Marcela Nochebuena · 19 de septiembre de 2025
Teatro, atelier de costura y diseño, serigrafía y música se han convertido en vías a la reinserción y en fuentes de trabajo para personas dentro y fuera de reclusión. Residencia Cana 77 inició como un proyecto en pandemia con un taller de dibujo, pero en 2023 logró tener una primera exposición con prendas confeccionadas dentro del Reclusorio Sur.
Roy Rodea, quien confeccionó esos primeros modelos, aún está privado de su libertad, pero este fin de semana su trabajo volverá a acercarse al público en general. Ahora serán 81 piezas confeccionadas por él y por otros dentro y fuera de reclusorios, presentadas en una pasarela por personas del gremio cultural, artístico y deportivo.
Esa será la primera muestra de las actividades que seguirán sábado y domingo, a las que se sumarán la compañía de teatro penitenciario de personas liberadas Calacas y Diablitos, mediante la representación de la obra La Espera, y su taller de serigrafía, Estación Garibaldi, el atelier de costura y diseño y Not Your Mamacitas.

“Junto con las personas que estamos aquí afuera gestando estos talleres, estas capacitaciones, tanto de costura y serigrafía, logramos crear unos talleres de capacitación laboral a través de trabajo penitenciario, y en 2025 nos damos a la tarea de que todas estas piezas tengan una pasarela”, explica en entrevista Ismael Corona, quien forma parte de la Residencia Cana 77.
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La inspiración de las prendas es la estética canera, la cultura chola y la figura del guerrero espartano que representa al Reclusorio Preventivo Varonil Sur como eje gráfico y declaración de identidad colectiva. En ellas subyace la idea de que cada modelo y prenda es de un “guerrero”, que ha enfrentado sus propios infiernos y está emergiendo, como Odiseo regresando a Ítaca. “La esperanza del regreso, la espera por llegar”, sostiene el colectivo.
La puesta en escena —explica Corona— será el hilo conductor de tres días de actividades que comienzan este viernes por la tarde en el Jardín Escénico del Centro Cultural del Bosque con la pasarela performática de las prendas confeccionadas por personas privadas de la libertad. En esa historia, precisa, hay mucha correlación entre la compañía de teatro, nacida en Santa Martha Acatitla, y las personas del Reclusorio Sur.
Ahí, la inspiración en distintos fragmentos de La Espera, una obra testimonial dirigida por Conchi León a cargo de la compañía de teatro penitenciario Calacas y Diablitos, se fusionará con el rap de Antonio Cruz OG Lilman, rap canero, cuyas rimas provienen sobre todo de su estancia en un centro penitenciario.
“Por eso es una pasarela performance. Van a suceder fragmentos de la obra de teatro, y después la pasarela, y al final textos de una persona privada de su libertad del penal femenil de Yucatán, dichos por la maestra Conchi, y vamos cerrando con el colectivo Not Your Mamacitas, que son un colectivo de raperas; Dulce 7 estuvo en algún momento en el penal de Santa Martha, y cuando obtiene su libertad, ella capacita a otras raperas, otros raperos en el sistema penitenciario y fuera”, explica Corona.

Ellas mismas se definen como un crew de mujeres artistas militantes dentro de la cultura hip hop. Akira, Cabra Frenesí y XibAlbal se ensamblaron en 2022 y cada una aporta al proyecto “para construir colectividad en una alianza sonora y sorora”. Sus letras abordan lo cotidiano, problemáticas de género, así como diversos estilos y géneros musicales.
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La pasarela performática ocurrirá este viernes 19 de septiembre a las 7:00 de la noche. El sábado 20 de septiembre a las 6:00 de la tarde se presentará Not Your Mamacitas, mientras que el domingo a las 5:00 de la tarde cerrará la obra La Espera, que narra la vida antes, durante y después del encierro.
Todo ese complejo de talleres y expresiones artísticas que describe Ismael Corona se convirtió en la Residencia Cana 77. El actor explica que estas actividades generan ofertas de trabajo, como en su propio caso, que empezó en el teatro y con el tiempo se fue capacitando en la serigrafía, mientras que Roy lo hizo en la costura.
“Él, privado de su libertad, y yo aquí afuera dijimos: ‘Ok, una cosa es nuestro entorno social, nuestro entorno de amistad, pero otra es el entorno laboral, qué pasaría si lo mezcláramos’”, se preguntaron. En ese momento nació la idea, que adquirió “pies y forma” con la ayuda de Sandra Garibaldi y un fondo para el desarrollo social.

