Cocinar para no olvidar: la Navidad de una familia migrante que aprendió a quedarse en la CDMX

Israel Fuguemann · 25 de diciembre de 2025

Cocinar para no olvidar: la Navidad de una familia migrante que aprendió a quedarse en la CDMX

Es domingo por la mañana y, a un costado de las vías del tren, Didier Manuel corta minuciosamente carne, cebollines, ajos y aceitunas sobre un gran tablón de madera improvisado. La música que sale de su pequeño “rancho” es la de un cuatro venezolano y un arpa, instrumentos de la tradición llanera. Didier y Aracelis, su esposa, preparan hallacas, un platillo típico de la Navidad que solían cocinar en Barinas, en los llanos de Venezuela, de donde ambos son originarios.

A unos cien metros de distancia, en una pequeña cancha de baloncesto de concreto, voluntarios de una congregación cristiana organizan un convivio con piñatas, comida mexicana y juguetes para intentar llevar alegría” al último campamento de migrantes que resiste en la Ciudad de México.

Dos años atrás, cuando Didier y Aracelis aún pensaban en llegar a Estados Unidos, el entorno era muy distinto. Sobre las vías férreas —donde hoy se extienden decenas de habitaciones construidas con materiales recicladosera visible el pequeño parque de la colonia Vallejo, y la vida de los vecinos no había sido atravesada por la migración como lo está ahora.

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Foto: Israel Fuguemann

Las primeras familias que se instalaron en este barrio al norte de la capital lo hicieron por necesidad y con la idea de que sería algo pasajero. La falta de espacios seguros y de políticas públicas para la atención de la comunidad migrante por parte del gobierno de la Ciudad de México entonces encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardose vio rápidamente rebasada por el aumento del flujo de personas que viajaban hacia el norte del continente. Ante la ausencia de alternativas, miles de personas de distintos orígenes y culturas comenzaron a intervenir el espacio público para habitarlo.

Didier, de 48 años y albañil de oficio, salió de Venezuela hace poco más de ocho años. Antes de establecerse en la capital mexicana junto a su esposa e hija, probó suerte en Chile y Perú. Sin embargo, el endurecimiento de las políticas migratorias en ambos países los obligó a continuar el viaje, como a miles de personas más, con la esperanza de encontrar mejores condiciones de vida.

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El campamento ha cambiado mucho. Esto no estaba así de construido cuando llegamos. Éramos pocos y teníamos otros planes dice. Ahora sólo quedamos quienes queremos trabajar y vemos a México como un país de oportunidades. A pesar de no tener agua ni baño, vivimos tranquilos, estamos haciendo nuestra vida, pero sabemos que tarde o temprano tenemos que salir de aquí. Sin los papeles regularizados aún no podemos hacerlo.

Tras el endurecimiento de las políticas migratorias del gobierno de Donald Trump y la imposibilidad de cruzar la frontera, los planes de la familia cambiaron. México dejó de ser un país de paso y se convirtió en su nuevo hogar. Con el tiempo, la integración a las costumbres mexicanas se ha dado de manera gradual, aunque en la memoria de Didier los llanos venezolanos siguen intactos. Por eso, cuando cocina las hallacas ese envuelto de harina de maíz en hoja de plátano que resume el mestizaje venezolanoy escucha su música, la mirada se le pierde en los recuerdos.

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Foto: Israel Fuguemann

Buenas intenciones

La piñata en forma de estrella que cuelga del aro de baloncesto se balancea mientras un grupo de niñas y niños del campamento intenta romperla entre gritos y risas. El convivio ha sido organizado por Generación con Propósito, una congregación cristiana del Estado de México que busca ofrecer apoyo social a distintos grupos vulnerables.

Ire González, trabajadora social e integrante de la congregación, explica que a través del proyecto Todos a la mesa buscan crear un espacio donde los migrantes puedan relajarse y olvidarse, aunque sea por un momento, de sus problemas, especialmente en fechas como la Navidad.

No venimos desde una posición de privilegio dice, sino desde la conciencia de que cualquiera de nosotros podría estar en esta situación.

