El milagroso folclor español de Alberto Acinas

Moisés Castillo · 19 de noviembre de 2011

El milagroso folclor español de Alberto Acinas

Alberto Acinas nunca imaginó que la música que odiaba de niño sería el abismo que lo sustenta, tan cierto como los largos días de verano. Todas las mañanas antes de ir a la escuela no soportaba el radio-despertador que escupía flamenco. Fue un rechazo natural de un jovencito que, desde un principio, quería salir de Palencia, una ciudad muy pequeña y aburrida de la comunidad de Castilla y León, para estudiar artes plásticas.

Desde que tiene uso de razón, Alberto dibujaba por todas partes y manchaba las paredes de su casa. También hacía un ruido casi ensordecedor con cualquier cosa que tuviera a la mano. Siempre tuvo la inquietud de buscar algún sonido escondido. A los 15 años llegó a su poder una guitarra y acudió a tomar clases con una maestra “reconocida”, pero lo echó al poco tiempo sin ninguna explicación. Así comenzó a tocar de una forma autodidacta sin importarle demasiado la técnica.

“Creo que se nota en mi sonido. Sólo busco satisfacer mis necesidades de ruido y de expresión sonora, con eso me basta. Tampoco me ha gustado la música muy lúdica. Creo que por mucha técnica se pierde algo fundamental que es la comunicación”.

Con el paso del tiempo apreció los orígenes sonoros del centro-norte de España, pero fue un largo proceso para que llegara a entender que el folclore lo estaba esperando: música malherida para comunicar lo inexpresable. Dice que en su casa no había música tradicional, sólo su abuela cantaba de vez en cuando unas “jotas” a todo pulmón. Ese baile-canto que se acompaña de castañuelas, guitarras, panderetas y tambores.

Su estrecha vinculación con el mundo musical y el arte lo llevaron a componer y autoeditar discos para sus proyectos: ORMO (experimental) y ALBERETO (folklore contemporáneo). Pero en una cantina conoció a Txema Novelo de la disquera Vale Vergas y ya nada fue igual.

Alberto tenía el plan de quedarse un par de meses en la ciudad de México, luego de realizar en Berlín una exposición individual “Trampas en el Bosque”. Pero lleva más de 8 meses fascinado con el ruido, el olor de los mercados, los colores intensos y la alegría de la gente chilanga, que en la capital alemana no encontró o no percibió.

Después de un evento en el Museo Experimental El Eco, conoció a Txema en la cantina Covadonga. Alberto recuerda que fue un encuentro donde la intuición fue fundamental para que el integrante de la extinta banda Roc & Robots lo invitara a formar parte del selecto grupo de artistas de Vale Vergas Discos. Txema no había escuchado nada del milagroso folclore español de Alberto, pero el augurio fue una danza de espejos bajo el sol.

“Le dije ‘tío escúchalo primero’. Esa misma noche quedamos unos cuantos en la borrachera y en mi casa toqué unas rolas. Acabó de cuajar la cosa y en una semana ya teníamos el disco en la página”.

Así nació el disco “Menos mal” entre Berlín y el DF. Doce rolas grabadas con métodos caseros y sonidos procesados. Un álbum que suena raro por honesto y diferente a lo que se escucha en la radio o en las tocadas. Alberto sorprende con su guitarra rasposa a la Mudhoney y arreglos poderosamente simples; sus letras de amor y desamor son tan precisas como el desprecio de las mujeres. También habla de la vida cotidiana y la tragedia humana: la forma del mundo se va desdibujando con su flamenco distorsionado.

-¿Cómo definirías tu sonido?

Me recuerda mucho al flamenco. Después tuve muchas influencias de música experimental, pero creo que me recuerda al folclore del centro-norte de la Península Ibérica traído al presente y mezclado con música de improvisación y abstracta.

-¿Por qué el disco se llama “Menos mal”?

El anterior se tituló “Muchísimas luces”, pero se refería a las luces persuasivas que ni alumbran ni calientan. “Menos mal” es la frase que alguien se expresa con sinceridad. Creo que hacer “el Mal” es hacer lo contrario, caer en el teatro del espectáculo, por eso “Menos mal”.

-¿Cómo fue el proceso para componer las canciones?

