra.
El caso tequila es embriagante de principio a fin: es una historia muy divertida, con diálogos elocuentes y un ritmo explosivo que no permite parpadeos. La novela está estructurada, de tal forma, que invita a echar tragos y tragos bajo el ritmo de un buen jazz. En total son 34 cócteles que anteceden a cada capítulo, con su respectiva receta y apuntes históricos sobre su origen.
Por ejemplo, se cuenta que el “Desarmador” (2 medidas de vodka, 5 medidas de jugo de naranja y hielo) lo inventaron trabajadores estadounidenses que laboraban en las plataformas petrolíferas de Irán en los años cuarenta. A falta de coctelera, para poder revolverlo usaban un desarmador.

Si en Trago amargo, Haghenbeck quiso llevar las aventuras de Sunny muy al estilo de Raymond Chandler; en El caso tequila conduce la historia con el sello de esas emocionantes películas de espionaje como El hombre que sabía demasiado, de Alfred Hitchcock. Además, en esta historia de chantajes, muerte y amores casi imposibles, el arma poderosa del engaño es fundamental para atestiguar un desenlace crudo: todos somos cómplices.
Lo que sorprende de la pluma ácida de Haghenbeck, son las frases contundentes, filosas y con gran sentido del humor. Como dice el escritor Élmer Mendoza: “es un autor cuidadoso, limpio y calculador; tiene el sentido del espacio, del tiempo y del alcance de sus personajes”.
-¿Eres un escritor de frases? ¿Cómo funciona este recurso en tu literatura?
No me había dado cuenta. La novela “El diablo me obligó” la fui a presentar a Los Mochis y estaba conmigo el gran Élmer Mendoza y, de pronto, veo que trae su libro con frases subrayadas y le pregunté: “oye, no manches, por qué subrayas tu libro”. Simplemente me contestó: “porque son muy buenas las frases, las quitas y siguen funcionando”. Es muy difícil que en la literatura suceda eso, que las frases funcionen por sí solas. Y fue así cuando me di cuenta del poder de las frases. Si lo dice Élmer Mendoza, yo sí le creo.
-¿Estructurar la novela por cócteles fue para darle más fuerza a la historia?
Cuando lo hice en “Trago amargo” tenía un poco la influencia de los escritores futuristas que tienen tiempos descompuestos, distintas voces, un poco la onda de Cortázar. Él lo hacía y me gustaba mucho. Siempre he pensado que el cóctel y la novela negra están bien unidas, son cosas que van de la mano. Además me gusta mucho la coctelería, los martins me fascinan. Me gusta saber de ellos y aprender de sus sabores. Creo que es una metáfora de la novela detectivesca.
-La cuestión histórica es un ingrediente relevante en El caso tequila, ¿Te volviste por momentos un periodista para atajar nombres, fechas, hechos reales?
Realicé más bien una investigación histórica para crear el ambiente adecuado. En una investigación periodística debes de decir la verdad y, aunque sean personajes reales, en el mundo de la ficción el escritor puede manejarlos como quiera. Pero desde luego, a mí me gusta estar investigando, es la parte que más disfruto: nombres, fechas y creo que es un condimento muy importante en mi literatura.
-¿Por qué escribir un epílogo? ¿Fue un acto de modestia?
No, simplemente lo hice porque lo puse en mi primera novela. Entonces dije “voy a repetir la misma estructura”. Tal vez si no lo escribo la gente iba a pensar que Sam Giancana no existió, pero es un personaje real, el discípulo de Al Capone se refugió aquí en México. En Francia estaba desayunando con los editores y me dijeron que toda novela tiene que tener tres cosas: que fuera divertida. A veces se nos ha olvidado en México que las novelas deben ser divertidas y que al final de cuentas los libros son un negocio, no son para perder dinero sino para que la gente los compre y los lea. Que la novela tiene que enseñarte algo, decirte cosas nuevas. Y, por último, tiene que ser original. Decían que esas eran las claves del éxito de una novela. Me gustó mucho eso que dijeron hace como año y medio. Me he dado cuenta que trato de seguir esos cánones.
-Sunny Pascal es un hombre con mucha suerte, quizá con demasiada suerte para un borracho, ¿cómo lo definirías?
Sunny Pascal es mi alter ego, es como lo que a mí me gustaría ser. Alguien me dijo “eres tú”, pero no creo que sea yo, tiene características muy disímbolas y muy distintas de lo que soy. Pero creo que tiene elementos que le gusta a la gente: es sarcástico, tiene mucha suerte con las mujeres, pero no se la cree. Él es el eterno perdedor, siempre pierde. En esta novela mas o menos le va bien pero en general su vida es un infortunio. Creo que es un poco el reflejo de los mexicanos: ahí vamos sobreviviendo, nunca nos va tan mal, nunca nos va bien del todo. Es un reflejo del sobreviviente eterno de los mexicanos.
-¿Por qué exhibir a políticos del antiguo régimen como el ex presidente Miguel Alemán?
