Moisés Castillo · 26 de marzo de 2011
El escritor de Zapotlán el Grande, Juan José Arreola, decía “yo te diré quién eres si hablas el idioma que entiendo”. Seguramente muchos padres no saben quiénes son sus hijos cuando usan expresiones como “Tu ueuis es de un encanto increíble we”, para referirse a la abuela; o palabras como rave “Se conocieron en un réiv y se separaron en otro”. También escuchamos a nuestros tíos o a nuestras madres decir frases o términos como fufurufo, “¿Te crees muy fufurufo?” Is, que significa sí al revés. Es como “simón” y “simondor”, muy de los sesenta.
En nuestra vida cotidiana escuchamos palabras cagadas, voces incomprensibles o que sólo los rucailos entienden y viceversa. En una ocasión caminaba con mi novia de 24 años por alguna calle de la Colonia Roma y de repente me dijo “Te crees muy chicho, ¿no?” y yo me quedé con mi cara de what? Ese vocablo seguramente lo heredó de su jefa que vive en Iztapalacra.
Gracias al Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos (Grijalbo, 2011), del escritor Héctor Manjarrez entendí el significado de “chicho”: esta palabra , caída en desuso, designaba a un individuo excelente, capaz: “Tengo un mecánico muy chicho”, “El presidente Alemán se creía muy chicho. También se aplicaba a objetos y situaciones (“Una película muy chicha” y “Una amistad muy chicha”) y es presumiblemente el antecedente del “chiro” de los años sesenta y el “chido” de los noventa.
El Premio Xavier Villaurrutia 1983 se nota agotado y, hundido en un sillón negro de piel sintética, lanza con un voz aguardentosa palabras del sonido al sentido: los secretos de las palabras los guarda la boca. Las palabras no recuerdan de dónde vienen ni saben adónde van, están perdidas en su ir y venir. Las palabras se vuelven visibles un instante cuando las oímos saltar de un cantinero, taxista, marchanta, ambulante o de alguno que otro esnob.
El escritor chilango precisa que este no es un diccionario sino más bien es un vocabulario, una compilación de palabras y expresiones hechas por un aficionado.
“Los escritores somos aficionados a las palabras, soy un escritor que siempre está escuchando lo que dice la gente. Mi método es ese, no es el método de un lexicógrafo que aborda las palabras desde un punto de vista científico. Escucho el habla de los mexicanos del siglo XXI. Hay diferentes capas en este libro: expresiones de los cincuenta y sesenta que se siguen utilizando. Incluso pongo unas que rara vez se usan. Por ejemplo, is para decir sí. Hay otras que están reviviendo y no sé por qué: nel”.
-¿En este libro sólo incluye palabras chilangas? ¿Fue determinante la zona geográfica para insertar ciertas frases?
Escucho a gente como tú cuando estoy en la UAM, a ver cómo están hablando esos batos, por qué dicen nacks como una forma peyorativa de no llamar a los “nacos”. Oigo a los choferes, a los cantineros, a mis hijas, a mis amigos, todas estas expresiones las han captado mis oídos. Hay palabras que si alguien las usa en un lugar determinado puede pasar desapercibido. Todos creemos de alguna manera que las expresiones que usamos son entendibles y en realidad no es así.
-¿Por qué hacer este vocabulario, no comprendía ciertas palabras de sus alumnos o de sus amigos? ¿Todos hablan extraño?
Casi. Entre mis hijas, que no crecieron juntas, y que hay 20 años de diferencia, surgen palabras raras. Hubo una época cuando mi hija menor Camila, escuchaba a Berenice, su hermana mayor, me decía ‘por qué habla así’. Porque Berenice tiene mucho el ‘weyeo’, muy de la época de los 90s. Camila no pertenece al ‘weyeo’, lo entiende pero le parece excesiva la frecuencia con que lo escuchaba en los 90s, es chocante para los que no somos de esa generación. Mi hija de 20 y yo de 65, estamos de acuerdo en que la de 40 está hablando raro todo el tiempo.
