Día del migrante:<br> Las armas secretas de Wilber

Abenamar Sánchez · 18 de diciembre de 2011

Día del migrante:<br> Las armas secretas de Wilber
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Este día Wilber no esperó ni que llegara la noche para empezar a contar alguno de sus chistes y meterle risa al viaje.

Él, Óscar y Gerson, sus dos compañeros migrantes, buscan llegar de Centroamérica a Estados Unidos, a través del ferrocarril en México.

Están en Huehuetoca, un pueblo de obreros y campesinos a cincuenta kilómetros al Norte del Distrito Federal, sentados bajo un puente, a orillas de las vías.

Llegaron apenas, en coche desde un pueblo cercano, donde se apearon del ferrocarril para evadir un control de Migración; están cansados y a Gerson le ha dado por escuchar un chiste.

—¡Cuenta uno! —suplica.

—¡No, cuenta  tú! —revira Wilber y se incorpora de donde está sentado sobre una roca.

De cabello al estilo César, mirada de ojos grandes y tristes y de aire debilucho, moreno, tiene más aspecto de un joven cura que de un cuenta chistes.

—Sí —se suma Óscar a la petición, sentado a su lado—, échate uno de esos colorados.

—¡No, mejor tú! —insiste él.

—¡Anda, sólo uno! —presiona Gerson.

Wilber camina de aquí para allá. Se detiene un rato. ¡No, mejor no!, dice, y vuelve a caminar, sin ir más allá de unos metros como si él y los otros, Gerson sentado sobre un raíl, estuviesen en una pequeña sala.

Se oye el silbato de un tren.

Se avispan; Gerson acerca hacia él su pequeña mochila, que semeja a una mera bola de trapos no más grande que una pelota de futbol; Óscar, el más alto de los tres, se ajusta el gorro, y Wilber niega con la cabeza.

Tomó el tren la vía hacia Piedras Negras, Coahuila.

Ellos aguardan el paso del tren que va rumbo a Nuevo Laredo, el ferrocarril de Kansas City Southern de México (KCSM); aquí, la mitad de la ruta ferroviaria del Sur al Norte de México, confluyen  los dos grandes ferrocarriles que conectan con Estados Unidos: la otra empresa se llama Ferrocarriles Mexicanos o Ferromex.

Llevan cerca de 50 horas de viaje en tren, en dos semanas. Algunas de esas horas, ha advertido Óscar, las han hecho caminando o en automóvil. Pero esa suma no incluye la semana de caminata pura desde los límites con Guatemala y una parte de Chiapas, un tramo de doscientos ochenta y tres kilómetros de vías inservibles.

Casi al final de ese tramo los asaltaron.

Ya resignados de que el tren que oyeron se enfiló a Piedras Negras, para recorrer 3 mil 300  kilómetros más de rieles, se disponen a contar la anécdota del asalto. Empieza Gerson:

—Íbamos cansados.

—También estaba por anochecer —observa Wilber.

—Antes de llegar a una ranchería, nos topamos con un niño —continúa Gerson.

—Era un niño así —dice Óscar, mientras extendía una mano a menos de un metro del piso para indicar el tamaño.

—Dijo si queríamos agua.

Los tres asintieron.

—Pidió lo acompañáramos. Tras él, cruzamos el alambrado y… ¡madres! Unos hombres, con machetes, nos quitaron algunas monedas…

—Bueno, lo que llevábamos, porque no llevamos más que… —Wilber extiende los brazos, en gesto de invitación a que se le verifique de que no lleva puestos más que el jean oscuro, una playera negra y unos empolvados mocasines también oscuros.

Gerson, el más bajo de estatura, pero el más robusto de los tres, viste un jean azul, camiseta azul debajo de un suéter negro y tenis cafés; Óscar, unos pantalones gris, camisa clara a cuadros, tenis y gorro también claros.

Dan la impresión de que son tres chicos del pueblo de Huehuetoca, cabecera del municipio que lleva el mismo nombre, quienes este domingo de mediados de marzo salieron a patear pelotas en el campo de futbol más cercano a sus casas, en este caso el amplio terreno polvoso que está aquí cerca, que de ancho corre paralelo a las vías de la Kansas City y queda entre la escuadra que hacen éstas con la calle que pasa sobre el puente debajo del cual están ellos.