En ese tránsito, relata, fueron descubriendo que los oficios se podían replicar y compartir para las personas privadas de la libertad, pero también para que cuando la obtuvieran, pudieran contribuir a recomponer el tejido social. “Pueden llegar con nosotros y continuar con el proyecto de Cana 77 en los diferentes volúmenes que vayamos teniendo; este es el segundo”, puntualiza.
El primero ocurrió en un centro cultural en la Colonia Juárez, donde presentaron sus primeras cinco piezas de etiqueta rigurosa, confeccionadas por el colectivo Cana 77, y después se usaron para los premios metropolitanos de teatro. Así, el proyecto empezó a tener capacidad para pagarle a los diseñadores, costureros, serigrafistas y gestores.
“Siempre todo transparente, porque estamos acostumbrados a un sistema que trabaja piramidal, en corporativo, pero desde otro lugar. Lo manipulan, se convierte la autogestión y se capitaliza. Entonces, para que eso no suceda, nosotros vamos compartiendo cuánto se va gastando, cuánto gana un costurero, etcétera”, comenta.
El principio es que no porque las personas no tengan derechos políticos y estén privadas de la libertad quiere decir que no tienen derecho a la información, sino al contrario, eso les permite saber de antemano cuánto dinero van a gastar para cubrir sus gastos cotidianos al momento de obtener su libertad. De lo contrario, no es posible tener una reinserción personal ni social, remarca.
La importancia del proyecto, para él, radica en apostarle como vía de capacitación a las personas privadas de la libertad, sin punitivismo y estigmas. “Decimos: nosotros estuvimos privados de nuestra libertad, y ahora compartimos esas herramientas para que otras personas tengan su propia oportunidad y la toma de decisión de decir ‘sí, yo quiero hacer esto’ o no, porque también es válido”, apunta.
Ante eso, él agradece cuando esa decisión viene de una convicción y voluntad personal, lejos del asistencialismo. Además, las personas van reconociendo y creyendo en la capacidad que tienen, con todo lo necesario, cerca y a la mano, mientras están privadas de su libertad, lo que incluso puede representar una ventaja, cuenta Corona. “Hay que aprovechar eso, que tienes tu taller a la vuelta”, comenta.
Al mismo tiempo, eso orilla al buen comportamiento al interior de los reclusorios, para que los proyectos puedan continuar sin que los involucrados se vean impedidos por los castigos. Se trata de un compromiso orgánico, que tampoco viene de la obligación, sino de una convicción de empezar a comportarse como personas, lo cual —aclara— cuesta mucho trabajo tanto en el interior como al exterior.
“Cuando sucede son las cosas que no solamente el teatro, que es una cosa muy catártica, muy personal de ocupar el cuerpo, y en esto te vas puliendo, sino que también en otras artes, como la costura y la serigrafía, se puede lograr, entonces eso es lo que hemos estado descubriendo a través de estos cinco años, y también el teatro en estos momentos no ha tenido buenas rachas, de que estamos ahí en cuestiones burocráticas”, dice.
El actor se refiere a que en marzo de este año, la Secretaría de Seguridad capitalina puso fin a 16 años de operación de la Compañía de Teatro Penitenciario al interior de reclusorios, luego de generar varios obstáculos y con el argumento de que impactaba a un bajo porcentaje de la población. En ese tiempo montó seis obras distintas con más de 500 funciones dentro de la Penitenciaría, más de 80 personas privadas de la libertad actoras y más de 2 mil espectadoras.
Hoy le sobrevive fuera de reclusorios Calacas y Diablitos, una compañía de teatro profesional independiente y autónoma integrada por Javier Cruz, Ismael Corona, Juan Luis Hernández, Antonio Hernández y Eduardo Sixto, actores que estuvieron privados de la libertad, y han trabajado dentro y fuera de Santa Martha Acatitla.
“A partir de ahí ellos (los internos) aprenden de lo que nosotros les llevamos, y nosotros aprendemos de diferentes instancias, como la costura, la serigrafía, el bordado y, por qué no, el teatro también, con esta cuestión del performance”, sostiene.
A las personas que quizá no son tan cercanas al tema de privación de la libertad y reinserción, Corona las invita a acercarse a la muestra de este fin de semana para reflexionar sobre el estigma social de lo que sucede en una cárcel, de la que se construye un imaginario “como lo que vemos en la televisión”, de un lugar oscuro, donde no hay amor o compañerismo, y todo eso cambia.
“¿Cuál es la forma de verlo? A través del trabajo que sucede en el interior, porque todo lo que pasa dentro de una cárcel es el reflejo de lo que pasa aquí afuera, y qué mejor que aprovechar ese tiempo, que no está perdido, y ver el resultado; es esto, desde diferentes áreas del arte, y que no estamos simplemente nosotros, sino mucha gente que va a estar en el performance, diferentes personalidades, que creen y se suman a este proyecto, que es para compartir y sobre todo, generar una fuente de empleo”, agrega.