Paris Martínez (@paris_martinez) · 22 de enero de 2013
Blues brother
Camina por el atrio de la Basílica de Guadalupe muy orondo, casi divertido, con su saco negro, y sus jeans negros, y sus botas oscuras, y la playera roja con la leyenda “Converse” estampada en el pecho.
Es un cuarentón delgado, moreno, con lentes de pasta estilo años ochenta, y al hombro carga un estuche de guitarra, de tela plástica, que por momentos se ciñe a las curvas del arma larga, de grueso cañón, que yace dentro. En vano, el tipo pretendió obtener por ella algún dinero, en el módulo de desarme voluntario instalado por la policía capitalina, con ayuda del Ejército, a los pies del Tepeyac.
“Llegué a las 11:00 –murmura–, pero me dijeron que no, ya sabes, que porque ya no hay fichas, que ya se acabó el cupo, pero yo más bien creo que les dio miedo agarrarme esto”, y se lleva la mano a la espalda, para acariciar el estuche y su contenido.
–¿Qué tipo de arma traes ahí, si se puede saber?
El tipo ríe, medita su respuesta.
–Es un revólver chiquititito, casi insignificante, y ahora el problema es cómo me regreso con él… vengo desde Taxqueña, y en el Metro…
–Oye, ¿pero si es un revólver, para qué el estuche de guitarra?
El tipo ríe y medita.
–Es el camuflaje… –responde al cabo de unos segundos, luego desliza la correa del estuche, hasta que éste queda a la altura de su cadera, y lo empuña con ambas manos, como si apuntara a la gente que sí alcanzó ficha y que, al otro lado de la cerca metálica, aguarda sentada a que sus respectivas armas, mal disimuladas con periódico, bolsas y sábanas, sean valuadas e intercambiadas por dinero, una bicicleta o, incluso, equipo de cómputo.
–¿Cuál era la razón de tener esta arma y ahora qué te hace entregarla?
El tipo piensa… y antes de contestar contiene una carcajada, pues a sus palabras se adelantan las campanas de Basíliica, que tañen al mediodía.
–Era de mi abuelo –dice, en tono burlón, aún empuñando el estuche de guitarra– y entonces yo dije ‘para qué la quiere el abuelo, si ya se va a ir al cielo… no creo que la necesite’, entonces pensé, ‘por qué no hacemos algo para que se vaya en paz con el Señor’… Y mira, ya hasta siento que le están tocando las campanas al viejito… Ahh –suspira, alegre– siempre que alguien se va, a mí me da mucha risa…
–Y, a todo esto, ¿se puede saber a qué te dedicas?
Él ríe. Elucubra la siguiente mentira.
–Yo… soy pianista, soy pianista y saxofonista… le atoro al blues, sobre todo… y al rock antiguo… y también algo de jazz…
La mueca sarcástica no abandona jamás su rostro. Antes él abandona la Basílica de Guadalupe, con su estuche al hombro.
Artillería
El programa de desarme voluntario en el Distrito Federal inició este año en Iztapalapa, y logró recaudar, en una semana, más de 850 piezas, cifra similar a la que se espera alcanzar hoy, al finalizar la segunda jornada de 2013, en Gustavo A. Madero, informa un agente del grupo Zorros, de la SSP, que custodia el área dispuesta para la recepción de armamento, y es que, aclara, “sólo se entregan 110 fichas diariamente y, si llega más gente, se amuela… eso no lo ven aquí los organizadores –subraya–: que la gente se arriesga trayendo esto, como para que le digan que vuelva mañana.”
–¿Qué tipo de armas han traído? –se le pregunta, a promesa de anonimato.
–Pistolas, sobre todo, varias escopetas y rifles, muchos de diábolos y otros de deveras, al final todas las armas son peligrosas…
–¿Han traído metralletas, armas de grueso calibre o explosivos?
–No –ríe, tras los lentes negros–, aquí no les dan lo que vale una metralleta, ganan más si las usan allá afuera –y señala a la calle, donde transitan los incautos.
Otro uniformado, esta vez del II Regimiento Mecanizado del Ejército Mexicano, señala que, aunque en un volumen reducido, sí han sido recibidas armas de grueso calibre, así como granadas, lo que confirma un anciano que, al escucharlo, muestra, sonriente, dos proyectiles de mortero, aún activos, cuyo origen, sin embargo, se niega a revelar.