Días antes de ese asalto, retoma la anécdota Gerson, en un pueblo que se llama Tonalá, allí mismo en Chiapas, salieron a “pasar charola” o pedir monedas para la comida, y un agente de seguridad quiso obsequiarlos con cárcel: tomó su radio y solicitó una patrulla para que fuera a “recoger unos vándalos”.

Migrantes guatemaltecos.

Huyeron.

—Pero si no nos vamos a quedar en su país, sólo estamos de paso —se consuela Gerson.

No tarda en modificar su postura en cuanto recibe una mirada sarcástica de Wilber:

—Bueno, si alguien me ofrece un trabajo, aunque sea de campo, sí me estaría quedando…Sí hay gente que nos apoya.

Fabienne Venet, directora del Instituto de Estudios y Divulgación sobre la Migración (Inedim), dice que a México ingresan en promedio por hora entre veinte a cuarenta migrantes en situación irregular. De éstos, nueve de cada diez son de Guatemala, como Gerson; Honduras, como Wilber y Óscar; El Salvador y Nicaragua, es decir, de Centroamérica. Uno de cada dos o cuatro, según informes del Instituto Nacional de Migración, son devueltos a su país.

—Éramos como veinte —dice Wilber—; sólo quedamos los tres.

—¿Y los demás?

—A unos los devolvieron tras caer en la cárcel en Chiapas —cuenta Wilber.

—Algunos cayeron con la migra en Veracruz —interviene Gerson.

El último que cayó, narra Óscar, fue en Lechería, aquí en el Estado de México. Los agentes de migra, incluidos policías, interceptaron el tren, armados de garrotes, y saltamos del tren. Mi compañero cayó mal y se fracturó la pierna.

—Yo no quiero morir aquí —interrumpe Gerson.

Se angustia. Baja la mirada, y diminutos se le ven sus ojos en la cara  redonda. De perfil, se le notan precisos los escasos pelitos que tiene en la barbilla; los acaricia como si formaran una profusa barba. Dice que los chistes de Wilber los ha salvado de “males graves” y de la tristeza que les viene muy seguido.

Las diez de la noche en adelante es el momento de los chistes, y principalmente cuando es la noche de un día con demasiadas sorpresas. Cuando cayó uno de sus compañeros en Lechería, Wilber contó chistes para “espantar” la tristeza. Ni cuenta se dieron de la hora en que quedaron dormidos, al grado de que cuando se despertaron Óscar y Gerson creyeron que Wilber acababa de contar el último.

—Nos dormimos porque sabíamos que ya nos habíamos librado de la migra.

Aprovecha Óscar el silencio de Gerson para hablar.

Cuando sabemos que no hay que dormir —dice ya con un asomo de alegría Gerson— pedimos uno y otro y otro…

Wilber se sabe un promedio de cinco mil chistes.

Los aprendió la primera vez que estuvo en Estados Unidos, en la cárcel. Ora tiene 19 años y es el menor de los tres, pero entonces apenabas superaba los quince. Permaneció unos meses en la cárcel en Philadephia por ilegal, pero como era menor de edad las autoridades lo regresaron a su país, Honduras; bueno, a su pueblo: Santa Bárbara, de donde esta vez salió el ocho de febrero.

Migrantes en su paso por el Estado de México.

—Me los enseñó un muchacho que le decían el Piraña

Esta sería la segunda vez en que él entre a Estados Unidos. Para Óscar, de San Pedro Sula, y Gerson, de Huehuetenango, Guatemala, en caso de lograrlo, les falta un tramo de mil 800 kilómetros más hacia Nuevo Laredo, Tamaulipas, sería la primera.

Wilber y Gerson se conocieron en un lugar de aseguramiento en Tuxtla, la capital de Chiapas, cuando fueron detenidos y devueltos en febrero. Al reemprender posteriormente juntos el viaje en los límites con Guatemala, casi a finales de ese mismo mes, se encontraron con Óscar y los demás quienes se fueron quedando en el camino.

“Se podría decir que hemos llegado hasta aquí gracias a los chistes de Wilber”.

Wilber se sonroja con los elogios; se agacha; titubea.

