¡Ni sencillas ni inseguras! Desde Ciudad Neza, emprendedoras crean redes contra violencia de género

Marcela Nochebuena · 7 de octubre de 2025

¡Ni sencillas ni inseguras! Desde Ciudad Neza, emprendedoras crean redes contra violencia de género

Demetria Cano es una mujer que se dedica a la medicina tradicional. Además, pertenece a una red de mujeres que luchan en el oriente de la Ciudad de México, y a otra que se autodenomina Reconstruyendo vidas. A lo largo de su andar, que la llevó a conocer a mamás víctimas de feminicidio y desaparición, y reconocer sus necesidades, surgió en ella la inquietud de cómo ayudarlas.

“Nuestro objetivo principal era ayudarlas a sanar las heridas, pero no era el momento. Lo que ellas querían era justicia. En este caminar es que nosotros vamos capacitándonos más, y profundizando en los temas, porque son complicados, pero ahí estamos acompañando”, relata. Admite que tanto lo jurídico como lo emocional son aspectos delicados y complejos.

¡Ni sencillas ni inseguras! Desde Ciudad Neza, emprendedoras generan redes contra la violencia de género
Foto: Cortesía Balance

Eso la condujo a participar en el proceso formativo ¡Ni sencillas ni inseguras!, iniciativa de la organización Balance, dirigida a mujeres que tienen emprendimientos de belleza o de otros servicios, para socializar herramientas que les permitan acompañar cuando, en el ejercicio de sus negocios o trabajos, detectan que están viviendo algún tipo de violencia.

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La premisa de esta propuesta es aprovechar el rol social que las mujeres emprendedoras juegan en la vida cotidiana de cientos de víctimas de violencia de género que confían en ellas, a lo que pueden responder mediante el acompañamiento o el acercamiento de recursos de ayuda. Esto puede resultar un factor determinante para prevenir y responder a la violencia basada en género, especialmente la sexual, explicó Balance cuando convocó esta iniciativa.

En entrevista tras concluir las jornadas, Demetria cuenta que los temas dialogados en colectivo fueron importantes porque la violencia destruye corazones, núcleos familiares y comunitarios, pero es posible compartir luces en medio de la oscuridad que vive el país. “No es normal todo esto que nos pasa, pero ahí estamos en el caminar, nos solidarizamos, fraternalizamos con ellas, y hacemos esa empatía de acompañarnos en medio de esta violencia”, remarca.

Acompañar a las víctimas de violencia desde la periferia

Desde Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, en la Casa de las Sábilas —un punto de encuentro en el que personas productoras y artesanas organizan bazares y tequio—, ella y otras coinciden en que regularmente las instituciones y organizaciones hablan mucho de la periferia, pero no llegan a ella, pese a la dificultad que sus habitantes tienen para desplazarse.

Destacan como uno de los aspectos más relevantes y positivos del proceso de formación que haya ocurrido en el lugar donde habitan y vieron nacer sus emprendimientos, lo que les permitió al mismo tiempo conectar y resolver el obstáculo de la inaccesibilidad derivada de la lejanía.

“Nosotras tenemos una plataforma en donde nos llegan solicitudes de información, de atención, de orientación y de acompañamiento, y el 90 % viene de la periferia”, explica Darinka Lejarazu, coordinadora de Libertad y Ambiente Seguro de la organización Balance y quien estuvo al frente del proceso.

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Foto: Cortesía Balance

La importancia de ese espacio se relaciona directamente con el público al que buscaban alcanzar: mujeres que tienen trabajos autónomos y laboran todos los días, por lo que era muy difícil acceder a un espacio de tres días en la Roma o en la Narvarte. Además, interesaba que fuera un espacio a donde pudieran volver de forma individual o colectiva, hacerlo suyo y ocuparlo de otras maneras.

“Entre más herramientas tengamos, podemos dar una lucecita, una semillita a tanto dolor y sufrimiento que viven las mujeres. Yo digo que es un viacrucis, un antes, un durante y un después, entonces cómo podemos aportar un poquito: todas las herramientas que nos compartieron, y sabemos que hay muchas más, son un caminar de irse formando, capacitándose, para ser más asertivas”, añade Demetria.

