Patricia Guillén · 22 de marzo de 2011
Doña Nicolasa es una señora fuerte, dura como ha sido su vida, y forma parte de esa generación de mexicanas a quienes no les era permitido ir a la escuela. Primero se lo negó su padre y luego su esposo. A sus 75 años, el analfabetismo la hizo dependiente de otros y, sobre todo, incapaz de expresar los malos tratos que ha recibido por parte de los hombres.

Su nombre completo es María Nicolasa Martínez. Nació el siglo pasado, en 1936, en Yuriria, Guanajuato. Su papá Lorenzo Baeza y su mamá Carmen Martínez eran campesinos y también analfabetas. Vivían en una choza, un cuarto con paredes de tablas y un techo con ramas.
Desde que cumplió 6 años de edad, Nicolasa supo que no iría a la escuela. Su padre le dijo que no tenía dinero y además que no tendría caso verla estudiar si en el futuro, como mujer que era, su papel era tener la comida lista y cuidar a su marido. Por eso durante su infancia se dedicó plantar flores, a recoger legumbres de las huertas, a barrer y a echar tortillas, mientras sus padres juntaban leña y nopales en los cerros del poblado.
El analfabetismo es una de las dificultades a las que se enfrentan las mujeres, especialmente del nivel comunitario como es el caso de Nicolasa, a quien le parecía normal en aquel entonces cuando salía a ordeñar las vacas escuchar a lo largo del camino empedrado aquellas palmeadas de mujeres que torteaban maíz y hacían los almuerzos para llevárselos a sus maridos.
Así transcurrieron 12 años de vida. La pobreza los invadía. Lo que motivó a la familia Baeza Martínez mudarse a la ciudad de México en busca de nuevas oportunidades. Con una sonrisa y mirada picaresca, Nicolasa cuenta la aventura de su primer día en la ciudad de México:
–El primer día me quedé dormida en el hotel, como no vi a nadie me salí pensé que estaba yo en mi pueblo. Vi las calles y me parecieron hermosas, los espectaculares de colores, los semáforos cambiando de color y los carros que circulaban. Todo me llamó la atención y seguí caminando, hasta que ya no daba como regresar…me perdí.

Sus padres la encontraron y Nicolasa sintió tanto miedo ya no salió más aun cuando ya vivían en la casa de sus tíos, en al barrio La Mexicana en el Pueblo de Santa Fe y no en el hotel. Se la pasaba encerrada. Sus actividades seguían siendo los quehaceres del hogar aunque, de vez en cuando, solía sentarse a la banqueta para observar los autos pasar.
Carmen, su madre, se dedicaba a vender calabacitas y flores en el mercado Cristo Rey. Su padre, Lorenzo Baeza, era cargador.
– ¡Ándenle hijas coman! –Les decía su padre a Nicolasa y a su madre arrimándoles las tortillas y la sal…
Nicolasa cumplió 17 años y sin darse cuenta llevaba seis sin salir de la casa de sus tíos. Una tarde de esas, cuando salía a sentarse a la banqueta, conoció a su futuro marido Prodigio Vallejo quien iba pasando en su coche, un tipo de 26 años, con un peinado y vestuario de la época de los 60 y con una carrera terminada en administración.
Al poco rato se llevó a Nicolasa a vivir a su cuarto. Nicolasa solo cambio de calle pues su nueva casa quedaba dentro del pueblo de Santa Fe, a unas cuadras de donde vivía con su familia.
Nicolasa tan solo comenzó a platicar esta parte de su historia y movía la cabeza diciendo no.
–Me dio tan mala vida que no me gusta hablar de él– Dijo con la mirada dirigiéndose al piso.
Con Prodigio procreo ocho hijos de nombres: Raúl, José, Leticia, Raquel, Socorro, Guillermo, Martín, y María del Carmen Vallejo Baeza.
–Poco a poco mi matrimonio se fue acabando. No me daba dinero para la comida, tenía que ir al mercado a juntar las sobras que tiraban para darles a mis hijos-