-De joven, ¿Cuál era su palabra favorita?
Nefasto, que ahora de repente ya se usa. A mí me parece superpadre como verbo, ‘ese cuate anda nefasteando’ o blofeando, todos los que jugamos póker la hemos usado. Este libro es un vocabulario, a propósito de un idioma que conozco bien, que es el que usan los mexicanos y me llama la atención su forma de hablar, no porque sea mejor o peor el lunfardo de Buenos Aires, sino porque vivo en esta ciudad, crecí en esta ciudad y he visto como se ha modificado el idioma de esta ciudad.
-¿Por qué afirma que los 50s fue una etapa patética?
Creo que fue una época nefasta, muy autoritaria, muy machista, muy de ‘arriba México hijos de la chingada’, ‘como México no hay dos’ y todos teníamos que ser felices como Pedro Infante. Además, los hijos tenían que obedecer a ciegas, las mujeres tenían que decirles ‘sí papacito’ a sus novios y todos teníamos que ser como mariachis jalisciences. En los 40s y 50s es cuando empieza la mitología extravagante de que lo mexicano es de Jalisco y se hace inmensamente popular con la época de oro del cine mexicano. Fuimos muy ingenuos.
La tetez, la literatura y el Facebook
Desde que era niño, Héctor Manjarrez estuvo rodeado de libros. Quizá por eso está más preocupado ahora por leer que publicar textos en periódicos o revistas. Recuerdos agridulces invaden su mente cuando habla de su niñez. En su casa de la colonia Condesa había grandes libreros donde se amontonaban tomos de su padre y su madre. A esa edad, le gustaban los libros de Salgari o de Verne, en particular el personaje del capitán Nemo le parecía fascinante por misterioso.
“Uno no puede leer a Salgari de adulto, es muy primitivo. Un día cualquiera dije ‘ah voy a leer Veinte mil leguas de viaje submarino, lo empecé a leer y de repente aprecié que había unas anotaciones a lápiz y empecé a leerlas. Me di cuenta que lo había releído, estaba bastante nítido y notas críticas, sarcásticas. Me divertí como un niño, me decía: quién le va a creer esto a Verne, es imposible, hace 20 páginas dijo lo contrario”.
Manjarrez echa tímidamente un anzuelo a su memoria. Su madre era maestra de inglés y de su padre no tiene recuerdos, se fue con otra mujer. Lo cuenta un poco en su novela Yo te conozco, donde narra la historia de la última infancia de los Romanitos, Julio César y Antonio, y con ello de su madre abandonada por su padre. Una historia casi autobiográfica, todo ocurre en una escenografía de mediados de los 50s en México.
“Creo que uno a veces tiende a decir que la infancia de uno fue infeliz y en realidad no lo fue tanto cuando lo piensa. Cuando uno es infeliz de niño, uno es horriblemente infeliz y el mundo se te cierra espantosamente y no sabes que hacer”.
El autor de No todos los hombres son románticos afirma que esa época era un mundo muy hostil para los niños. En los 60s, las cosas cambiaron poco a poco en el país y se transformó la conducta indiferente del adulto hacia los chamacos. La gente se volvió más cariñosa con los mozalbetes propios y ajenos.
A sus 65 años de edad, Héctor Manjarrez sigue escribiendo a mano, antes lo hacía con pluma fuente, lápiz y ahora mueve su bolígrafo-plumín sobre las hojas blancas tamaño carta. El internet, las nuevas tecnologías, las redes sociales no han alterado su forma de escribir.
Sin embargo, es inevitable el uso de la computadora: pasa sus textos del papel a la pantalla, imprime y corrige. Dice que lo maravilloso es que “ya no tienes que reescribir todo, Nada más borras en pantalla, haces los cambios y ya. Evito esas horas estúpidas en las que me la pasaba reescribiendo todo a máquina”.
¿Tiene Facebook o Twitter?
