Moisés Castillo · 5 de marzo de 2011
Varios jóvenes oaxaqueños apenas mueven sus piernas hinchadas por el calor infernal del desierto de Arizona, un gran horno que los cocinará entre la lluvia de polvo. Ellos están en Estados Unidos, del otro lado, lo lograron, pero por poco tiempo.
Un pollero los abandonó y no saben a dónde ir. La inmensidad del paisaje los aplasta, pedacería de estatuas. Llevan días sin agua, sin comida y sus cuerpos están agotados. Uno de ellos cae al no soportar la temperatura. Tiene 40° C y alucina, tiene 40° C y su rostro se vuelve pálido, tiene 40° C y llegan las convulsiones. Arena pegajosa, mala arena para hacer un reloj.
Cuarenta grados es un libro de cuentos del escritor Askari Mateos, que retrata las historias de migrantes oaxaqueños que no se van de sus tierras porque quieren, sino porque los echan. Como dice Eduardo Galeano los migrantes son desesperados, gente que se ha cansado de tanto esperar y que, ya sin esperanza, huyen. Cuarenta grados es una obra de seis relatos que refleja la vida, los sueños y la frustración de lo que significa ser migrante.
Todo comenzó en 2004. Askari regresó a su natal Oaxaca, sabía que una parte de él se había quedado en la tierra donde las nubes son tan blancas que el cielo azul es un milagro. Sentía un vacío en su cuerpo y sólo Oaxaca lo podría llenar. En un diario casi invisible llamado “Expresión”, Askari inició su aventura periodística como reportero de la sección cultural, a pesar de que iba por la plaza de foto reportero.
A partir de escribir notas diarias, el gusto por la palabra fue quitándole luz a sus aspiraciones fotográficas. Poco después, lo invitaron a colaborar en el periódico “El Imparcial”, la publicación más grande de Oaxaca y ganó una beca de periodismo que le otorgó el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. Tenía que documentar las fiestas patronales de cada grupo étnico de Oaxaca y anduvo viajando por todo el estado.
“Fui conociendo historias sobre todo de migrantes. En Oaxaca, las fiestas tienen un poderoso arraigo. Muchos de los migrantes que se iban a Estados Unidos por lo regular regresan a celebrar su fiesta, o si no, ellos la patrocinan. A esos que retornaban los conocí, empecé a platicar con ellos y me contaban sus historias de cómo cruzaban la frontera, algunas son historias de éxito. A partir de entonces, como tenía el deseo de escribir se me quedaron esas historias en el tintero y las empecé hacer cuentos. Así fue como nace mi primer libro”.
El proyecto original era de 12 cuentos que Askari escribió entre el 2005-2006, luego de obtener una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Sin embargo, le pareció que un libro con esta temática le resultaría muy pesado al lector, muy “soporíferos” o “lacrimógenos”. Los primeros cuentos fueron una pesadilla. El escritor Luis Humberto Croswell, quien estuvo revisando los relatos, tachaba párrafos enteros y decía “periodista” en rojo.
Fue un proceso de aprendizaje complicado: cero periodismo y sonar a narrativa. En una entrevista que le hicieron a Juan Villoro en Argentina, el autor de Dios es redondo, decía que eso surge de la confusión cultural respecto de que el periodismo está por debajo de la ficción o la novela. “Se piensa que Hemingway o García Márquez hicieron trabajo de albañilería como periodistas, para ser luego grandes arquitectos como novelistas. Definición claramente falsa”.
-¿Cómo resolviste la forma de escribir? ¿Cómo encontraste un tono para tus cuentos?
Hay una línea muy delgada que separa el periodismo y la literatura, creo fielmente en eso y a mí me costó mucho trabajo decir esto es periodismo y esto es literatura. Los primeros cuentos que empecé a escribir no me percataba de eso pero las personas que me leían sí. Creo que uno puede abrir las páginas de un periódico y encontrar literatura en crónicas, en reportajes que son sorprendentes de la manera en que están contados. Por su puesto que sí tengo un imaginario pero siempre parto de un hecho real.
-¿Cómo definirías a Cuarenta grados?
Son cuentos que los une el tema de la migración, pero son historias muy distintas entre ellas. Quise abarcar en estos seis cuentos una totalidad. Quise ser muy diverso y al final me decidí por los seis cuentos con la ayuda de amigos. Hice una selección: hay un cuento de unos chavos que se quedan atrapados en la caja de un trailer; pero también de unos niños cuyos padres están en Estados Unidos y lo que esperan es que un día lleguen por ellos; hay otro de un sacerdote que vive en la frontera de Tijuana y tiene esta lucha interna contra sus deseos, todo lo que la teología le enseñó y el cuerpo de una mujer lo provoca; hay historias de una chica que por perseguir el sueño de ser una actriz de Hollywood termina prostituyéndose en el Hollywood Boulevard.
-¿Cómo ha sido la crítica con tu libro desde que salió en 2009?
No estoy muy pendiente de las reseñas, de las pocas que he leído no me ha ido mal, no he leído que digan ‘no tiene argumentos narrativos’. Obvio, tampoco dicen que soy ‘la revelación literaria’. Honestamente sé que es un primer libro y un primer acercamiento a la literatura. Ahora trabajo en otro libro de cuentos y en una novela. Los cuentos tienen como referencia el conflicto de la APPO en Oaxaca.
-¿Es un mito hablar de las mafias culturales, los “amiguismos”, vivir de las becas?
