Moisés Castillo · 2 de junio de 2012
Dicen que la soledad amorosa sólo es comprendida por personas que tienen el mismo lenguaje de sufrimiento. Y el hombre sin rostro -personaje principal de la novela gráfica “El cara de memorándum y otras historias” (Editorial Resistencia 2012)- se ha roto un brazo de tanto imaginar acostado a la mujer de sus sueños. Aquella chica que miró a través de la ventana del camión por las calles de la Portales no se la puede quitar de la mente.
La misma extraña sensación le ocurre a esa mujer de mirada perdida. Mientras come su sopa en la fonda “El lamento vegetariano” recuerda al hombre sin rostro leyendo el periódico en el camión invisible. Apenas lo vio ayer, no conoce su nombre, ni ha mirado sus ojos, pero quién quiera que sea es el culpable de que su corazón expulse música por todos lados. Una vecina vieja y amargada le reclama desde la planta baja del edificio: “¡Bájenle el volumen a ese corazón!”.
Esta es la historia a “cuatro manos” que crearon el dibujante Manuel Ahumada y el músico Jaime López en 1982. Se imprimieron una veintena de ejemplares en la desaparecida editorial Penélope, pero en realidad nunca salió comercialmente. Es un trabajo inédito de dos artistas talentosos que expresan, a través de letras de canciones del creador de la “Chilanga Banda” y el trazo poético del asiduo lector de Hermann Broch, lo tormentoso que puede ser el amor: “Y yo la conocí cuando andaba a la deriva”.
La obra de Ahumada ha sido reconocida y expuesta en galerías y museos del país y del extranjero. Sus historias y cartones políticos han sido publicados en diversos medios impresos como la revista Melodía, La Garrapata, Unomásuno, y La Jornada, donde aparecen actualmente. Desde 1994 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
“El cara de memorándum” o “culo de currículum” tuvo sus primeros pasos en la época en que Ahumada y Jaime López compartían un departamento llamado “El Congal”, ubicado en la calle de Fernández Leal, a un lado de la Plaza de la Conchita en Coyoacán. Rentaban el inmueble junto con un baterista, un violinista, un fotógrafo y un cineasta. Nadie podía dormir tranquilo.
“En ese tiempo no teníamos mucho qué hacer. Empecé a ilustrar la primera canción que viene en el libro y se la enseñé a Jaime, le gustó y decidimos seguir. Hay partes que son puras imágenes sin texto y eso es para unir canción y canción”.

-¿Se puede decir que son fragmentos de canciones que ilustran la historia imposible de dos enamorados?
Aunque el texto es de Jaime, las imágenes tienen una correspondencia pero no es la traducción literal de lo que dicen las rolas. En México se peca mucho de eso. Según Rius dice que somos un pueblo analfabeta pero no es cierto. En el metro y en el camión la gente lee. Alguien que tiene el libro vaquero está leyendo, no está viendo los dibujos porque dice: “agarró el revólver y lo mató”. Entonces el dibujo efectivamente es de alguien que toma el revolver y lo mata. O sea el público ya no ve el dibujo, lee el texto. Es pleonasmo tras pleonasmo. Y siempre he tratado en todos los trabajos que he hecho de ilustración de no hacer ese pleonasmo. Busco enriquecer más la idea. Está la fuerza de la palabra y la fuerza del dibujo y juntos hacen otra imagen poderosa.
-¿Por qué el personaje central no tiene rostro?
“El cara de memorándum” es un juego de palabras. Jaime es un poeta y usa el lenguaje como él quiere. No le puse cara porque no me imaginaba cómo podría ser un “cara de memorándum”. No le iba a poner una hoja de papel, eso sería lo más simple, o un rostro tatuado de letras pues no tenía sentido. No le puse facciones, sólo tiene semblante cuando sucede algo trágico. Seis años después cuando hice “La vida en el limbo”, en el suplemento “Histerietas” de La Jornada, surgió otra vez el hombre sin rostro.
-¿La historia fue concebida desde un principio como una historia amorosa? ¿Cómo fue el proceso de creación?
Desde el principio Jaime y yo la planteamos como una historia amorosa. Él empezaba una relación y estaba muy enamorado. Yo no tenía a nadie pero sí anhelaba, como el “cara de memorándum”, tener una relación. Las historias que hago, no sé Jaime, son un diario personal, algo que a mí me aconteció o anhelo. A veces sueño una historia y digo “qué bárbaro con esto me gano el Pulitzer” y cuando despierto veo que es una tontería, nada más sirve para mí. Jamás he dibujado un sueño mío. Mucha gente cree que todos son mis sueños, pero no. Es algo que a mí me pasó o que quisiera que me pasara pero no son los sueños de la noche. Son los sueños del día. Los sueños cuando estoy consciente.
-El paisaje es un DF desolado y tristemente oscuro, ¿así se sienten los solitarios?
Todas las historias que hago suceden en la ciudad, no es que traten de la ciudad ahora que está de moda “La región más transparente”. La historieta tiene esa particularidad muy diferente a la del cartón político o la ilustración. La historieta es como el cine. Tiene tiempo y espacio, dónde se va a desarrollar, cuánto tiempo va a durar y en qué época lo vas a ubicar. Eso es lo que tiene la historieta. Las historietas que hago están ubicadas dentro de mi cotidianidad.
