<i>Cosplay</i> en la Caravana por la Paz

Paris Martinez (@Paris_Martinez) · 6 de junio de 2011

<i>Cosplay</i> en la Caravana por la Paz

Arturo es un árbol de lentes y larga barba, que porta una corona de hojas, una camisa de hojas, sus piernas son de un café profundo, como el del un tronco recio, mientras que dos tonos de verde colorean su cara.

En la copa de Arturo una sola rama se alza, con una sola hoja, enorme ésta, en la que puede leerse una frase: “Alto al ecocidio nacional”.

-¿Qué hace un árbol en la Caravana Ciudadana por la Paz y la Justicia con Dignidad, a bordo de un autobús de motor a diesel, justo en el Día Mundial del Medio Ambiente? -se le pregunta.

– Pues protesto contra la devastación del planeta -aclara Arturo-. Desde hace 35 años participo en maratones, portando mantas que buscan llamar la atención de la gente en torno a cuestiones ambientales, pero esta vez acudo a la Caravana en solidaridad con el poeta Javier Sicilia, porque así como él perdió un hijo, yo perdí un hermano y a dos sobrinos.

El árbol hace memoria, pero antes de narrar su pena, aclara que ha debido “fortalecer el corazón, no llenarlo de rencor y odio, sino de civilidad y sensibilidad”, para poder continuar una existencia feliz.

Hace tres años, recuerda Arturo, sus sobrinos fueron asesinados en Michoacán, cuando intentaron despojarlos del auto en que viajaban, y su hermano fue víctima de un sicario que, antes de ser capturado, mató a otras tres víctimas.

“Estar aquí -explica- con el poeta Javier Sicilia y con los deudos de la nación, con mucha gente que tiene su corazón pisoteado, nos permite consolarnos y reconfortarnos mutuamente. Hay que dejar de ser individualistas y pensar en el bien del otro, porque en el bien del otro está también tu bien.”

– Y, ¿qué te dice la gente, cuando ve a un árbol con razgos humanoides correr calzando unos tenis Nike?

El árbol ajusta sus lentes, en señal reflexiva.

– Cuando venía, mucha gente me dijo “Arturo, ustedes van en busca de una utopía”, pero yo les dije que no, no es una utopía luchar contra las transgresiones al amor del otro, contra la barbarie de la humanidad que te pisotea, cuando a alguien se le asesina. Pelear en contra de eso no es utópico” -dice el árbol.

Luego sonríe para la cámara.

El Árbol
El Árbol

 

Las aventuras del ingenioso Hidalgo don Miguel Gregorio Antonio Ignacio

-¡¿Que qué le diría yo a Felipe Calderón si lo tuviera enfrente?! -dice el cura Hidalgo, mirando al cielo y repitiendo la pregunta que acaba de serle formulada- Pues le diría lo mismo que le dije al virrey Venegas, luego de que gané la batalla del Cerro de las Cruces: “¡Ríndase!”.

– Pero el Virrey no se rindió… -se le insiste.

– No… Por eso ahora recorro nuevamente los sitios que hace 200 años me vieron pasar, durante la guerra contra los gachupines. Desde hace un año y cuatro meses, diariamente avanzo al menos 15 kilómetros con el estandarte en la mano. Ya recorrí todo el Bajío, y pasé por toda la intendencia de Michoacán y la del Estado de México. Ahora -advierte- me dirijo a Ciudad Juárez, con la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad.

– Y ¿cuál es su nombre, el real?

– ¡Qué no me conoces! Cuando me ven, los niños y las niñas saben perfectamente quién soy y lo que he hecho, pero no pasa así con los adultos, como tú: algunos me han confundido con Morelos, o con Benito Juárez, incluso con Cristóbal Colón. Pero no, contestando a tu pregunta, mi nombre es Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor… alias El Zorro.

– !Vaya apodo!

Hidalgo
Hidalgo

– Sí -admite el padre de la patria, en cuya calva testa comienzan a brotar nuevamente los cabellos, rasurados diariamente a navaja-, así me pusieron en el colegio de San Nicolás, porque, según decían, tengo una mirada muy sagaz y, aunque siempre fui algo tímido, también me conocían por mi inteligencia.

Luego, el prócer cede su cuerpo, sólo por unos minutos, al más modesto Pepe Ortiz Urenda, para quien la Caravana por la Paz no es sólo una buena oportunidad para hacer llegar al personaje histórico hasta Chihuahua, sino también para unir su voz de víctima de despojo, a las de el resto de los mexicanos que han sufrido de la delincuencia, la impunidad y la corrupción.