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Para Samantha, tallerista de infancias y personas mayores, lo más valioso fue aterrizar en lo práctico nuevas y diversas herramientas para cuando se presente una situación de violencia, sin lenguajes académicos. Todo ello vinculado, al mismo tiempo, con la autorreflexión de cómo actuar hacia las personas que se acompaña, además de pausar y preguntarse cómo mejorar.

“Siempre escuchamos ‘hay que ser empáticas, hay que tener una escucha activa, hay que tener una comunicación asertiva’, pero volver a tocar esos temas, que te pongan ejemplos concretos, que te den tips muy específicos, prácticos y aterrizados en la realidad, ayuda mucho”, señala.

“Nuestro objetivo principal era ayudarlas a sanar las heridas, pero no era el momento. Lo que ellas querían era justicia. En este caminar es que nosotros vamos capacitándonos más, y profundizando en los temas, porque son complicados, pero ahí estamos acompañando”. Demetria Cano pic.twitter.com/tTcf4hXRVd

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“Todas las mujeres acompañamos”

Aunque el proceso de formación está dirigido principalmente a quienes tienen contacto directo con mujeres mediante emprendimientos, labor social, actividades u otro tipo de servicios, Samantha subraya la idea de que tejer redes y compartir herramientas de manera colectiva es importante porque al final “todas las mujeres acompañamos”, incluso al interior de nuestras familias y amistades, o con mujeres que se conocen de manera azarosa.

“Creo que surge como una necesidad muy cotidiana. Como tal, yo no he acompañado todo un proceso de denuncia y de ver qué hacemos, opción A, opción B, pero siento que al final, como mujeres, desgraciadamente se nos carga esa chamba de cuidado. En algún momento se acerca alguien y te pide, tal vez no el consejo, pero se desahoga y te dice un buen de cosas que a veces son muy complejas, a veces muy violentas, y te preguntas ‘qué hago aquí”, añade.

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Foto: Cortesía Balance

Además, la manera en que enfrentamos las violencias tiene que ver, en muchas ocasiones, con cómo estamos educadas y aunque decimos “no estamos solas” y tenemos una comunidad, en el fondo sí hay una soledad que se expresa en el cuestionamiento de cómo contarle lo vivido a alguien más que quizá también está pasando por una situación compleja. “Es importante saber comunicar, saber recibir y empezar a tener esta red de apoyo”, sostiene, aunque muchas veces se dé por sentado que existe “en automático” entre mujeres.

“No todas las personas tenemos esa habilidad, y otra es que no por ser mujeres sabemos necesariamente cómo hacer esto. También es muy importante aprender, comunicar esas herramientas, porque en un momento dado tal vez sí estemos solas y con estas herramientas una misma se aprende a consolar”, agrega.

Samantha, tallerista de infancias y personas mayores, señala que la idea de tejer redes y compartir herramientas de manera colectiva es importante porque al final “todas las mujeres acompañamos”.

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Antonia Cabrera, trabajadora social, activista y emprendedora, acompaña procesos para iniciar o seguir denuncias en casos de violencia, feminicidio y abuso sexual, que la formación le ayudó a reforzar, sobre todo en lo que respecta a identificar y nombrar situaciones de riesgo y amenaza. Además, destaca el aspecto del autocuidado de las personas que acompañan.

“Necesitamos el autocuidado personal, pero también colectivo, y eso también me gustó mucho, que podamos tejer entre nosotras y acompañarnos en estas redes”, dice. Como sobreviviente de violencia sexual, ella misma experimentó cómo al querer iniciar su proceso jurídico, no tenía las herramientas necesarias y no pudo continuar. Fue entonces que decidió capacitarse y obtener los recursos necesarios para acompañar a otras que cuando no tienen conocimiento o medios económicos, difícilmente acceden a la justicia.

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“Que sea algo de ambas partes, en las que podamos ser más fuertes porque si lo hace uno de manera individual, es más difícil el camino. Hasta la seguridad para acompañar es mejor, porque el sistema es corrupto; los funcionarios, las servidoras públicas y las instituciones pocas veces hacen su trabajo y es difícil acompañar sola”, sostiene Antonia.

