El viaje de Satoshi

Moisés Castillo · 27 de marzo de 2011

El viaje de Satoshi

Era una tarde casi nocturna cuando Satoshi Kawakami se fue de Japón. Ansioso, abordó el avión que despegó del Aeropuerto Internacional de Tokio y que tardaría 17 horas para aterrizar en la ciudad de México. Mientras la aeronave escondía sus llantas, Satoshi observó por la ventana que el sol se hundía entre los montes, creía que era valiente. El otoño dejaba hojas quemadas pero tenía que buscar al arquitecto Ricardo Legorreta.

Desde que estudiaba en la Universidad de Kyoto, Satoshi fue un apasionado de la obra de Legorreta. Le fascinó su arquitectura expresiva, el color como una forma de exaltar los muros en tonos rosas, morados, amarillos, rojos y azules. Pero sobre todo admiró la armonía de los espacios.

A sus 26 años, su plan era trabajar con un arquitecto. Admiraba al célebre Tadao Ando, quien también nació en Osaka, pero quería salir de Japón para aprender otro tipo de arquitectura y encontrar poco a poco un estilo para sus diseños. En el 2003, Satoshi visitó el Distrito Federal para conocer parte de la obra de Luis Barragán y Ricardo Legorreta. Fue un viaje relámpago de siete días y regresó a su ciudad enamorado de lo que vio.

12 meses después, y a punto de terminar la maestría, decidió trabajar con Legorreta. Hizo un curriculum presentable, una carpeta y envió un correo al despacho Legorreta + Legorreta y esperó. Pasaron los días y nada. Sentía la desesperación en los dientes, no dejaba de hacer ruido con sus muelas.

-Tengo que ir allá y tocar la puerta, seguramente llegan 100 solicitudes al día, pensó en silencio frente a su laptop.

Ya habían transcurrido dos semanas. Mandó un nuevo mail informando que en los próximos días conocería las instalaciones ubicadas en Lomas de Reforma. En un español básico escribió: “Voy a visitar a ustedes, si me pueden recibir 5 minutos”. Al día siguiente le contestaron “sí, ven al despacho”. Satoshi siguió el consejo que su paisano Tadao Ando le da a los jóvenes arquitectos “realmente hay que tomarse muy en serio los sueños”.

Al llegar al despacho del arquitecto creador de los Hoteles Camino Real, Satoshi notó que el idioma era un primer obstáculo. Ni hablaba español y su inglés era tan escaso como el tamaño de sus ojos. El jefe del Taller, Axel Espinoza, revisó sus datos y le preguntó estupefacto:

-Pero cómo vamos a trabajar, mientras hojeaba su carpeta y lo miraba de reojo…

-Puedo empezar haciendo cualquier cosa, soltó como pudo Satoshi y pidió ver al “jefe”…

En un amplio cuarto luminoso, el viejo y sabio Legorreta lo recibió y le dijo  “bienvenido, queremos gente así como tú, que realmente le guste la profesión, esta es tu casa y vente ya”. Satoshi no entendió lo que le decía aquel hombre alto y arrugado, pero al cerrar la puerta supo que volaría para ver otra vez como el sol se hundía entre los montes y que sólo así podría saber que su sueño era real.

Miyuki y el Cruz Azul

Satoshi, fan del Cruz Azul
Satoshi, fan del Cruz Azul

Satoshi emocionado le dijo a su familia que viviría en México tres años para aprender arquitectura sobria y colorida. Su padre Takashi y su madre Akiko, lo felicitaron y respetaron su viaje al otro lado del mundo. Cursó las dos semanas que le faltaban para graduarse y regresó al DF con un par de maletas. Le seguía preocupando no hablar español.

 

En su familia nadie se dedicó a la arquitectura. Su papá trabaja en una compañía de cables eléctricos y ya casi se jubila. Su mamá labora temporalmente y le gusta tomar clases de baile. Su hermano menor tiene 29 años, estudió ingeniería eléctrica y está en Toyota. Satoshi siempre imaginó con las manos.

 

“A mí me gustaba mucho dibujar, soy zurdo, siempre me han gustado las cosas artísticas. En la prepa tenía que escoger un camino y era muy bueno para las matemáticas y la carrera de arquitectura está dentro de las ingenierías. Revisé las carreras y dije ‘ah la arquitectura está bueno’ y ya”.