No, no. Al Facebook probablemente sí le entraría. Titubeo todos los días, veo su lado útil. También temo que me vuelva un poco adicto, que me quite tiempo, que empiece a quedarme pegado en el pinche face y a ver que me dijeron, que está pasando… Al twitter no le veo la utilidad.
¿No le preocupa que alguien en Facebook le robé su identidad como le pasó a Mario Vargas Llosa?
Jajaja te refieres a ese italiano que inventó decenas de entrevistas con autores famosos, ¿no?
–Sí, el tal Tomasso Debenedetti, que se presentaba como periodista “freelance” y realizó entrevistas falsas con Laura Pérez Esquivel, Manuel Vázquez Montalbán, John Grisham, Joseph Ratzinger, Mijail Gorbachov o Noam Chomsky…
Podrían ser usurpadores de palabras. Porque este cuate inventaba entrevistas que eran muy creíbles, tenían algo muy raro hasta que lo descubrió el mismo Philip Roth, a quien imaginariamente lo había entrevistado en muchas ocasiones. Sus textos eran muy verosímiles. Pero no creo que nadie se fije en mí, jajaja.
-A sus alumnos, a las personas que quieran dedicarse a la escritura, ¿qué les recomendaría?
Mi consejo es leer, leer y leer.
-¿Es cierto que a los jóvenes les encanta la inmediatez del internet y el copy paste?
Tenemos un problema grave en este país, la gente no lee. No los jóvenes. Los jóvenes no leen porque sus papás no leían, y los papás no leían porque los abuelos no leían. En mi taller de lectura de la UAM hay mucha gente que ahí lee su primer libro, por primera vez leen literatura. Se dan cuenta que existe ese tal Cortázar y que tiene cuentos maravillosos. Un libro puede ser la diferencia, puede cambiar tu vida. Si te aficionas a la lectura, seguramente te aficionarás a la escritura.
Héctor Manjarrez es un caza-palabras pero también un padre que le gusta hacer de comer, compartir la mesa con sus hijas y caminar todas las mañanas por el sur de la ciudad para comprar el periódico, disfruta ver sus dedos manchados de tinta. A la UAM-Xochimilco va una vez a la semana para impartir sus clases de lectura-escritura y, cuando se encuentra en un lugar fijo, siempre está leyendo algo o haciendo notas para un nuevo libro.
Mucho tiempo hizo periodismo en publicaciones periodísticas y literarias, pero dice que con los años ha aprendido a obedecer sus propios deseos. Ahora sus apuntes y lecturas están al servicio de la narrativa.
“A mí me encanta el periodismo. Diría que el periodismo no es menor que la narrativa. Me fascina el periodismo y admiro mucho a los periodistas. Sin embargo, hay que aclarar una cosa: el periodista tiene que ser fidedigno, digno de fe y el narrador debe ser verosímil. El narrador puede mentir, el periodista no. Esa línea intermedia a veces no es tan clara en Martín Luis Guzmán, por ejemplo. Él fue un gran periodista y narrador. La prosa de Guzmán es tan extraordinaria que te arrebata, a mí por lo menos me saca a bailar siempre”.
Como dice la bella española Laura Gibellini, un personaje de la reciente novela de Guillermo Fadanelli Hotel DF : “Los mexicanos deberían traer consigo un instructivo o un manual para ser comprendidos. Bueno, lo primero es saber si existe una persona capaz de comprenderlos, y lo dudo mucho”…
Si te sientes un poco como ella, aquí varias palabras y expresiones que nos ofrece el Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos…
alemanita. Autoerotismo: “Tuve que recurrir a la alemanita”.
broncononón. Mega bronca: “El partido acabó en un bronco- nonón”; súperpancho, graves problemas: “Mejor ni te cuento, traigo un broncononón”.
cambiarle el agua a las aceitunas. Mear, orinar: “¿Aquí dónde puede uno cambiarle el agua a las aceitunas?”
cuícuiri. Expresión burlona, seudocampirana: “¿Creíste que te iba a vender mi rancho? ¡Pos cuícuiri!”