Mínimo —prosigue Gerson— cada tres días se cuenta entre cincuenta a sesenta chistes por noche.

Silba otro tren.

Se desperezan, pero no tardan en volver cada uno a su lugar porque el tren viene de Norte a Sur: Gerson se ha incorporado del raíl; Óscar sigue sentado sobre la roca; Wilber observa una procesión religiosa que a los lejos se ha asomado en una bocacalle. Se oye la música de tambores, el siseo de las rezanderas.

Huehuetoca es un pueblo viejo, así como significa su nombre en español, con uno de cada 150 habitantes del Estado de México, su circunscripción administrativa, y uno de cada mil 100 mexicanos. Con sus 25 mil casas, la mayoría de un piso gobernada por la torrecilla de la iglesia se San Apóstol, el edificio más alto, se levanta en la parte Oriente Norte de un extenso valle seco, con un clima medio de 16 grados, circundado por altas colinas y cerros que alcanzan unos los tres mil metros sobre el nivel del mar . A él se llega por automóvil o tren.

Se podrá decir que, pese al breve tramo para esquivar al control de migración, Wilber y compañeros llegaron por tren.

—Este pueblo tiene su parte en la historia del ferrocarril —dirá al rato un hombre, cuando no sólo refiera que aquí, en esta parte Oriente Norte de Huehuetoca, antes pasaban un promedio de 100 migrantes diarios y ahora unos 30 o 40, sino centenas de hombres que ahora trabajan en las empresas de construcción y de fábricas de tubos, o en el campo o en Distrito Federal, antes trabajaron en el ferrocarril, y hasta el pueblo cuenta con una reliquia de museo: una locomotora de vapor arrumbada en un patio trasero, mirando hacia el norte, que no tiene más que el cuidado de un borrico con el que comparte el encierro.

Wilber y compañeros se sueltan en carcajadas.

Se trataba de un chiste que por fin había decidido contar Wilber:

Cuando se subió al bus, el pastor se alegró al ver que en uno de los asientos iba un sacerdote católico.

Sonrió, caminó hacia él y le soltó una bofetada.

—¡Ay! —gritó el sacerdote, y el predicador preguntó:

—Oiga padrecito, ¿usted ha leído esa parte de la Biblia donde dice si alguien te golpea, ponle la otra mejilla?

El sacerdote dijo que sí, y el pastor le acomodó otra bofetada.

—¡Ay!

El pastor se fue a sentar, contento. En eso se levantó el sacerdote, caminó hacia él y preguntó:

—Oye tú, pastorcito, ¿te sabés aquella parte de la Biblia donde dice que con la vara que mides serás medido?

—¿Por…? —quiso responder el pastor, y plás-plás. El sacerdote golpeó con la mano derecha y remató con la izquierda.

 

Reían los tres, como si estuvieran en casa, como si Gerson no tuviera el compromiso con su madre de enviar dinero para recuperar la casa que tienen hipotecada, como si Óscar no tuviera en su mente la desaparición de un primo que un día como él partió hacia Estados Unidos y nunca se supo en qué parte de México quedó muerto, como si los chistes de Wilber fueran una tabla de salvación inmune a los posibles males.

Fuera de ese embrujo, los datos crudos:

11 mil 333 casos de secuestros de migrantes en 2010.

Leticia Gutiérrez, de Dimensión Pastoral de Movilidad Humana, con más de 50 albergues de migrantes en México, dice:

Ante amenazas sufridas, 66 agentes pastorales cuentan con medidas cautelares de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y 4 con medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Loretta Ortiz Ahlf, doctora en Derechos Humanos, autora de El Derecho de Acceso a la justicia de los migrantes en situación irregular, dice que México trata peor a los migrantes que Estados Unidos.

—¿Cómo enfrentar el problema?

El sacerdote Alejandro Solalinde, fundador del albergue “Hermanos en el Camino” en Ixtepec, Oaxaca, dice que se requiere, para empezar, de una buena educación.

—¡Anda, otro chiste! —suplica de nuevo Gerson.

Por el momento, no hay otro chiste. Está cayendo la noche y se apuran en ir a pasar la “charola”.

—Quizá al rato, responde Wilber en son de despedida.