Paris Martínez (@paris_martinez) y Amalia Avendaño (@AmaliaAv) · 22 de diciembre de 2012

I.
El rumor de que el Ejército Zapatista preparaba una acción contundente para este viernes, 21 de diciembre, corría desde un día antes por las calles de San Cristóbal de las Casas. Lo comentaban por lo bajo lo mismo empleados de cafés y restaurantes, que vendedores de periódicos y taxistas. Nadie, sin embargo, sabía lo que, exactamente, habría de ocurrir.
Por eso, cuando a las 8 de la mañana se hizo presente un grupo de seis encapuchados ante la Catedral de este municipio chiapaneco, para clavetear tablones sobre la cabina de una pick up, los comerciantes de la zona, temerosos de que sus ventas bajaran, pretendieron tranquilizarse. El templete, dijo la dueña de una cafetería, “está muy chico, nada más nos espantaron”.
Y es que, acostumbrados al discurso simbolista de los zapatistas, los habitantes de San Cristóbal creen ver una señal de debilidad en la estrechez y modestia de este templete al que, en silencio absoluto, los encapuchados añaden rampas laterales. Luego aguardan, rodeados por algunos turistas, activistas y simpatizantes, manteniendo a todos a raya sólo con la vista.
La llovizna, además, persuade a los curiosos de permanecer más de unos minutos observando al pequeño grupo de zapatistas. “En esto quedaron”, dice un hombre robusto, que deambula por la plaza con su esposa prendida del brazo. “En esto quedaron”, y señala con una mueca despectiva al puñado de indígenas que, solitarios, comparten bolsas negras para cubrirse un poco del agua.
¿Quién podría imaginar que en este pequeño templete, elevado acaso a un metro de las valdozas, y de no más de tres metros cuadrados de superficie, habrían de caber 15 mil indígenas?
Ciertamente, nadie lo vio venir.

II.
En el último lustro, el perfil turístico de San Cristóbal de las Casas ha variado. Ha caído, por ejemplo, la oleada de “turistas revolucionarios” que, desde 1994, tras el levantamiento indígena, solían inundar sus calles. Por sus plazas no deambula más el ejército de artesanos que acostumbraba vender todo tipo de muñequitos encapuchados, los cuales llegaron a ser el souvenir emblemático de este lugar.
Y, de hecho, ya ni los policías de tránsito conocen la ubicación de algunos de los puntos de reunión más socorridos por los simbatizantes del EZLN en la década posterior a su alzamiento, tal como el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, y que hoy los uniformados confunden con restaurantes o refaccionarias automotrices, si alguien, incauto, se acerca a pedirles su orientación.
La fiebre zapatista, pues, de la que tanto se benefició el comercio de San Cristóbal, parece, a los ojos de algunos, haber pasado de moda, y si algo se comentaba aquí, a últimas fechas, acerca del Ejército Zapatista, era acaso sobre su aparente pérdida de respaldo popular, o sobre las supuestas divisiones intercomunitarias que iban soterrando, poco a poco, a las Juntas de Buen Gobierno, el proyecto que los rebeldes instituyeron en 2003 para agrupar a sus 42 municipios autónomos.
Es como si una neblina, tan común en esta zona de Chiapas, hubiera cubierto a los indígenas rebeldes (a los que hace 19 años Jacobo Zabludovsky gustaba de llamar “profesionales de la violencia” o “transgresores de la paz”, en su noticiario 24 Horas), hasta hacerlos desaparecer (como Jacobo quería) de la vista de los coletos, que es el término con el que se distinguían los habitantes de San Cristóbal que reclamaban línea directa con antepasados españoles.
Y es de entre esa misma bruma que, este viernes, los indios rebeldes han salido al asalto de esta ciudad colonial, tal como hicieran el 1 de enero de 1994, pero esta vez sin armas de fuego. Esta vez, el arma fue ese mismo silencio que algunos, erroneamente, interpretaron como falta de aliento.