Aunque algunas veces las mujeres pueden pensar que son las únicas que están experimentando una situación de violencia de una manera determinada, y sentirse solas, hay muchas más viviéndola, recuerda. Eso alimenta su convicción de que por alguna razón está en ese camino, y por alguna más hay otras que lo comparten. “Tú también a ellas les puedes decir ‘no estamos solas en el acompañamiento, sino que estamos haciendo una red que va a servir mucho’”, apunta, sin que muchas veces deje de ser agotador física, económica y emocionalmente.

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Fotos: Cortesía Balance

Crecer desde el acompañamiento a otras en un mismo territorio

Iliana Gómez también se ha acercado al acompañamiento a otras mujeres desde diversas facetas: es emprendedora con su negocio de gestión menstrual ecológica, edecán y modelo para artes plásticas y fotografía. En estos dos últimos ámbitos de trabajo pudo notar de cerca múltiples casos de mujeres que experimentaban diferentes niveles de crisis o emociones complicadas.

Desde aquellos momentos detectó la necesidad de tener herramientas adecuadas, a partir del miedo que sentía de perjudicarlas más con sus palabras o no saber cómo canalizarlas. Reconoce que desde su propio desconocimiento, en muchas ocasiones cayó en el discurso de “amiga, date cuenta”, y pensaba que la otra persona solo ignoraba lo que le hacía daño.

 

La premisa de esta propuesta es aprovechar el rol social que las mujeres emprendedoras juegan en la vida cotidiana de cientos de víctimas de violencia de género que confían en ellas, a lo que pueden responder mediante el acompañamiento o el acercamiento de recursos de ayuda. pic.twitter.com/8uuVCBfmaO

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Ahora entiende un poco mejor lo que ocurre en esos momentos, y que no se trata solo de una situación superficial o que deba tomarse a la ligera. Tras el proceso formativo, tiene claros más aspectos sobre el contexto, detalles en los que quizá en su momento no fue tan empática o no se colocaba en la situación de la otra persona. Considera que tiene más herramientas para acercarse a quienes experimentan violencia, sin hacerles daño.

“Pese a que todas somos de la zona, asusta tener miedo a acercarte a otras personas, más en un momento, como en este caso, en el que estábamos tratando el tema de la violencia. En mi caso todo el tiempo he sido muy introvertida para la primera interacción; entonces, sentirme un poco en comunidad, ver que otras chicas tienen los mismos problemas o han pasado por situaciones similares, porque vivimos en un país muy violento y no hubo una sola que no haya pasado por algún tipo de violencia, va haciendo que pierdas el miedo a contactar con las demás”, describe Iliana.

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Foto: Cortesía Balance

Sumado a eso, los emprendimientos que cada una tiene permitieron que, por ejemplo, en el día de cierre hicieran un pequeño bazar de trueque por sugerencia de una de las compañeras. Desde su perspectiva, eso también contribuye a que pese a pasar por situaciones complicadas, incluso económicamente, encontraron la opción de intercambiar productos y servicios con la comunidad, lo cual abre un panorama distinto frente a la violencia que quizá en el día a día no habían visualizado.

Darinka Lejarazu, de Balance, valora que se trató de un espacio donde mujeres de la periferia, siempre muy organizadas, conscientes y políticamente activas, pudieron intercambiar múltiples experiencias durante tres días en los que trabajaron tópicos de acompañamiento, estrategias y herramientas para la contención emocional, comunicación asertiva y rutas de denuncia en el ámbito penal.

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Para ella, las herramientas colectivas que pueden aplicarse en espacios que no son típicamente a donde se acude por ayuda, pero sí abren canales de confianza con otras mujeres, son importantes porque en muchas ocasiones las redes de apoyo que brindan soporte para abandonar una situación de violencia son las menos pensadas. Incluso cuando la familia o las amistades lo saben, existe una barrera por esa proximidad o por el juicio sobre sus decisiones.

“Nosotras somos conscientes de que esos espacios donde una puede relajarse, como cuando te pones las uñas o vas a visitar un bazar, también permiten otras formas de habla y de comunicación. Nos relajamos un poquito y podemos soltar las barreras y contar qué es lo que nos pasa”, concluye.