El marido de Nicolasa tenía la misma mentalidad de que las niñas solo iban a dedicarse a cuidar de sus maridos, y que sólo sus cuatro hijos hombres irían a la escuela. Mientras las niñas deseaban estudiar, los niños eran obligados, les pegaban con el cinturón.
–Con mi falta de estudios sentía que no podía opinar, y aunque no estuviera de acuerdo con Prodigio no le contradecía en sus decisiones, pues conocía su carácter y no quería hacerlo enojar. De lo contrario era golpeada, maltratada, humillada, había momentos en que me dejaba chorreando sangre.
Al corto tiempo, expone Nicolasa; su marido empezó a llevar una tras otra mujer a su casa.
– ¡Quítese que aquí viene una verdadera mujer que no es una inútil analfabeta!- Gritaba el hombre.
Harta de las injusticias Nicolasa se arma de valor y le pide se vaya de la casa. Con la mirada firme y convincente asegura:
–Quizá si tuviera estudios y me hubiera casado con esta misma persona le hubiera dicho, ¡órale yo sé trabajar y si te quieres ir vete pero como vas! Pero el hubiera no existe y el hizo lo que quiso conmigo porque soy una analfabeta.

Como si le hubieran borrado la memoria que no sabía leer ni escribir, ni conocer las calles de la ciudad de México, Nicolasa salió de su casa en busca de su primer trabajo.
–No conocía las calles ni sabía a dónde ir. Les pregunté a mis vecinas de puerta en puerta si les lavaba la ropa. Y así fue que pasé 30 años lavándoles a mis vecinas de la cuadra. Y en mis ratos libres era lavandera oficial del Convento Las Hermanas de la Caridad ubicada a tres calles.
Mostrando sus manos hinchadas, rojas, acabadas de tanto uso, y con los dedos chuecos, dijo que en el convento le facilitaban una despensa.
–A veces me daban en frascos la comida que sobraba y me daba gusto, tenía para darles una sopita a mis hijos, ¡Como madre soltera y además analfabeta mis hijos no les faltó la comida!
Nicolasa cada día avanzaba conociendo una calle más. Para atravesar las avenidas se ponía detrás de toda la gente y junto con ellos esperaba el momento para cruzar.
–Seguía a las personas de manera rápida hasta el otro lado de la acera, o bien en ocasiones me preguntaban ¿va a cruzar la calle? ¡Ándele véngase yo le ayudo! y así era más fácil.
Poco a poco aprendió otras técnicas para caminar en las calles, sin extraviarse
–Empecé a observar como esos postes con luces de tres colores cambiaban a cada instante, ahora espero a que la luz se encuentre en color verde para pasar.
¿Cómo llegar a nuestro destino siendo una persona analfabeta? Doña Nicolasa responde que con tan solo dar el nombre de la calle y algunas explicaciones ella ha llegado al lugar que busca.
Nicolasa cuenta que hace seis años, uno de sus nietos se encontraba preso en el Reclusorio del Sur y ella con tal de ir a visitarlo pasó toda una aventura: del pueblo de Santa Fe abordó un camión rumbo al metro Tacubaya. Llegando ahí preguntó donde quedaba la siguiente estación que la llevaría al reclusorio.

