Yorokobu.es · 1 de marzo de 2015

[contextly_sidebar id=”yL0Bx5PFUpvKnqaOkg7mrjVGPLBeWUoF”]Estamos a principios del siglo XX. Hace tiempo que el barco a vela fue desplazado como principal medio de transporte para viajar entre continentes. La era del vapor ha llegado y ha permitido que los barcos sean cada vez más grandes y cada vez más rápidos. Su crecimiento permite que entre 1900 y 1914 llegasen más de un millón de inmigrantes al año a Estados Unidos provenientes de Europa.
La mayoría de estos pasajeros viajan en las partes inferiores de estos buques. Algunos están hacinados y otros realizan el viaje en condiciones más dignas, pero su experiencia está en un universo paralelo si lo comparamos con lo que ocurría en las partes superiores del barco. En los aposentos reservados para la primera clase la experiencia era más cercana a viajar en un palacio que en una nave. De hecho, muchas veces ese era precisamente el encargo que recibían los arquitectos encargados de diseñarlos, intentar transmitir la sensación a los pasajeros de que estaban en el interior de un gran hotel más que en una enorme mole de metal viajando por las gélidas aguas del Atlántico.
La ironía máxima estaba en que, pese a que estos viajeros recibían una nivel elevadísimo de atención y recursos, no era el público que más beneficio económico reportaba a los dueños de las navieras. «Pese a la atención que se le daba a los lujos de viajar en primera, el dinero que generaba la venta de pasajes a inmigrantes fue lo que sostuvo la mayor parte de las navieras transatlánticas», explica Patrick J. Murphy en su artículo académico The Golden Age: Service Management on Transatlantic Ocean Liners. Esto pasaba en parte porque eran muchos más (normalmente entre el 60-70% de los viajeros) y además su frecuencia de viajes transatlánticos estaba menos sujeta a las estaciones, a diferencia de los que se movían por placer, que solían hacerlo en los meses más cálidos.
La estricta segregación de clases en el barco garantizaba que los ricos apenas se dieran cuenta de la existencia de sus compañeros de viaje menos afortunados alojados en los bajos de la nave. Lo que seguro que no sabía el hombre de negocios que iba cada noche a cenar con esmoquin en los numerosos restaurantes del barco, es que si no fuera por los humildes currantes del entresuelo, los barcos nunca hubieran sido sostenibles económicamente.
El RMS Olympic era el hermano mayor del Titanic. Construido por la Cunard Line en los astilleros de Harland and Wolff en Belfast, su salón de estar en primera clase estaba inspirado en el estilo Luis XIV del Palacio de Versalles. Foto: Robert John Welch, Wikimedia Commons

Fotos: Library of Congress, dominio público
Fotos: Wikimedia Commons
(Fotos: New York Social Diary, Steven Ujifusa)
Fotos: The Magazine Antiques colección de Mario J Pulice, Wikimedia Commons
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