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Sobre la mesa instalada en la cancha, grandes ollas despiden vapores y olores que se mezclan con el aire frío invernal. El menú incluye costillas de cerdo, puré de papa, pasta y dulces. Comida preparada con buena intención, aunque distinta a la que muchas familias migrantes están acostumbradas a comer en estas fechas.

María Ester Cárdenas, de 70 años y miembro de la congregación, observa el convivio con atención. Reconoce que la ayuda que ofrecen es mínima frente a las necesidades reales del campamento y expresa opiniones críticas sobre la ausencia de hombres y la situación de las mujeres migrantes.

Yo no sé dónde están los padres de estos niños dice. Veo muchas mujeres solas y niños sin papá. También pienso que no creen mucho en Dios porque están muy dolidas, pero eso no te lo van a decir aclara en voz baja.

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Foto: Israel Fuguemann

La burocracia mexicana

Cada semana, organizaciones humanitarias, civiles y grupos religiosos visitan el campamento con comida, ropa, medicamentos y mensajes de fe. Su presencia, más allá de cubrir necesidades básicas que el gobierno no atiende, es fundamental para mantener la atención sobre el campamento, especialmente ante el hostigamiento de grupos de choque y vecinos inconformes. Sin embargo, siguen sin resolverse las necesidades estructurales: empleo formal, vivienda digna, educación y regularización migratoria.

Rodrigo, asesor independiente en derechos humanos, ha acompañado durante poco más de dos años a muchas de las familias del campamento en sus procesos de asilo y regularización.

s allá de la ayuda inmediata, que es importante, lo que necesitan son oportunidades reales afirma. Y eso sólo se logra con documentos.

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El trabajo de Rodrigo, junto con el de organizaciones como el Instituto Federal de Defensoría Pública (IFDP), ha permitido que este sea el único campamento que permanece en pie. A través de asesoría legal y la promoción de un amparo ante un juzgado de la Ciudad de México, se logró frenar el desalojo y obligar a autoridades, como la Secretaría de Bienestar e Igualdad Social, a salvaguardar el derecho humano a un alojamiento humanitario para las personas migrantes.

Actualmente, en el campamento viven alrededor de 240 personas; de ellas, 180 se encuentran en alguna etapa del proceso de asilo o regularización migratoria. Durante el último año, el proceso se ha vuelto más complicado debido a la intención del gobierno capitalino, encabezado por Clara Brugada, de desmantelar los campamentos.

Aunque trámites como el RFC o la CURP provisionales están garantizados tras solicitar asilo humanitario y deberían facilitar el acceso al trabajo, la vivienda y los servicios básicos, Rodrigo señala que la falta de voluntad del Instituto Nacional de Migración entorpece los procesos y orilla a muchas personas a optar por los llamados retornos voluntarios”.

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Foto: Israel Fuguemann

“Nacida en México”

En el rancho de Didier y Aracelis hay un motivo más para celebrar. Su nieta, Keiliannis, nacida hace apenas diez días —el mismo día de la Virgen de Guadalupe, es la primera de la familia en contar con documentos legales mexicanos.

Didimar, su madre, camina con dificultad tras la cesárea, pero sonríe al mostrar el acta de nacimiento. El documento abre la posibilidad de tramitar la regularización por vínculos familiares, que permitiría a ella y a Keiner, su pareja, obtener la residencia permanente.

El siguiente obstáculo es económico. El trámite ante el Instituto Nacional de Migración cuesta alrededor de 20 mil pesos para una familia como la suya.

Dinero que no tenemos dice Didier.

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A partir de 2026, los costos aumentarán tras la aprobación de la Ley Federal de Derechos, que contempla incrementos significativos en los trámites migratorios, incluso con descuentos humanitarios.

Mientras tanto, la familia mantiene el ánimo. La música sigue sonando, las hallacas se cuecen lentamente y, aunque el futuro es incierto, por ahora la Navidad es una excusa para compartir, recordar de dónde vienen y sostener la esperanza de que lo que está por venir sea más digno que la espera.