–Me contestaban bien amables, hasta que llegaba a la puerta del reclusorio ya solo esperaba que la gente pasara y detrás de ellos me colaba. De regreso, mi hijo me daba dinero para tomar un taxi y no me perdiera, pero prefería comprar unos panecitos y alguna otra cosita.
De esta manera es como Nicolasa llegaba a los lugares a donde debía ir. Preguntando. Aunque eso fue hace años, ahora ha vuelto como antes, le tiembla todo el cuerpo y se le aceleran los latidos del corazón cuando pone un pie fuera de su casa ubicada sobre la calle Arturo Prior, del Pueblo de Santa Fe, en la Colonia Álvaro Obregón.
Actualmente Nicolasa vive en una vecindad de tres pisos con las paredes descarapeladas que dejan al descubierto una sucia pared. Es una vecindad antigua con ladrillos desmoronados. La mayoría de los cuartos son cerrados sin ventilación. Bastan unos pasos para recorrerla toda.
El cuarto de Nicolasa es húmedo y oscuro; a la vez es un hospital, bodega, y cocina. En ese cuarto de tres metros cuadrados hay un olor como a fruta fermentada mezclada con alcohol. Ella duerme en un catre con esponjas y cartones que guarda y desdobla todos los días.
La octava de sus hijos siempre está recostada en una cama individual. Se llama María del Carmen y tiene un tumor en la cabeza que no le ha permitido tener una vida normal: ataques epilépticos, rostro desfigurado, tiña y calvicie. Nicolasa se dedica a cuidarla.
–Ahora soy una mujer vieja con medicinas, muy cansada, muy amolada– Así se distingue Nicolasa que con una piel llena de desamparo y ojos colorados.
–Tengo hemorroides, estoy mala del corazón, tengo gastritis y angina de pecho. Me da miedo que llegue la noche teniendo estos dolores. Si hubiera aprendido a leer y escribir quizá hubiera sido otra mi vida, pero la gente de antes es ignorante, y ni modo la cosa ya está hecha.
Nicolasa se mantiene con la pensión que le brinda el Gobierno de la Ciudad de México por ser una persona de la tercera edad -600 pesos mensuales-. A la par utiliza una pensión económica de 500 pesos que le proporciona su marido para atender su hija incapacitada. Con esto cubren los gastos: una renta de mil pesos y lo restante para pagar agua y luz.
–Mis hijos ni siquiera se acuerdan de que tienen una madre, me salieron malos, no auxilian a su madre.
La educación en los años de 1940 era distinta según el sexo y los contenidos educativos, actualmente hay igualdad en la educación. Además, en aquella época la enseñanza estaba ligada al cristianismo, ahora hay derecho de decidir si estudiar religión o recibir una educación laica. Pues la mayoría de los centros educativos son laicos.
En la generación de los años 70 había un registro de 48 millones 225 mil 238 habitantes en el país, en la cual según el subsecretario de Educación Básica de la Secretaría de Educación Pública, José Fernando González Sánchez, la sociedad promedio tenía dos años de escolaridad, hasta segundo de primaria, en su conjunto apenas sabían leer y escribir 65 de cada 100 personas.
Actualmente marcan que hay en el país 112 millones 322 mil 757 habitantes, de los cuales 5 millones 747 mil 813 habitantes de 15 a 65 años y más, se encuentran en condición de analfabetos, dentro de ellos 1 de cada 3 personas son de la tercera edad, de ésta misma manera 1 de cada 11 en adultos, y 1 de cada 8 niños.

–La visión de la realidad, las ambiciones sociales, políticas, y económicas que tiene la familia son el primer punto de ruptura y desprendimiento que tiene una persona a la hora de involucrarse en un proyecto educativo, no puedo tomar a una persona y decirle lo ordeno a involucrarse educación– dijo enfático el representante de la SEP en su ponencia sobre los “Grandes problemas actuales de la educación en México”, ofrecida a alumnos universitarios
El funcionario mencionó que en un primer reto para combatir los problemas educativos, tiene que ver con la cobertura y disminuir el rezago temprano provocado por la deserción escolar, donde en promedio la primaria es abandonada por un alumno de cada cien y la secundaria por seis de cada cien.
En México existen 217 mil escuelas públicas y alrededor de 24 mil escuelas privadas entre las cuales de preescolar, primarias y secundarias, en conjunto hay una matrícula aproximada de 25 millones de niñas entre las edades de 3 a 15 años.
–Por tener a los alumnos más privilegiados en lo social, económico y cultura las escuelas privadas deben rendir mucho más, de ahí que se les aumenten las exigencias, del mismo modo que lo estamos haciendo en la escuela pública para volver evaluables a los docentes, estudiantes y todos los actores del sistema educativo– dijo el funcionario.
Agregó que esto es a comparación del siglo XX cuando tomaban profesores de donde hubiese, siendo o no profesionales.
–Es decir, de 1950 a 1980 la profesionalización docente es limitada en México y con profesores de 4 años de primaria sabían leer mejor que la sociedad que vivían en las comunidades, por eso el estado tomó un proyecto estabilizador y tenía años intentándolo.
La primaria comenzó a generalizarse en México a mediados de los 70 la secundaria empezó a generalizarse a finales de los 80 y se volvió obligatoria en 1993 al mismo tiempo de que hay una reforma estructurada administrativa muy fuerte en el sistema educativo.