Fíjate que me suele venir todo a la vez. De repente agarro la guitarra, me pongo a tocar y me sale un riff o un arreglo de guitarra. Enseguida llega la voz y se fusiona al tono. Lo que sí hago es tener mucho respeto a lo que viene. Si viene una frase o dos, y si hay que repetirla cinco veces, lo hago. No juego a completar la canción. No me pongo a pensar mucho dónde voy a colocar frases, nunca lo hago. Es un poco lo que me sale del subconsciente.

-¿Fue difícil saltar de rolas experimentales a tradicionales?

Realmente es una cosa que me sale natural. No lo fuerzo ni me esfuerzo, sale y sale. Paulatinamente hice esas rolas tradicionales con una letra que se entiende con un estribillo, pero mas o menos con una estructura más convencional de canción.

-¿De qué hablan tus letras? Hay una especie de carta de creencias…

Las cosas que jamás pensé hacer en mi vida era hablar de amores y desamores. Tenía la convicción de que si lo hacía sería el fin. Otras rolas suelen ser autobiográficas, con humor y exagerando la realidad, pero lo hago para asimilar algunas cosas negativas que pasan y que a través de la música se superan o se comprenden mejor.

-¿Recuerdas cómo fue tu primer concierto?

Nunca he presentado este disco formalmente en vivo. Simplemente en reuniones con amigos. Quizás habrá uno si sacamos el vinilo como proyecto original o un 7 pulgadas. Tendremos que seleccionar algunas canciones y entonces cuando tengamos el objeto físico pensaremos en una presentación.

-¿La pintura y la música que haces tienen una relación sana? ¿Cómo influye la pintura en tu música y viceversa?

La parte gráfica la hago para mis discos y a veces también cuento con otros colaboradores. No sé, la relación entre música y pintura te puedo decir que mucha gente encuentra en mis conciertos “un performance de plástica”, han definido mi sonido como muy plástico. Por otro lado, gente de la pintura me dice que ve mi pintura muy musical, son comentarios que siempre he oído.

-¿Cómo ves la escena musical y del arte contemporáneo?

Ambas cosas están bien jodidas. Es lo más difícil para poder sobrevivir, no tengo otros trabajos que me apoyen mi día a día. Estoy en la cuerda floja. Con la pintura me puedo ganar la vida, me puede dar un poco de dinero. Con la música no me llega mucho. Y está complicado porque cuando te dedicas a esto en cuerpo y alma pues has hecho esa apuesta. Elegí este camino y ya no puedo volver atrás. Y de vez en cuando suceden milagros. Siempre que vendo un cuadro me parece un milagro. Vivo de milagro en milagro.

Pintura, mezcal y ranchera

La habitación de Alberto Acinas es un pequeño museo sonoro. Dos guacales de madera y una tabla gruesa es el lugar que encontró para su computadora donde graba algunas rolas. En el suelo se ven algunos pedales de efectos y unas bocinas viejas. Las cuatro paredes están tapizadas de cuadros y dibujos coloridos. Se asoman caras de perros, gatos mirones, árboles y paisajes mudos. Antes dibujaba rostros, ahora prefiere retratar algo más divertido y vivo como la naturaleza.

En las Universidades de Salamanca y Cuenca hizo una pintura enérgica y gestual, con un uso-abuso de la materia y el color, moviéndose con libertad entre la abstracción y la figuración.

Del 2001 al 2009 vivió en Madrid donde realizó exposiciones individuales y colectivas destacando las del Centro de Arte Conde Duque (XXI Premio L´oreal de Arte Contemporáneo), Complejo Cultural “El Águila” (Festival Ciudad Madín) y en las galerías Valle Quintana, Luis Burgos, Espacio On y Mad is Mad.

Vaya que Alberto abusa del color. Porta una chamarra deportiva tan naranja que puede lastimar la vista de cualquiera. Mientras su perro ladra en la sala, comenta que le gusta escuchar canciones de campo, sonidos y cantos que capturan antropólogos de pueblos lejanos, donde el viento silba entre las hendiduras de las rocas.

Dice que cuando llegó a México, le empezó a gustar los corridos norteños pero su música favorita es la ranchera. Acostumbra tomar unos mezcales con sus amigos en el Bahía Bar o en el Bósforo: canta y canta para espantar sus males. La suerte y la muerte. Alberto derroca con su guitarra y su voz desafinada las modas musicales. Convierte el caos existente que lo rodea en un orden propio. Dice lo que piensa: resurrección de las presencias.