Manu Ureste · 25 de marzo de 2026
A las diez de la mañana del 22 de febrero, La Barca empezó a vaciarse.
No fue de golpe, sino como una retirada lenta, casi ordenada, como si alguien hubiera dado una instrucción que todos entendieron sin necesidad de escucharla en voz alta. Primero pasaron las patrullas, luego los rumores, después los mensajes en redes. Y finalmente, el miedo.
“Cierren. Métanse. Está muy feo”.
Elizabeth García —que busca a su hermano Jorge Alberto García González desde el 18 de marzo de 2022— asegura que lo recuerda con precisión. Era domingo y estaba trabajando en un local de comida cuando una familia llegó corriendo a advertir lo que ya ocurría afuera: rumores de balaceras, carreteras bloqueadas, vehículos incendiados. En cuestión de minutos, las salidas del municipio —hacia Guadalajara, hacia Morelia, hacia los pueblos vecinos— quedaron cerradas. La Barca, un municipio jalisciense de unos 40 mil habitantes en la frontera con Michoacán, quedó incomunicado.

“Para la una de la tarde ya no había nadie. Ni negocios abiertos, ni carros, ni gente. Era un pueblo fantasma”.
Un mes después de ese 22 de febrero, cuando Nemesio Oseguera, alias “El Mencho”, fue abatido, la escena visible es otra: las calles volvieron a llenarse, las escuelas reabrieron, los comercios levantaron las cortinas. Pero la normalidad es apenas superficial. Debajo, el miedo sigue ahí, como una capa invisible que ordena la vida cotidiana.
“Parece que está en calma, pero solo parece”, dice Elizabeth.
En La Barca, la violencia no siempre se escucha. A veces simplemente se ve.
Camionetas estacionadas junto a un campo de beisbol. Hombres que ostentan armas a plena luz del día. Jóvenes que vigilan, observan, reportan.
“Siempre ha habido eso (narco), pero antes no era así”, dice Elizabeth. “Ahora los ves abiertamente. Están más descarados”.
Son los “punteros”, los halcones. Durante algunos días se escondieron tras la jornada violenta del 22. Pero regresaron. Y su regreso, más que tranquilizar, terminó de confirmar quién manda y de imponer un manto de silencio en el pueblo.
“Parece que no hay autoridad. Sí hay Ejército, sí hay patrullajes, pero ellos siguen como si nada”.
La escena se repite en distintas colonias: presencia armada a plena luz, vigilancia permanente, control territorial ejercido sin confrontación abierta. Una violencia que no necesita estallar para hacerse sentir.

En las cifras oficiales, La Barca casi no existe.
Entre el 1 de enero de 2025 y el 23 de marzo de 2026, en todo Jalisco se registraron mil 74 denuncias por desaparición, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas. Más de la mitad —557 personas— siguen sin ser localizadas. En municipios como Guadalajara, Zapopan o Tlajomulco, los casos se cuentan por cientos.
En La Barca, en ese mismo periodo, sólo hay dos denuncias formales.
La cifra no refleja la realidad. La oculta.
“Aquí no hay denuncias”, dice Elizabeth. “Pero desaparecidos sí hay. Muchos más. No sabría decir un número exacto, pero al menos son decenas”.
No hay colectivos locales de búsqueda. No hay brigadas. No hay fichas pegadas en postes o paredes. No hay rastreos en campo.
No hay, en apariencia, desaparecidos. No existen.
Pero lo que sí hay es miedo.
Hace unos meses, Elizabeth tuvo contacto con familias de al menos cinco menores desaparecidos. Intentó orientarlas con lo típico en estos casos y con lo que ya ha aprendido a base de acompañar muchos casos como el de su propio hermano desaparecido: denunciar, buscar, rastrear teléfonos, contactar colectivos.
No quisieron.
“Tenían miedo. Mucho miedo”.
En algunos casos, los propios jóvenes enviaron mensajes a sus familias diciendo que estaban “trabajando” y que pronto mandarían dinero. En otros, simplemente no volvió a saberse nada.
El silencio, en La Barca, no es ausencia de violencia. Es una forma de sobrevivirla.