de a devis. De verdad, en serio: “Te voy a pagar de a devis”; legítimo, genuino: “Es mole negro de a devis”.
encueratriz. Mujer que se desnuda en público a cambio de un salario: “Se fueron a chupar y a mirar a las encueratrices”.
fábrica de cacahuates. El escusado o sanitario o váter o taza o excusado o esquiusmi: “Ahorita regreso, voy a la fábrica de cacahuates”.
gerontojipis. Los que siguen siendo muy sesenteros: “Ya vístete más con la época, pareces gerontojipi”; los que tocan Rock Ru- quito o Ruco Rock: “El roquero Santana es el típico gerontojipi”.
hacer cinco letras. Coger: “Ésos ya no regresan, se fueron a hacer cinco letras”.
ira, ire. Mira, mire: “Ira, no estés fastidiando”, “Ire, yo le saco los golpes a su coche en media hora”.
jechu. Jefa, jefecita, madre, mamá, mamacita, mamita, cabecita blanca, etc.: “¿Cómo está mi jechu, mejor?”, ¿“Qué le vas a regalar a tu jechu para el Día de las Móders?”; también se dice de las Jesusas: “La Jechu anda medio alicaída”.
kikos. Besos, ósculos: “Lo cubrió de kikos, la muy emotiva”; una cafetería muy popular de los años cincuenta: “Nos vemos en Kiko’s”.
¿ladrónde? ¿De dónde sacaste eso?: “¿Ladrónde la nueva ro-pita?”
llevar al baile. Engañar, engatusar. “A mí no me llevas al baile, búscate otro pendejo”.
me la pelas, me la pellizcas. Eres inferior a mí; me pelas el prepucio: “Tú y todos tus cuates a mí me la pelan”.
nalga. Amante, ligue, novia o novio; torta, tortita. Se usa en femenino para ambos sexos: “Lucrecia trajo una nalga que era un verdadero hígado”. Curiosamente, las mismas personas que avisan que “van a traer una nalga a la fiesta” pueden incurrir en la cursilería pudibunda mexicana y decir que —en el metro, por ejemplo— alguien les sobó “las pompis (o pompas o pompiux)”.
ñapa. Extra, pilón, yapa: “Quiero mi helado con ñapa”.
¡ohts! Exclamación amigable que significa que se niega una información: “¿Andas de novia con él? / ¡Ohts!”
pecerdos. Mote peyorativo para los peseros (transporte colecti- vo privado) y choferes que los conducen: “Se me cerró grueso un pecerdo al salir del Peri”.
quechitos, las del quechito. Dícese de las lesbianas.
robolucionarios. Numerosísimos miembros del Partido Revo-lucionario Institucional.
¡se la mama! Prefiero no ofrecer ninguna interpretación. Equivale a decir “¡Es un chingón!”, como en “¡Ese actor se la mama, qué actuación!”
también en Amecameca hace aire. Esto sucede aquí y en todas partes.
uyuyuy. Alguien admirable, deseable, formidable, simpático, nec plus ultra. “¡Ya les llegó su uyuyuy, muchachas!”, pro- clamaba Jorge Negrete con su voz y su sonrisa. También significa jefe, líder, cacique, chingón, nalgón: “Panchita es la uyuyuy de esa generación”.
¡verde! ¡Verga!, como en “¡Verde!, qué chavo más guapo”.
wacho, uacho. El reló, reloc, reloj: “¡Me volaron el wacho en el Metrobús!”. (Del inglés watch.)
xuchi. Su chingada (madre): “Es un hijo de xuchi”.
ya no le caben más veintes. Se dice cuando alguien ya no entiende; los teléfonos públicos de antaño funcionaban con monedas de veinte centavos y tarde o temprano se llenaban.
¡zafo! Se exclama cuando uno no quiere ver a alguien o par- ticipar en alguna actividad; es sobre todo expresión infantil: “¿Por qué no vamos a patinar sobre hielo? / ¡Zafo!”