-¿Cómo recuerda aquella etapa de su juventud en “El Congal”?
Eso fue hace 30 años, ahora tengo 55. Lo que más me importaba en ese tiempo era encontrarme, quería encontrarme y no sabía cómo. Buscaba por todos lados, pero ahora tengo 30 años más y sigo buscando cómo encontrarme. Aún no me encuentro, como dice la canción de El Personal: “No me hallo, me busqué en el padrón electoral y tampoco me hallo”.
Tacos de suadero y Marilyn desnuda
Manuel Ahumada vive y tiene su estudio en uno de esos multifamiliares de la colonia del Valle. Para llegar a su departamento es un verdadero laberinto. A la entrada tiene una jaula con un cardenal que no se cansa de cantar. En la pared se asoman muchos cuadros, unos pintados por él y otros son regalos de amigos como Luis Fernando y Naranjo.
Con voz a ritmo de segundero dice que el dibujo siempre estuvo presente en su vida. Sus “domingos” se los gastaba en cuentos de La pequeña Lulú, Batman, Tradiciones y Leyendas de la Colonia o Tawa: “El hombre Gacela”. Recortaba esos personajes fantásticos y se ponía a jugar todas las tardes. Llegaron la secundaria y la prepa –años feos- y realmente no se acuerda de haber hecho algo útil.
Sin embargo, antes de entrar a estudiar Ingeniería agrícola en la ENEP Cuautitlán de la UNAM tuvo un encuentro que marcaría su vida: el caricaturista Fego lo invitó a la revista “La Garrapata” –última época- fundada en 1968 por Emilio Abdalá, Helioflores, Naranjo y Rius. Ahí debutó el caricaturista del ensueño.
“Nunca había pensado ser caricaturista. Yo quería ser pintor y nunca he dejado de pintar. Después de hacer caricaturas ahora mi prioridad es dedicarme a pintar, pero como ya estoy grande no me dan chance en cualquier lado”.
El libro “El cara de memorándum y otras historias” incluye también una de las historietas memorables de Ahumada: “La raza cósmica”, creada en 1983. El hilo conductor es francamente surrealista pero certero: si comes tacos de suadero en San Cosme puedes sobrevivir a una explosión nuclear. “¡El taquero quedó frito!, pero el suadero resistió”, dice sorprendido uno de los cinco comensales que se salvaron de la radioactividad.
“Cuando tengo que hacer un cartón político lo tengo listo en dos horas pero ese es el trabajo fácil. Lo difícil es pensar la idea. Igual en la historieta. En ciertas ocasiones estás muy perceptivo y te llega la historia sin que lo pienses. Esa idea salió al ver un puesto de tacos en San Cosme y cómo está derretido el cemento de la banqueta y el asfalto de la calle por toda la grasa que se chorrea, eso es cierto”.
Antes de iniciar “La raza cósmica” hay un dibujo que para Ahumada es uno de los mejores que ha hecho en su vida: el astronauta mexicano echándose unos tacos en el espacio exterior. Dice que en una ocasión unas personas se lo pidieron para regalárselo a Rodolfo Neri Vela, primer astronauta mexicano en ir al espacio -en 1985 abordó el imponente Transbordador Espacial Atlantis-, pero se enteró de que esa gente se lo entregaría sin mencionar que era un obsequio del caricaturista. Prefirió guardar esa imagen “profética”: en la nave espacial Neri Vela dio de comer chilaquiles a sus colegas.
Ahumada tiene una trayectoria artística de más de 30 años y parece no importarle. Muestra con entusiasmo sus obras arte-objeto, esculturas y un dibujo que una noche anterior hizo de las piernas de una mujer. Y precisamente fue una de las mujeres más bellas de Hollywood la que motivó un acto de censura contra una de sus imágenes: “La Patrona”. Corría el año 2000 y la exposición itinerante “Homenaje al lápiz” se montó contra todas las críticas conservadoras en el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas de Guadalajara. El cuadro “incómodo” presentó a Juan Diego con su tilma y en lugar de la Virgen tenía a la bellísima Marilyn Monroe desnuda.
Ante la presión del patronato del Museo se exhibió pero lo destrozaron, estuvo nada más un día. El sábado lo fueron a romper unos “albañiles” que pasaban por el lugar y boicotearon el dibujo. A esas personas las metieron a la cárcel unas horas porque el cardenal Juan Sandoval Íñiguez pagó la fianza y los sacó. Además Norberto Rivera excomulgó al fan de Kraftwerk y John Lennon.
Al fondo del departamento se encuentra su estudio perfectamente ordenado. Sus vinilos, lapiceros, tintas, escuadras y decenas de robots de juguete vigilan su trabajo cotidiano. Admite que quiso en un tiempo dibujar como el maestro Naranjo: “No me salió, pero no tiré la toalla”. Simplemente trata de imaginar y trazar cosas imposibles, mágicas. De repente dice: “¿Y si ponemos a Pink Floyd?”.