“Aquí hay un especialista en desactivar explosivos –dice el militar–, no es un procedimiento riesgoso, sólo hay que desarmar las granadas y ya…”
–Al destruir estas armas, ¿no se pierde la posibilidad de saber si fueron usadas para cometer algún delito? –se le pregunta.
–El problema es que si se investigaran estas armas, la gente dejaría de entregarlas –explica–, y aquí de lo que se trata es de sacar estas armas de las calles, de las casas, es una acción preventiva, pero, efectivamente, no se sabe si están implicadas en algún homicidio, por ejemplo…
Cabe destacar que, tan sólo entre 2008 y 2011, a través del programa de desarme voluntario en el Distrito Federal, 4 mil 783 armas de fuego fueron destruidas, incluidas 92 granadas y 191 armas largas, así como más de 30 mil cartuchos.
Por rango
Mientras una docena de pistolas son pasadas por el soplete y el martillo, con sus restos acumulándose en el suelo, fuera de la valla metálica van aumentando, también, los poseedores de armas que no han alcanzado ficha. De hecho, todas las personas que llegaron entre 9:00 y 14:00 horas –tiempo en que el servicio sería prestado–, se quedaron sin ser atendidas.
Algunos son jóvenes, pero la mayoría es gente grande, ancianos, como doña Lupe, tan chaparrita ella que su rifle le llega a la altura del pecho.
“Es antiguo –dice–, y de los buenos, de la época cuando Don Porfirio andaba haciendo la Revolución… pero aquí me traen vuelta y vuelta, estoy intentando que me lo compren desde el sábado y nomás me dicen que tengo que llegar más temprano, hoy llegué a las 10:00 y tampoco alcancé, ¿ahora qué hago?”
El mismo dilema enfrenta un joven que se reserva su nombre, pero que, acompañado de su familia, narra su fracaso al intentar deshacerse de una pistola alemana de 1917, “una pieza de colección –afirma– de la época prehitleriana, es una herencia de mi abuelo, que se la dejó a un tío y luego éste me la dio a mí, pero ahora yo tengo a los niños y a mi mujer, entonces, mejor que la pistola no esté en casa”.
–¿No te preocupa que se destruya una antigüedad?
–No –dice, con su hija en brazos–, qué más puedo hacer con ella, aquí no hay quién te la compre, y eso que aún sirve, pero para qué tenerla…
A su lado le escucha su otro hijo, un niño no mayor de diez años que, al cinto, lleva una funda real para revólver y, dentro de ésta, una pistola de plástico, tan pequeña que se va hasta el fondo.
Pertrechos
Doña Elvia es una mujer corpulenta, risueña, que luce, por las canas, como una anciana, aunque no lo es. Viene a la Basílica, desde Atizapán de Zaragoza, Estado de México, con una bolsa en la que oculta cuatro cajas de balas calibre 22. Son varias decenas en cada una, “pero yo digo que a lo mejor me las agarraron, porque me acuerdo que eran más, y ahora que las busqué en la casa, sólo hallé éstas… yo creo que mi esposo me las habrá cachado y las vendió”.
Al borde del módulo de canje, refunfuña: “Me voy, porque dicen que no me dan nada por las balas, dicen que, si quiero, las deje en donación, pero, si es así, mejor me las llevo, ya habrá quien las compre… ¡ni la gastada de pasaje!”.
Y a ella le sigue don Jorge, otro hombre maduro ya, que en una caja de cartón lleva una granada de lacrimógeno, y que se va con ella, de vuelta a casa.
–¿Cómo es que tiene usted esa granada? –se le pregunta, antes de partir.
–Yo rento cuartos, y un inquilino dejó esto ahí, entonces mi pensamiento era llevarlo a la delegación, pero qué tal que no creían que la tenía por accidente… qué bueno que salió esto del programa de desarme, pero está mal que no reciban las cosas que trae uno, que pongan un límite de fichas para atender a la gente… lo bueno es que esta granada no es tan peligrosa como una de fragmentación, ésta nomás echa gas.
*Publicada originalmente el 16 de enero de 2013.