Marcela Nochebuena · 13 de noviembre de 2025
Las diversas manifestaciones del cambio climático, asociadas a las desigualdades estructurales que enfrentan familias y comunidades, tienen impactos directos y a largo plazo sobre la primera infancia, alertan especialistas. Ante ello, proponen ampliar el margen de las políticas públicas que pueden afectar indirectamente el desarrollo de la primera infancia, con consecuencias de por vida.
Entre las estrategias para reducir los impactos indirectos estarían ampliar los espacios verdes, incrementar la resiliencia, proveer centros de enfriamiento y otro tipo de instalaciones para grupos más sensibles a los efectos del calor, la calidad del aire y eventos climáticos extremos.
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El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) ha documentado que entre los billones de dólares que se invierten a nivel mundial para la mitigación del cambio climático, solo 2.3 % se dedica a la niñez, y en específico un 0 % a la primera infancia.

Algunos aspectos del cambio climático que tienen efectos significativos se asocian a la administración y las transformaciones relacionadas con el agua, la temperatura y el aire, explica James Cairns, del Centro de Desarrollo de la Niñez de la Universidad de Harvard, durante el Encuentro internacional para la primera infancia organizado por el Centro de Primera Infancia del TEC de Monterrey.
Para cada aspecto del cambio climático existen amplias investigaciones en diferentes áreas, acerca de cómo afectan biológicamente a las personas. Lo que sucede con el cambio climático es que funciona como un potenciador, precisa el investigador. Los días de calor extremo, que antes estaban distribuidos a lo largo de un determinado periodo, han pasado de 5 a 12 días en una determinada comunidad, por ejemplo, o se registran cada vez más incendios forestales.
Sin embargo, no solo se multiplican los eventos, sino que al mismo tiempo las disparidades en el sentido de cómo impactan esos factores a comunidades y lugares específicos, pues ni la prevención ante los hechos climáticos ni las condiciones sociales están distribuidas equitativamente. Existen comunidades, por ejemplo, que son más resilientes que otras a eventos climáticos extremos.

El agua, precisa Cairns, tiene un gran rango de efectos en el cuerpo y en el desarrollo, en un contexto de eventos climáticos cada vez más extremos. Cuando es de mala calidad, por ejemplo, afecta a las infancias directamente en el desarrollo cerebral, las infecciones y el sistema inmune, la expresión genética, así como el crecimiento y la nutrición. En este último caso, sobre todo la que es usada para cultivar alimentos.
En el caso del calor, señala el especialista, existe un efecto invisible que tiene un efecto en cascada, específicamente en el desarrollo de la primera infancia. La alta temperatura excesiva afecta el desarrollo de la niñez, especialmente en bebés y niños pequeños, pues puede causar dificultades en el desarrollo fetal, pérdida del aprendizaje, trastornos del sueño, y alteraciones en la salud mental y el comportamiento. En diversas comunidades ya se han documentado conductas de mayor irritabilidad y agresión asociadas con el calor.

El impacto del cambio, además, afecta en la misma medida a las personas cuidadoras de la primera infancia, y en consecuencia, a las niñeces, pues, por ejemplo, si tienen alteraciones del sueño por calores extremos, no pueden proveer el mejor cuidado posible a las infancias.
En el caso del aire, este ha tenido un fuerte impacto en los incendios forestales, que a nivel mundial son cada vez más intensos, frecuentes y amplios, lo que genera contaminación y afectaciones a la salud.
Sin embargo, Cairns apunta a un factor aún más invisibilizado: la calidad del aire en interiores, en los que personas adultas e infancias pasan hasta un 90 % de su tiempo. De acuerdo con el experto, los contaminantes del aire en espacios cerrados pueden ser de dos a cinco veces más altos que en los exteriores por factores como poca ventilación, químicos y toxinas.
“Si no existe buena ventilación, los contaminantes del exterior entran a los espacios, salones, casas y lugares donde los niños y familias viven. En nuestros hogares tenemos toda clase de artículos y sustancias que emiten diversos tipos de químicos y, de nuevo, si no hay una buena filtración, se quedan atrapados en el aire, y, de nuevo, lo respiramos todo el tiempo”, indica Cairns.

Ese flujo de aire, y de contaminantes que están en él, entran en nuestros cuerpos, llevando con ellos los componentes que arrastran. Estas partículas y toxinas tienen efectos en un amplio rango y diferentes partes de la biología. Algunos son incluso similares a los aspectos en los que incide la contaminación exterior: respuesta inmunológica, expresión genética, desarrollo cerebral y una función pulmonar reducida, que puede generar dificultades críticas tanto en la infancia como a lo largo de la vida.
Ante ello, algunas de las estrategias más importantes que deberían aplicarse para reducir el daño a las infancias son incrementar la cantidad de espacios verdes, encontrar vías para aumentar la resiliencia, proveer centros con diversas facilidades para los grupos más expuestos al calor, calidad del aire y eventos climáticos extremos, así como desarrollar sistemas de alerta temprana relacionados con calidad del aire, calor extremo y eventos climáticos.
Además, es necesario que las personas tomadoras de decisiones amplíen su perspectiva sobre el margen de políticas públicas que afectan el desarrollo de la primera infancia y, por lo tanto, la salud de las personas, de por vida, y que no solo son las tradicionalmente pensadas para las niñeces, sino también la protección ambiental, vivienda, ubicación y planeación urbana, desarrollo económico, y sistemas legales y judiciales.