Laura Garza · 10 de marzo de 2011
Carlos y Paola llegaban al Barrio Antiguo como a las 11:30 de la noche, dejaban su coche al valet y entraban al Bar-Río. La noche se alargaba conforme llegaban sus amigos y la música en vivo se ponía mejor. No importaba la hora a la que salieran, con que uno de ellos fuera el conductor designado, no había mucho más de qué preocuparse.
Como cada fin de semana, la hora de salida era entre las 3:30 y 4:00 de la mañana. A veces paraban a comer unos tacos o unos hot dogs y después a repartir a todos a sus casas.
Esta imagen ha quedado atrás y ahora es sólo un recuerdo de la vida nocturna de los jóvenes en Monterrey.
La ciudad ha entrado en una etapa de sufrimiento y daños desde el año pasado. La violencia, la inseguridad, la pelea de plazas entre cárteles y la embestida del huracán “Alex” han dejado a Monterrey herido y con cicatrices que sanar.
El Barrio Antiguo, una de las zonas más visitadas por turistas y por los mismos regios, ha sufrido parte de esa batalla. Los museos y las construcciones son los encargados de meterle ruido y movimiento al centro de Monterrey.
La mayoría de los bares, restaurantes, cafés y antros han cerrado. Hay lugares abandonados, otros que decidieron cambiar de giro y muchos más que sólo quedaron para el recuerdo.

Pocos son los lugares que se mantienen abiertos y que ofrecen la misma rutina que antes. El Manaus o el Café Iguana son algunos, sin embargo, ahora son tardeadas, eventos que comienzan alrededor de las 4 ó 6 de la tarde para terminar por ahí de las 10 u 11 de la noche como máximo.
La cotidianeidad de los jóvenes ha cambiado. Las salidas de fines de semana ahora son más a reuniones en casas y, también, más temprano. La presencia de policías, Ejército y retenes en las principales avenidas de la ciudad, repelen aún más la presencia de coches circulando.

Las calles empedradas se llenaban de jóvenes que caminaban de un lugar a otro buscando nueva música, más ambiente o simplemente unos dogos de la esquina para cenar. Ya no.
El cambio se nota a simple vista. Quien llega al Barrio Antiguo esperando ver lo mismo que incluso hace un año y medio, se lleva la sorpresa de toparse con las calles semivacías, muy pocos antros abiertos y eso sí, poca seguridad.

El silencio se vuelve como un fantasma que sólo trae recuerdos, caminar por Diego de Montemayor, Padre Mier y Morelos… ya sólo deja una sabor áspero. Un sábado casi 9 de la noche y las calles del centro lucían vacías, no había pretexto de mal clima, pero no había regios, ni foráneos, ni transeúntes perdidos. 5 de Mayo y Zaragoza lucía desértica.

Para los dueños de un antro que decidió cerrar sus puertas el año pasado, el Barrio Antiguo se volvió tierra de nadie. No había seguridad alguna para los lugares, las autoridades dejaron de invertirle y de preocuparse. Los moches para los permisos y para estar en paz se volvieron el pan de todos los días.
La famosa cuota por uso de suelo de los grupos de delincuentes o de quienes se hacen pasar por ellos, pero que el miedo que provocan no se diferencia el uno del otro. Esa es otra de las razones por las que los locatarios comenzaron a sentirse acorralados entre protegerse solos o hacer como si nada pasara.

Se dejaron de cerrar las calles para que los jóvenes transitaran a pie, se dejó la vida nocturna en manos del miedo y del peligro.

Antros como el Bar-Río, UMA, Kokoloco, El Salón Morelos, El Reloj, Garage, el Huracán, el Café Negro y el Café Infinito han desaparecido. De los fuertes, queda el legendario Café Iguanas que ha ido adaptándose a los tiempos con tocadas por la tarde y otras por la noche o el Manaus que se cambió a donde estaba el Bar-Río.

Quienes creían que el Barrio Antiguo podía ser más que el punto de vida nocturna de la ciudad, creando movimientos artísticos y culturales, también se quedaron a la mitad.
Monterrey sufre más porque su gente reciente y re-siente que su vida ya no sea la misma que hace un año.
La lectura del discurso de todos los días, (entiéndase por balaceras, granadazos, levantones, bloqueos, extorsiones, ejecutados y demás acciones ensangrentadas y violentas) nos llevan a tomar tres caminos.
El primero: Caer en el drama y casi en la autoflagelación, donde vemos las noticias, escuchamos las noticias y dormimos oyendo noticias. Las conversaciones con los amigos hablan de lo mal que está todo y recordamos una que otra mentada a los líderes políticos. Así un día, así el otro…
El segundo: Enfrentar, por más que duela, la situación actual de nuestra ciudad, incluso de nuestro estado. Si a las autoridades se les ha escapado de las manos, como ciudadanos estamos peor aún. Nosotros no contamos con camionetas blindadas, chalecos antibalas ni armas para defendernos. Nos queda cuidarnos de la manera más razonable, tomar las precauciones necesarias y sólo readaptar lo que hacíamos a nuevas modalidades.
El tercero: Que te importe un carajo si a dos cuadras lanzan un granadazo a algún retén, salir de noche, visitar antros en zonas peligrosas, es decir, que te valga.
Monterrey es eso y más, es líder en nuestro país y ya lo dijo Zambrano, “no vamos a permitir que se pierda Monterrey”.

El Barrio Antiguo es una herida al corazón de Monterrey, de su vida nocturna, de su vida cultural, de la vida de los regios.
Ya cargamos con cicatrices que duelen, pero todos seguimos teniendo manos para levantarlas y decir ¡Basta!, tenemos brazos completos para ofrecerlos de ayuda en cualquier momento y sobre todo somos más los que hacemos que esta ciudad sea lo que es.
Carlos y Paola salen poco, prefieren reuniones en casa. Algunas noches se aventuran a regresar más tarde, justo cuando saben que el riesgo ha bajado.