El hombre que morirá hoy en Iztapalapa

Abenamar Sánchez (@abenamars) · 6 de abril de 2012

El hombre que morirá hoy en Iztapalapa

Con la barbada cara levantada, solo, grácil, el hombre camina distanciado de la parte de la procesión que va adelante y de la parte que viene atrás. Las cámaras de los espectadores y de los periodistas lo captan caminando único en un espacio despejado.

Está por llegar al Santuario del Señor de la Cuevita, sobre la llamada Calzada de la Ermita en el Barrio San Pablo, donde él y sus acompañantes recibirán del párroco Miguel Ángel Cruz la bendición que será el acto que dará inicio formal esta tarde de jueves a la parte sustancial, que terminará en crucifixión este viernes, de la 169 representación de la Semana Santa en Iztapalapa, la más poblada de las dieciséis delegaciones del Distrito Federal.

Lo preceden treinta jóvenes trompetistas vestidos de traje blanco y casaca gris, cada uno con sus largos instrumentos de siniestros sonidos, y lo siguen los discípulos, entre ellos el robusto Judas Iscariote, y la corte de mujeres, entre ellas su madre María y María Magdalena. Suman un poco menos de cien y avanzan entre un cerco de seguridad conformado por un grupo de hombres vestidos de camiseta amarilla, que pertenecen al comité organizador de la Semana Santa, y por un nutrido escuadrón de policías.

David López Domínguez, con diez años menos de lo que se dice tenía Jesús de Nazaret cuando murió, es Jesucristo. Camina con aire seguro, pero su cara deja entrever cierto aire de tristeza. Viste bata blanca tocada con un manto de lino púrpura, que lleva sujeto sobre su hombro izquierdo y ceñido, con gruesa soga color oro, a la cintura. De huarache de cuero, lleva cerrada barba y cabellera larga que cae en rubias ondulaciones.

En cuanto franquea el pórtico principal del Santuario del Señor de la Cuevita construido hace más de cien años, una mujer, que se dirige a su nieto de unos cinco años, se apresura: “Ese es nuestro señor, ese es nuestro señor, al que hemos visto que lo golpean en las películas”. Jesucristo pasa sin volver la vista hacia la señora que, al rato sabré, se llama Patricia Gutiérrez, en casa tiene siete películas que narran la Pasión de Cristo, y esta es la octava vez que viene a Iztapalapa a presenciar la muerte de Jesucristo.

El Santuario del Señor de la Cuevita recibe desde la calle con un alto pórtico que es el número 1271de la Calzada La Ermita del Barrio San Pablo de esta delegación que con sus 1.8 millones de habitantes se levanta sobre el sur de la capital.

Mientras Jesucristo recorre los menos de cien metros de pasillo adoquinado que hay entre el pórtico y el templo, los treinta jóvenes trompetistas tocan sus trágicos sonidos y se detienen frente a la puerta de la iglesia, en espera de que primero entre él y todos los que viene tras él.

“Él es nuestro señor”, vuelve a decir Patricia Gutiérrez, sentada con su nieto sobre uno de los bancos colocados a la orilla del pasillo que corre flanqueado por unos altos y oscuros árboles, sombras de centinelas, y otros altos y alegres llamados jacarandas que en esta temporada hacen más florido el jardín sobre el que se levanta el templo con sus paredes de viejas piedras, con sus dos grises torres terminados en campanarios y su nave de techos abovedados. Se estima que esta vez la representación de la Semana Santa podría sumar entre dos a tres millones de visitas. Patricia Gutiérrez dice que ésta, la de Iztapalapa, la representación, es mejor que la de las películas que tiene en casa.

Dentro, el sacerdote Miguel Ángel Cruz, párroco del Santuario, recibe a Jesucristo y compañía. María, de traje blanco y manto azul profundo adornado en sus bordes con trazos de oro, está a su izquierda. Miguel Ángel anuncia que esta tarde da comienzo la parte más fuerte de lo que es la representación de la Semana Santa, acto por el que se han alistado casi cinco mil personas, pero preparados más, durante meses, los 89 actores principales que ahora están en el templo, junto al altar.

Tras un breve rezo, vuelve hacia David López Domínguez y le traza la señal de la cruz en la frente. Dibuja al aire otra señal general para los demás actores y espectadores. Jesucristo emprende de nuevo el camino: abandona el templo, toma el circuito –una serie de calles y avenidas—que lo llevará a la Macroplaza Cuitláhuac, donde tres horas después se celebrarán los actos de la Última Cena y del Primer Concilio. María, quien se llama María Fernanda Calderón de la Barca, se coloca de nuevo tras los discípulos. Más atrás, la sigue María Magdalena, una mujer trigueña, de nombre Denisse, que lleva un tallado vestido color fucsia, combinado con joyas plateadas y otras de tono oro: anillos y brazaletes y rombos aretes tocados cada uno con ambigua figura en medio.

La procesión, que partió a las tres de la tarde de la Casa de Ensayos y llegó antes de las cinco al templo, avanza en medio del cerco de seguridad, y en los límites de éste los espectadores y los periodistas alzan las mini cámaras, los teléfonos móviles y las cámaras profesionales de grande lentes y disparan en dirección de Jesucristo, quien continúa su camino sin volver la vista.

Por ratos, cuando se detiene la procesión y los periodistas aprovechan el momento para fotografiarlo de frente, se para con esa inmovilidad de estatua sin parpadear la vista ni mover los labios. Da la impresión de ser un hombre, no menor de un metro con setenta centímetros de estatura, que ejercita el cuerpo demasiado.

Se ve ágil, sumamente delgado, comparado con aquél hombre que forma parte de sus discípulos: Judas. Éste es robusto, moreno, pesado. Lleva un dorado aro en el lóbulo de la oreja izquierda, un aro que relumbra con los últimos destellos del sol que está por hundirse y dar paso, paulatinamente, a esa oscuridad que va más acorde con la mirada triste de Jesucristo, el hombre que morirá hoy en Iztapalapa.