 

Lo primero que hizo en Legorreta + Legorreta fue una maqueta de un conjunto habitacional. La oficina y las fiestas fueron sus salones perfectos para aprender español. Satoshi dice que tardó medio año en adaptarse a la comida, al caos hermoso de la ciudad de México y entender la vida cotidiana de la gente.

“Me costó trabajo porque al principio no me gustaba la comida. El picante, los frijoles allá se comen dulces y aquí salados. Al principio sufrí, pero ya me encanta toda la comida. Por otro lado, los japoneses son más disciplinados que los mexicanos, ordenados, Osaka es más limpia. Pero en cambio los mexicanos son más ligeros y lo mejor es que te perdonan, son generoso y amigables. Quizá no llegue a tiempo a una cita y no hay problema”.

Pareciera que Satoshi siempre está de buen humor. No le importa que la gente lo observe y que su pelo esté cuidadosamente despeinado. Se siente feliz. Trabaja donde siempre soñó, le gusta lo que hace y en la Colonia Nápoles conoció a sus dos amores: a su novia Miyuki y al Cruz Azul.

A finales del 2006, un amigo lo invitó a comer en un restaurante japonés junto con su novia y una amiga. Esa amiga era Miyuki: los pies y las manos de Satoshi se volvieron fríos. Desde ese día, Miyuki se enredó en su mente. Ella vino a México a aprender español, estudiaba la carrera de idiomas cerca de Kyoto, regresó al lejano oriente a concluir la universidad y volvió al DF a trabajar en una agencia de viajes japonesa. Satoshi y Miyuki nunca extraviaron sus palabras ni sus pisadas. Llevan casi dos años de relación.

Le pregunto a Satoshi cuál es su lugar favorito de la ciudad y responde convencido “el estadio Azul” y después suelta la carcajada… Dice que no sabía nada del fútbol mexicano y que en Japón sólo conocía a Jorge Campos y a Rafael Márquez. Un sábado a las cinco de la tarde, un amigo que le va a Pumas le dijo “vamos a un partido, el Cruz Azul es un buen equipo” y Satoshi extrañado le respondió “pero tu le vas a otro”. Inexplicablemente, la “Máquina” aplastó 5-1 a los Tecos, en lejano Torneo Apertura 2005.

“El Azul me gusta porque ataca mucho y después me compré la playera, he ido como 30 veces al estadio pero nunca lo he visto campeón”.

Satoshi juega futbol todos los domingos en la liga de Ciudad Deportiva. Junto con varios amigos formó el equipo los Japotecos, es el único equipo en México que juega con extranjeros, todos son nipones. Están en busca de un 10 que mueva el equipo, los últimos jugadores en esa posición tuvieron que salir del club por cuestiones laborales o por la escuela.

Satoshi pensaba quedarse tres años pero ya van seis y aún no sabe si regresará a Japón. En este tiempo de aprendizaje quiere poner su propio despacho para fusionar su visión oriental con la arquitectura mexicana y hacer diseños sobrios y elegantes: que el canto de los pájaros duerma en las rocas.

“No me gusta la arquitectura extravagante ni las curvas. Prefiero los espejos de agua. Legorreta tiene colores, no es tan minimalista pero lo que me encanta es la forma de componer los espacios, la sencillez de sus estructuras y como genera luz a través de los muros. Es una arquitectura armónica, con espacios grandes y pequeños que se conectan con el tiempo del sol”.

 

Cuando pase el temblor

 

El devastador terremoto de 9 grados en escala de Richter y el posterior tsunami que golpeó hace dos semanas el norte de Japón, no afectó a la familia y amigos de Satoshi, ya que viven en la ciudad de Osaka, al sur del país.

 

“Osaka es como Guadalajara, es la segunda más grande después de Tokio. Es una ciudad de comercios, la gente es alegre y amable, más que en la capital. Estudié en Kyoto que es más pequeña, está como a dos horas. La ciudad tiene cultura, santuarios, jardines japoneses, es una ciudad pequeña pero tiene todo, para vivir es excelente”.

 

Sin embargo, Satoshi se siente triste por las imágenes terribles de casas devastadas y los paisajes inundados. Un mensaje lo despertó por la mañana, era un amigo que le preguntaba “están todos bien allá”. Satoshi sabía que algo estaba mal y se conectó a internet, vio el desastre. Al momento de hablar con sus padres su estómago descansó.

Satoshi no le preocupa la catástrofe, los daños y los reactores nucleares. Sabe que su pueblo es fuerte y solidario y que se va a levantar muy pronto. Como dice el monje Ryokan en un haikú “Se llevó todo el ladrón/todo/menos la luna”.