“Quise hacer -reconocePepe, en tono de absoluta humildad- lo mismo que hizo aquel gran hombre, recorrer todos y cada uno de los lugares por los que él pasó y por los que vivió la guerra de Independencia. Nosotros también tenemos algo por lo que protestar, así que aquí estamos, no tengo la divinidad del Hidalgo original, su saco me queda muy grande, pero lo hago con mucho respeto… Quiero que Hidalgo sea para esta marcha un símbolo, como lo fue aquel gran hombre para todo el país.

Yayo
Yayo

Yayo y el tigre

Yayo es un mimo que, cuando acepta hablar, lo hace mezclando la comedia con la tragedia. “Pedirle algo al gobierno –explica- es como pedirle a un tigre que se haga vegetariano y esperar que te conteste… yo podría pedirle a Calderón que devolviera la educación artística a las escuelas del país, pero podríamos pedirle cualquier cosa (que modifique la política económica, que frene el tráfico de armas, que le haga caso a Sicilia), pero no entendería… o, mejor dicho, sí entendería y por eso le daría la vuelta al reclamo, como ocurre hasta ahora, cuando ya se le ha dicho mucho, y no hace nada”.

Yayo es un payaso de nariz roja, que dirige el coro de risas de la Caravana por la Paz cuando, en una pausa, hacen falta carcajadas para reconfortar al grupo, luego de seis horas contínuas de viaje en carretera. Y, gracias a él, por unos minutos las víctimas de la guerra contra el crimen organizado, que viajan a lo largo de la llamada “ruta del horror” con rumbo a Ciudad Juárez, se convierten en clowns y corren junto al mimo, sin moverse de su lugar, y suman motocicletas invisibles al convoy de vehículos en los que se trasladan los manifestantes, y la alegría es, por ese breve instante, otra forma de protesta.

“Tengo 33 años de carrera profesional, haciendo clown y pantomima. No soy un activista, aunque he participado en distintos movimientos sociales, sino un artista comprometido con mi país, un artista que necesita vivir en paz, soy, al fin y al cabo, una víctima igual que todos, ya que en la medida en que mi país está jodido, uno se convierte en víctima de pasada”.

Detrás de la bola roja que Yayo tiene por nariz está Mario Galindo, uno de los integrantes de la comunidad artística e intelectual de Cuernavaca que puso en marcha, aún cuando Javier Sicilia no se hallaba en el país, el movimiento civil que se levantó tras el asesinato del hijo del poeta, Juan Francisco y sus seis amigos; movimiento que logró convocar a 25 mil personas en la capital morelense para manifestarse en contra de la violencia, la concentración más grande de que tenga memoria la ciudad de la eterna primavera.

“La muerte del hijo de Javier es la tragedia más cercana que me ha tocado vivir, a causa de esta violencia –dice Mario-. Y es el arte el arma fundamental para echar a andar esta movilización que, de hecho, literalmente iniciamos los artistas. Sin embargo –aclara-, no estamos aquí como artistas, sino como personas, lo importante son las personas, no lo que hagan.”

 

Zapata
Zapata

 

Zapata contra las verdolagas caciquiles

Con un sombrero de charro, chaqueta de hilo dorado y corbatín tricolor, Emiliano Zapata presencia el mitin con que San Luis Potosí recibe a la Caravana, apoyado en una bocina.

Emiliano se sumó a la movilización desde Morelos, su tierra natal, y explica sus razones, aunque con pocas palabras: “En tiempos de la revolución, los hacendados despojaban de sus tierras al campesino, se extendían como las verdolagas, y Zapata los combatió, aún dejando las comodidades que gozaba como dueño de tierras de labor… Por eso lo traigo aquí, porque, para mí, el Caudillo del Sur es un ícono de la historia, necesario en la actualidad”.

Luego de que su mirada auscultadora disectara a su interlocutor, este Zapata del siglo XXI, habla con franqueza: “Preferiría no darte mi nombre… Esta es la primera vez que yo participo en un movimiento, y decidí tomar la imagen de Emiliano de forma espontánea, creo que esta es la mejor manera de unirme al dolor del señor Sicilia, en una condición de hermanos, de humanos. A él y a todos los que han sido víctimas, de una forma u otra, de esta violencia, yo les manifiesto mi fraternidad.”

No dice más. Se lleva las manos a los bolsillos, como extrañando las cachas de sus pistolas y, así, se suma a los cinco minutos de silencio con los que el poeta Sicilia pide, desde el templete, rendir homenaje a las personas asesinadas, desaparecidas, agraviadas de cualquier forma, a raíz de la estrategia belicista emprendida en este sexenio.