El Hotel Migrante, <i>hogar</i> de <br>los deportados a México

Francisco Sandoval (@MrTerremoto) · 10 de enero de 2012

El Hotel Migrante, <i>hogar</i> de <br>los deportados a México

I.-

Desde la primera vez que este hotel abrió sus puertas no le han faltado huéspedes. No es de cinco estrellas, pero todas las noches tiene la preferencia de nueve de cada 10 migrantes deportados a México por la garita de Calexico, California.

Se encuentra en el Centro Histórico de la ciudad norteña de Mexicali, Baja California, a dos cuadras de la frontera, y los huéspedes que ahí llegan pueden pasar tres noches sin ningún costo, tener dos comidas diarias, asearse y  obtener ropa limpia. 

Juan Rocael, encargado del Hotel Migrante.

El día que visité el hotel, su encargado era un migrante guatemalteco de 39 años de edad que había intentado cruzar a Estados Unidos en cuatro ocasiones, pero en ninguna había tenido suerte. Juan Rocael pronto se familiarizó con las actividades del hotel, así que no la pensó mucho cuando le ofrecieron quedarse una temporada a cambio de granjearse su estancia mientras intentaba cruzar por quinta vez.

“Me siento  a gusto aquí”, me dice con tono bajito como si alguien estuviera acechando nuestra conversación, mientras dos migrantes interrumpen la plática para solicitarle un par de playeras limpias y un tercero le pregunta por la dirección de la escuela de peluquería donde les cortan gratuitamente el cabello a los huéspedes del hotel.

II.-

Los pasillos del Hotel Migrante. Foto: Francisco Sandoval.

Los pasillos interiores son amplios y las ventanas largas.  En los cuartos no hay camas, pero sí una pila de por lo menos 100 cobijas que sirven como catres  cuando arrecia el frío. Por fuera, la fachada del edificio es color durazno y aún se puede leer un pequeño letrero que dice “Hotel El Centenario”.

Antes de convertirse en albergue para migrantes, el viejo edificio -construido en 1935 en el predio donde se estableció la primera aduana de Mexicali- era un hotel de paso, que vivió sus mejores épocas en las décadas de 1940 y 1950 cuando por nombre llevaba “Hotel Santa Clara”.

Un estudio de la Dirección de Administración Urbana del Ayuntamiento de Mexicali revela que el inmueble fue en su tiempo una “obra pionera” del auge económico que la región experimentó tras la época de bonanza que se registró en esa franja fronteriza ante la  “ley seca” que el gobierno de Estados Unidos aplicó desde 1918 y que se prolongó por 14 años.

Frente al hotel se encuentra “El Tecolote”, que hasta su incendio en 1922, era el casino más exitoso de Mexicali, en el que según lo demuestra una foto que cuelga en uno de los bares aledaños  llegó a visitarlo -para operar desde ahí- el mafioso ítalo-americano más temido de su generación Alphonse Gabriel  “Al” Capone.

Con el decaimiento del centro de Mexicali, en el 2000, “El Hotel Centenario” dejó de ser un negocio redituable para sus administradores, quienes optaron por abandonarlo. En 2009, poco antes de que la organización “Ángeles Sin Fronteras” decidiera  rentarlo como estancia para migrantes, se encontraba abandonado y era utilizado como  refugio de indigentes y drogadictos del primer cuadro de la ciudad.

III.-

Juan Rocael es bajito, de piel morena, pelo oscuro, sonrisa amplia y padre de cuatro hijos.  Es originario del departamento de San Marcos, Guatemala, de donde salió el 5 de septiembre de 2011 con la esperanza de conseguir un trabajo bien pagado en Los Ángeles, California, donde se encuentran dos de sus cuñados.

Desde que llegó a la frontera la suerte no ha estado de su lado. En su primer intento para cruzar por la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, se perdió en un rancho de McAllen, Texas, luego que dos rinocerontes le salieran al paso.  Según Juan, la persona que los guiaba se metió en una propiedad donde criaban a estos animales, de ahí que todo el grupo se dispersara por el miedo.

Cuando por fin pudo salir del rancho ya no encontró a nadie. Solo y sin saber qué hacer, fue detenido por policías de la Patrulla Fronteriza que lo deportaron dos días después por Mexicali, es decir, a más de 2 mil 400 kilómetros de ahí. “Me deportaron hasta acá para que batallara y así me lo dijeron”.

En Mexicali ha intentado cruzar en otras tres ocasiones, pero sin éxito. Las cuatro deportaciones fueron durante la madrugada -una práctica común entre los oficiales de migración estadounidenses para generar mayor desorientación entre los migrantes, la cual ha sido criticada por activistas y defensores de los derechos humanos.

Aún con su mala suerte, Juan siempre ha tenido la fortuna de encontrar un espacio en los húmedos cuartos del “Hotel Migrante”, donde sus huéspedes participan en las actividades de limpieza, mantenimiento y solicitud de limosna que deben de realizar para pagar la renta de 2 mil dólares mensuales que les cobra el dueño del edificio.

IV.-

Fachada del Hotel Migrante. Foto: Francisco Sandoval.

Su primera visita al hotel fue el 18 de octubre de 2011, un mes y medio después de haber salido de Guatemala. Fue hasta la segunda semana de diciembre, tras su última deportación, que tomó la decisión de prolongar su estancia en Mexicali para esperar que el desértico clima de la región -que provoca heladas durante las noches de invierno y una temperatura de hasta 52 grados centígrados en el verano- mejorara.

Los cuatro intentos fallidos, el clima extremo de la región, aunado a la inesperada salida de dos de las personas que administraban el hotel, llevaron a Juan a aceptar la invitación que le hicieron para encargarse temporalmente del lugar, donde además de supervisar su adecuada marcha lleva un control de todos los migrantes que entran y salen de ahí.

Recuerda que antes de finalizar el 2011, llegó un numeroso grupo de 115 deportados durante la madrugada, mientras que el 1 de enero se hospedaron 42, el 2 de enero 14 y el 3 de enero 44, lo que significó que en los primeros días de 2012 el hotel estuviera por encima de su capacidad, que es de 200 personas.

“Lo hago porque quiero regresar algo de lo que aquí me han dado”, me dice el encargado del “Hotel Migrante”, quien tras despedirnos promete escribirme un correo electrónico una vez que se encuentre establecido en Los Ángeles.

Salgo del viejo edificio y dos hombres vestidos con pantalones de mezclilla, playeras negras, gorras beisboleras y tenis Nike, observan mis movimientos con cara de enojo. Se trata de los guías de los migrantes, esos que por 2 mil 500 dólares prometen cruzarlos por la zona de La Rumorosa en Tecate.  Pronto me pierdo entre las calles del centro de Mexicali que, hasta la década de 1950, recibía a las grandes personalidades de la época y que, ahora, a más de medio siglo aglutina los desvencijados bares y cantinas de la zona roja de la ciudad.