Muchas veces sí son dedazos lo de las becas, yo he podido atestiguarlo. Es un fenómeno común. Sé de personas que ya tienen sus cuentos escritos o sus novelas, piden la beca y viven de eso, que también es válido para ciertas personas. Por su puesto que existen las mafias culturales aquí y en Oaxaca. Soy oaxaqueño, puedo aspirar a ser publicado en Almadía, que es una editorial pujante, que tiene buena distribución, buenos títulos, pero descubres que hasta hoy no existe un solo autor oaxaqueño que tenga un libro completo en Almadía. Fui a la rueda de prensa de su inauguración y recuerdo que decían ‘Almadía nace para dar la voz a la literatura oaxaqueña’. Estoy en una antología que se llama “Cartografía de la Literatura Oaxaqueña”, pero nada más. Al final de cuentas es lógico. Es una editorial y es un negocio, tienen que ganar dinero y optan por buscar nombres reconocidos. No están buscando a escritores oaxaqueños sino publican a gente que vive en el estado.
Oaxaca está de moda
A sus 35 años de edad, Askari no ha cambiado mucho físicamente de cuando era niño, pero su forma de hablar ya no es la misma. En la primaria, en el Colegio Cambridge de México, sus compañeros de clase se burlaban del oaxaqueño que hablaba “cantadito”. Los oaxaqueños tienen una manera particular de decir. Cuando un oaxaqueño se sorprende de algo dice “qué pareó” o cuando se refieren a alguien de manera despectiva dicen “yope”. Estudiar en una escuela de la colonia Condesa tuvo su precio. Al momento que le decían “oaxaco”, se enojaba y sentía que todos los ojos del mundo lo miraban en esa escuela que estaba ubicada en Zamora y Fernando Montes de Oca.
A sus nueve años, Askari fue migrante no por convicción, sino por que su madre, Alicia García, tuvo que venir a la ciudad de México. Ahora Oaxaca está de moda: todos hablan de sus grandes artistas, de las canciones de Lila Downs, su comida, sus playas, la marihuana y el mezcal, que es la bebida infaltable para las gargantas de los mejores antros. Askari sufrió la discriminación por llegar de “provincia”, pero no al grado para entrar en una depresión. Sabía que esos paisajes estaban a punto de desparecer.
Asakari vivía en la calle de San Luis Potosí en la colonia Roma y tomó cursos de fotografía en el Colegio Ansel Adams. La influencia de su padre fue decisiva para explorar la luz a través de la cámara fotográfica. Don Héctor Mateos fue por muchos años fotógrafo del PRI y colaboró en periódicos como Excélsior y El Heraldo de México. Él ganó la primera Bienal de Fotoperiodismo que organizó el Centro de la Imagen, con unas fotos del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, exdiputado priista y cuñado del expresidente Carlos Salinas.
“Al ver el trabajo de mi padre tuve una inclinación por la fotografía, por ese extraño accidente acabé escribiendo. En mi familia nadie ha escrito o fue periodista. Fue un proceso raro descubrir qué es lo que más me gustaba hacer”.
Askari regresó a Oaxaca a los 28 años de edad y empezó a combinar la fotografía con la nota diaria en periódicos de la ciudad. Se sintió una persona renovada, tuvo el esplendor del mundo entre sus manos.
En 2007 volvió al DF por cuestiones amorosas y estudió un diplomado de creación literaria de la Sociedad General de Escritores. Cuando se separó de su novia no tenía un peso y no quería vivir con su madre en la nostálgica casa de la colonia Roma, “sería un retroceso”, pensó. Si publicaba un cuento en alguna revista le darían mil 500 pesos y recibir esta cantidad cada tres meses sería insufrible.
Justo a tiempo, una amiga le dijo que ella también quería vivir sola y empezaron a buscar un hogar para compartir. En la calle de San Luis Potosí y Jalapa encontraron lo inesperado: una casona vieja y grande, con techos altos y piso de madera. Algo inalcanzable para su presupuesto. La dueña les enseñó la azotea y Askari ya sabía lo que iba hacer: una tlayudería…
Años atrás, su expareja que vivía en la colonia Condesa empezó a vender tlayudas y cervezas y le iba bien. Unos cuantos miles de pesos no le pesan al bolsillo. A su casa, llegaba a comer un Jorge Volpi veinteañero, gente del medio cultural y hasta Jorge Campos se chupaba los dedos.
Así, el joven escritor oaxaqueño visualizó aquella azotea como un changarro clandestino y eso pasó. Él y su amiga consiguieron en poco tiempo 30 mil pesos y el 5 de febrero de 2010, la tlayudería abrió sus puertas, tomando como pretexto el cumpleaños de Askari, que en árabe quiere decir “Guerrero”.
Llamadas, correos, invitaciones por Facebook y en la noche llegaron 200 personas. Si la pluma no daba para comer, las tlayudas fueron un medio de sobrevivencia. Cuando se iba a cumplir el primer aniversario, la dueña se dio cuenta del negocio, el ruido, las fiestas, el alcohol y clausuró la leyenda urbana.
“Mucha gente empezó hablar de la tlayudería y cada viernes iban. Cristina Rivera Garza, José Ramón Ruisánchez, Jacaranda Correa la del 22. Orfa Alarcón ya era conocida, Toño Ramos, Rafa Saavedra, Nadia Villafuerte, en fin mucha banda cultural. Tuvimos que cerrar porque la dueña no quiso renovarnos el contrato”.
Sin embargo, este año se estrenará la tlayudería reloaded, en el mismo edificio pero en un local que la misma dueña les rentó y será abierto a todo el público. Ahora la gente ya no tocará el timbre con miedo o curiosidad para buscar a Askari, el escritor tlayudero.