La novela negra mexicana en especial está muy cargada de denuncia social. No creo que no exista una sola novela negra nacional que carezca de este ingrediente. Creo que mi tocayo (Paco Ignacio Taibo II) puso los parámetros. A mí me gusta mucho lo que dijo: “yo de vez en cuando también escribo ficción para que en mis libros, cuando menos, sí ganen los buenos, porque en la vida real ya nos chingaron los malos”.
-¿El amor es una necedad o una necesidad para Sunny Pascal?
El libro originalmente salió primero en España. Estaba con mi editora española, Blanca, y de pronto me dice: “oye, y en esta novela sí le vas a dar una muchacha, ya dale una, ¿no?” Entonces como de risa le dije: “sí, está bien, veremos que pasa, pero no se la voy a poner tan fácil”. En la novela negra las mujeres deben ser las traicioneras pero en cierto modo en “El caso tequila” hay un doble juego de seducción. Y esa parte me gustó. La idea de que aún jugando ese juego peligroso podía tener una relación.
Martini, narcoviolencia y arquitectura
F. G. Haghenbeck trabajó una década como arquitecto luego de graduarse en la Universidad La Salle, pero prefirió abandonar los planos y las maquetas para crear mundos hiperreales donde el plomo de los mafiosos impone su ley. Dice que la arquitectura le ayudó a pensar de forma estructurada cómo podría escribir sus historias.
Su padre era fanático de los best sellers como “El Exorcista” y “Tiburón”. Mientras atendía su negocio de fotografía, leía maravillado las novelas de suspenso y acción de Robert Ludlum. Su bisabuelo alemán era un exitoso vendedor de ferrocarriles y llegó a finales del siglo XIX a suelo mexicano. Gracias al boom de las vías férreas en tiempos de Porfirio Díaz, se quedó y se casó con una viuda millonaria. Los Haghenbeck fueron una familia de abolengo pero su abuelo y sus tíos se dedicaron a “quemárselo”. Ahora F. G. tiene que escribir para vivir.
En Puerto Vallarta, conoció a William Reed, biógrafo de Johnny Weissmüller, y le dijo algo que aún le quema las entrañas: “ya deja tus juegos de niños y ponte a escribir novelas”. Reed veía en el escritor de comics un mar de talento, buenos diálogos y un timing especial para desarrollar situaciones divertidas.
Haghenbeck empezó en el universo de los comics con Humberto Ramos y la historia de Crimson, luego fue el creador de Alternation y es el único mexicano que ha escrito una versión de Superman para la prestigiosa DC Comics.
“Reed fue quien realmente me enseñó a escribir novela. Él me fue guiando para usar el lenguaje con frases cortas. Me decía que la literatura en México las frases eran muy largas, que para los escritores mexicanos era un honor escribir frases larguísimas, con muchos adjetivos y juegos de palabras. Él me decía que eran juegos florales y que tenía que releer a Hemingway y Truman Capote: roedores de palabras”.
Sin embargo, Bernardo Fernández, Bef, fue quien le regaló el inicio de El caso tequila, además de que lo motivó a terminar la novela. A pesar de que son de la misma generación, lo considera un maestro y un amigo.
“Si no les gusta el libro, échenle la culpa a Bef”.
En el epílogo, Haghenbeck afirma que la violencia tan terrible que vive Acapulco es el resultado de sus raíces: un puerto turístico pensado como un edén para mafioso y matones. Antes eran italianos, hoy son locales… Yo creo que hasta el mismo Miguel Alemán estaría aterrado del monstruo que creó.
“Acabo de ir a grabar unos programas con Benito Taibo y Acapulco está totalmente perdido. Y es muy triste, es un ejemplo de lo que nos puede pasar si los de allá arriba no toman las decisiones correctas. México podría convertirse en un Acapulco gigantesco”.
Haghenbeck trata de escribir cinco páginas diarias, lo que sea, pero no quiere dejar de teclear y terminar la tercera serie del detective alcohólico Sunny Pascal. Admite que el alcohol fue importante en su vida, pero desde que llegó una pequeña “ya valió madres”. Salir en la noche quiere decir que hay que comprar leche y no lo dice con rasgos de nostalgia. Es fan de los martinis y los vinos afrutados, pero reconoce que ya bebió lo que tenía que beber: una copa es muy poco, dos es perfecto, tres es… inquietante.
El caso tequila en frases:
1. Uno no puede odiar tanto a un hombre educado. Hay que mantenerlos con vida. Escasean en estos tiempos.
2. Por eso me gustaba. Por estar loco, ser beatnik y pobre.
3. Nunca digas lo siento, es un símbolo de debilidad.
4. He comido más de la cuenta, he bebido lo que no debía y mi vida sexual es de mi maldita incumbencia, pero te aseguro que aun con todo lo que he vivido, sigo sin entender a las mujeres.
5. Mi vida es un asco y tengo dudas de sobrevivir las siguientes veinticuatro horas.
6. Siempre decía que más vale un hijo muerto que una gota de alcohol derramado.
7. He hecho cosas más peligrosas que eso: me he casado cinco veces.
8. Estados Unidos es un lugar que sólo hace cine y hamburguesas.
9. No condeno nada: cuando dejé de beber por complacer a mi madre, fueron los peores veinte minutos de mi vida.
10. Me gustaba mi trabajo: ser un cabrón de tiempo completo y trabajar horas extras.