III.
Es el rumor de los huaraches y botas, sandalias y pies descalzos, el que confirma el anterior rumor sobre una acción contundente de los indígenas. Un rumor que se alza desde el Puente Blanco, la antigua entrada a la ciudad. Un rumor de varios miles de pies en marcha, pertinaz como la llovizna que baña este poblado.
Entran en disciplinada formación de cuatro hileras, que se prolongan más de un kilómetro: cuando la punta llega a Catedral, la retaguardia aún espera su turno de ingresar a San Cristóbal. Vienen de toda la zona bajo control zapatista: el norte y costa de Chiapas, los Altos y la Selva Lacandona.
Son mames, tzeltales, tzotziles, tojolabales, enfundados en chujs (abrigos tradicionales de lana), en calzones de manta, en huipiles, o con pantalones de mezclilla y chamarras plásticas.
Son hombres, mujeres y niños (la mayoría de brazos, entamalados en rebozos). Son jóvenes casi todos, la segunda y tercera generación de zapatistas, quienes, a todas luces, eran todavía niños cuando sus padres tomaron las armas, hace ya casi dos décadas.
Una única prenda es común a todos: el pasamontañas negro, en cuya frente, escrita a plumón sobre pedacitos de tela blanca, pueden leerse los números (del 1 al 16) que indican a qué contingente de la marcha pertenecen, según la comunidad de la que proceden.
Serpentea la procesión por entre las calles de San Cristóbal hasta llegar al templete, al que ascienden, dan tres pasos, y luego bajan, dando paso a los que vienen detrás, sin decir una sola palabra, sino, excepcionalmente, alzando algunos el puño por encima de sus cabezas.
Los espectadores responden inicialmente con suspicacia: “son como cinco mil”, calculan unos; aunque pasados unos minutos, el estimado popular sube, “no –dicen otros–, son como 10 mil”. Pero la marcha no va ni a la mitad. El consenso, al final, es que no son menos de 15 mil indígenas.
Los comerciantes y habitantes de esta cabecera municipal ven luego que, tan pronto descienden del templete, los contingentes toman formación marcial en las calles que rodean Catedral y, también, las que rodean el Palacio Municipal, ese edificio blanco que en 1994 allanaron los rebeldes, fusil en mano.
Pronto, no hay resquicio en el centro de esta localidad que no haya sido ya ocupado por un zapatista.
Los comerciantes los miran impávidos. No saben si deben cerrar sus negocios, vacíos desde antes a causa de la lluvia. No saben si la ciudad ha caído, nuevamente, en control del Ejército Zapatista. No están seguros si San Cristóbal ha sido, otra vez, tomado. Así que esperan que los rebeldes fijen una postura pública, lean uno de sus tradicionales comunicados. Están seguros que así será.
Pero el entendimiento no alcanza para nadie cuando se les ve emprender la retirada, tan ordenadamente como hicieron su arribo.
Es entonces que algunos simpatizantes caen en cuenta de que el acto político, cuya contundencia ansiaban descifrar, ha concluido.
Acostumbrados al discurso simbolista del EZLN, todos saben que acaba de ocurrir algo, pero no saben qué. Todos saben que un mensaje acaba de ser lanzado por aquellos que voltearon los epítetos de Zabludovsky y se autodefinieron como “profesionales de la paz y transgresores de la violencia”. Nadie, sin embargo, entiende exactamente cuál fue dicho mensaje.
Han sido tres horas en que la marabunta de rostros mudos, cubiertos con capuchas negras, fijaron, con su silencio, el pronunciamiento político que todos esperaban.
Y los espectadores ahora se preguntan, ¿cuál es el significado de ese silencio?
La respuesta vino horas después, ya que San Cristóbal había sido desalojada (al igual que los otros cuatro municipios en que esta movilización fue replicada por los rebeldes), de la pluma de su líder, el Subcomandante Marcos: ese silencio, explica en uncomunicado https://front.animalpolitico.com/2012/12/escucharon-comunicado-integro-del-ezln/ emitido ayer mismo, “es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo”.
Y sí, los zapatistas se fueron así como llegaron. Pero el silencio se quedó en San Cristóbal. Ni siquiera la llovizna, de gotas tan diminutas, hacía ruido al caer.

IV.
Esta irrupción zapatista es la primera de la administración del presidente Enrique Peña Nieto, y sumando las cinco plazas en las que hizo presencia, el EZLN movilizó a cerca de 40 mil indígenas.
En Ocosingo y Altamirano, las concentraciones de las bases de apoyo del grupo rebelde iniciaron en las 8 de la mañana en las afueras de estos poblados, a donde llegaron a bordo de toda clase de vehículos y pequeños camiones, para alinearse en cuatro filas e iniciar su silenciosa caminata hacia la alcaldía.
Además, en Palenque, mientras cientos de turistas admiraban las ceremonias de grupos místicos y los festejos para atraer a los visitantes en la zona arqueológica, organizados con motivo del fin de la cuenta larga maya, unos 6 mil descendientes de dicha civilización llegaron desde sus comunidades, en la Selva Lacandona, para reunirse en el Parque Central.
Es de destacar que, pocos minutos después de las 19:00 horas, tras la aparición del comunicado con la firma del vocero de la guerrilla chiapaneca, la pagina Enlace Zapatista enlacezapatista.ezln.org.mx, donde desde finales de noviembre se anunció que el EZLN daría su “palabra”, quedó deshabilitada.