Corriendo contra el cáncer

Yazmín Quiroz · 28 de diciembre de 2010

Corriendo contra el cáncer

La última vez que Luz Elena corrió un maratón descalza lo hizo en Monterrey,  sobre el asfalto rayado por una uña mecánica, con un tiempo de  4 horas 29 minutos para reunir 8 mil 400  pesos y ayudar a enfermos de cáncer.

“Era muy doloroso sentir bajo las plantas la arenilla y los cortes de la carpeta asfáltica, pero hice el maratón completo y vendí 42 kilómetros”, comenta Luz, ensombrecida aún por el  fallecimiento de su madre en junio pasado, víctima de cáncer en el aparato digestivo.

Cada kilómetro era una nueva ámpula y mientras unas nacían,  las otras reventaban, el asfalto como un enajenado devorador de piel. “Tenía las plantas llenas de ampollas, sobre todo en los metatarsos y talones, pero no me detuve, no consumí analgésicos. Al terminar la carrera fui al servicio médico y me pusieron gasas empapadas con agua caliente”.

La mujer, de 34 años, tenía la inquietud de hacer algo en memoria de su madre, sin saber exactamente qué. De un conocido a otro se  enteró del trabajo de la asociación “Con ganas de vivir”, y se ofreció para correr con los pies desnudos.

“Es el ‘freak’ de las carreras”, dice el presidente de la asociación, Alfonso B. Aguilar Mercado.

Sí, Luz sabe que entre miles de maratonistas, más de un espectador buscará a la que corre descalza para cooperar con quimioterapias, radioterapias, estudios de laboratorio, medicamentos, nuevas tecnologías o posgrados para especialistas. En cada zancada ella mantiene viva una esperanza, sólo tiene que vender sus kilómetros.

Alfonso, con 11 años de trabajo en la trinchera de los mexicanos que se mueven por una causa, no permite tampoco que le roben el último aliento. “Se calcula que hay 168 tipos de cáncer, de ellos 152 tienen altas posibilidades de curación”.

Sin embargo,  nada resulta un milagro. Cuando las fotos de Luz aparecen en el portal electrónico de la asociación  hay quienes observan cuidadosamente para  enviar mensajes a manera de reproche:  “¡pero no le salió sangre!”, y entonces, tal vez no vale la pena deshacerse de 200 pesos por la audacia en cada kilómetro.

“Luz nos preocupa –dice Alfonso-. Correr descalza implica un alto riesgo de infección, puede sufrir daño en terminales nerviosas, pero también estamos convencidos de su gran fortaleza y agradecemos altamente su labor”.

Más allá, Alfonso reconoce  en los pies desnudos de Luz un mensaje que pocos leen. “Todos estamos desprotegidos  contra y expuestos al cáncer”.

Es al menos la opinión de alguien que 24 horas al día piensa cómo mitigar y enfrentar las consecuencias de un padecimiento tan sigiloso, diverso  y veloz, en un país cuyos recursos son insuficientes para declararle una guerra, aun cuando provoca tantas bajas.

“Cerraremos 2010 con 132 mil casos y 77 mil defunciones, siendo el de páncreas el más letal”, comenta Alfonso,  quien terminó 2001 con la muerte de su padre, tras 27 meses de intentar ganarle la batalla a un tumor cerebral.

“Por él estoy aquí. En el hospital –Siglo XXI del IMSS- mi padre nos decía ‘ayuden a conseguir un colchón de agua para la señora de tal cama, traigan un suéter para tal  paciente, luego se corrió la voz por todos lados y nos convertimos en ‘los que ayudan a la gente’”.

Para Alfonso resultaba imposible hacerse a un lado, ignorar a su padre y a sus vecinos de cama. Incluso convenció a sus amigos de ser donadores involuntarios de sangre para todo el que se las pidiera.

“Mi padre no entendía tanto esfuerzo. Es la factura que le pago al Diablo para que estés bien”, le decía, “porque así nos llevábamos, él fue ‘Guantes de Oro’ en el boxeo y también mecánico de autos de carreras, yo iba para flamante ejecutivo, pero heme aquí”.  Su padre le desvió el destino al terminar el suyo, en su casi séptima década.

Ahora tiene un equipo de mil 300 personas, entre donadores de sangre, abogados, quienes persiguen los recursos económicos, médicos,  consejo técnico de médicos, innumerables pacientes y el “freak”, que es Luz.

A ella no la desanima vender pocos kilómetros, seguirá corriendo descalza con una nueva estrategia de convencimiento, con un letrero grande que diga “Corriendo por la Vida”, entrenándose sobre avenida Reforma, donde el pavimento es suave y ella tiene la sensación de volar, de gozar cuando siente el frío.

Sabe que no es fácil, no lo fue este año para todo el equipo. La meta eran 140 millones de pesos en fondos y apenas rayan los 40.

Pero, todo es nada para Luz si puede colaborar con su esfuerzo para que alguien más logre tener una varilla de titanio en la columna o se reparen vértebras completas con cerámica, o se reconstruya un cráneo, o se puedan pagar los tres millones de pesos que vale un transplante de médula y el beneficiario sólo coopere con 3 mil.

La corredora por la vida tiene fresco el recuerdo de todo el dinero que ella y su familia derrocharon, regalaron o tiraron en tratamientos alternativos para curar a su madre.

“No hay chamán, veneno de ningún insecto, agüitas, ni nada que cure una enfermedad de este tipo en proceso avanzado”, comenta Luz cuando le viene a la cabeza que el cáncer es también un negocio redondo para dicharacheros de todos los niveles. No hay secreto: diagnóstico oportuno, acceso al tratamiento y apego al mismo.

Para el próximo maratón,  Luz Elena sabe que después del kilómetro 25 empieza un dolor capaz de sofocar sus pensamientos, pero nunca sus pies, los mismos que una buena tarde puso a disposición de “Con Ganas de Vivir” sin temores, lo único que dijo fue: “Viene el maratón de la Ciudad de México, voy a correr descalza, ¿te sirvo de algo?”.