Juana, comerciante de 53 años de La Barca, lo resume en una frase: “no sabemos nada de él. Es como si se lo hubiera tragado la tierra”.
Su hijo, José Ramón, desapareció hace tres años y medio. Tenía 29 años.
No hay pistas. No hay avances. No hay seguimiento. Ni tampoco interés de las autoridades de Jalisco.
“Una vez vinieron de la fiscalía estatal, dijeron que estaban investigando y ya no volvieron más por aquí”.
Juana, como Elizabeth, es de las pocas personas que sí denunció. Dice que lo hizo porque nunca recibió amenazas. Porque no tenía nada. Porque no sabía nada.
Pero incluso así, la búsqueda se ha vuelto un proceso solitario, fragmentado.
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“No tengo miedo. Después de ver tantas cosas que he visto en el Semefo… eso ya supera el miedo. Pero no participo en las búsquedas porque son en Guadalajara y se me complica mucho. Tengo que trabajar”.
Lo que queda es la incertidumbre convertida en certeza.
—¿Tiene esperanza de encontrarlo con vida?
—No. Mi hijo está muerto.
No lo dice como una hipótesis. Lo dice como una forma cruda y tajante de cerrar una herida que nunca cerró.
“Lo único que quiero es encontrar su cuerpo. Eso me daría, al menos, un poco de paz”.

El miedo no solo desaparece personas. También reduce la vida cotidiana.
En La Barca, después de las nueve o diez de la noche, las calles se vacían. No hay gente, no hay tránsito, no hay actividad.
Las ventas han caído. Comerciantes como la señora Juana, hablan de pérdidas de hasta el 50 %. Los taxis dejaron de salir a comunidades cercanas después de la caída de “El Mencho” y los bloqueos y la violencia que trajo el suceso. Algunos negocios siguen operando a medias o de plano bajaron la cortina.
“La gente prefiere no salir a la calle”, dice Juana.
El impacto económico es visible en las tiendas vacías, cerradas antes de tiempo, o cerradas totalmente. Pero el más profundo es menos tangible: la modificación de hábitos, de rutinas, de límites.
La ciudad se encoge.
Hay otra escena que se repite y que preocupa más que cualquier balacera.
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Camionetas recorren comunidades cercanas a La Barca. Hombres se acercan a niños. Les dan calcomanías.
Del Cártel Jalisco Nueva Generación. El temido CJNG. Las cuatro letras.
“Mi nieto me dijo: ‘nos las dan los de la maña, abuelita’”, cuenta Juana.
No es un gesto menor, dice ella. Es una forma de presencia. De normalización. De siembra para el futuro inmediato.
“Les están lavando la cabeza desde pequeños”.
El reclutamiento, según testimonios locales, ya no es excepcional. Es cotidiano. Puede ser forzado o voluntario, pues el crimen organizado sabe muy bien cómo aprovechar la vulnerabilidad económica y de falta de oportunidades educativas y laborales de la ciudadanía.
Puede empezar con un mensaje, con una oferta, con un teléfono.
O con una simple calcomanía con las cuatro letras.

En La Barca no hay marchas multitudinarias por los desaparecidos. No hay protestas visibles. No hay grandes operativos de búsqueda.
Lo que se extiende por las calles es otra cosa: silencio.
Un silencio construido por el miedo, por la desconfianza en las autoridades y el abandono institucional, por la certeza de que denunciar puede ser todavía mucho peor que callar.
Un silencio que reduce las cifras oficiales a números mínimos y convierte la realidad en algo que no queda registrado, para regocijo de autoridades que luego salen a presumir esas caídas drásticas en las estadísticas.
Un silencio que permite que todo siga funcionando.
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Que las escuelas abran.
Que los negocios vendan. Menos, pero que vendan.
Que las calles se llenen… durante el día.
Porque en cuanto cae la tarde, el pueblo vuelve a recordarse a sí mismo lo que es.
Un lugar donde la calma no significa paz, ni certidumbre.
Sino control.