Carlos Díaz-Barriga · 30 de marzo de 2026
Poca gente en el jardín de San Fernando —en la última orillita de la colonia Guerrero— adyacente al panteón del mismo nombre. En la calle sólo se encuentra estacionado el carrito de los tamales… verdes, de rajas… “todos de a 35”. El atole es de chocolate. Poco despliegue. Arriba una Suburban negra. Un puñado se da cuenta y se arremolina para ver de cerca o saludar a la Presidenta de la República. Desciende y camina unos 50 metros para entrar al histórico panteón del siglo XIX, cuyo último inquilino fue Benito Juárez en 1872. Ahí vive y no paga renta.
Al cruzar la reja, toque militar. Silencio de los que estamos adentro. Muy pocos en torno al bello mausoleo labrado en mármol (… será ‘thassos’ de las canteras griegas, por la pureza y luminosidad de su color blanco) bajo el cual se encuentran los restos del Benemérito de las Américas y su familia. Acaso 18 invitados especiales, la Banda de Música del Ejército y Fuerza Aérea y la fuente presidencial de prensa. Y once sillas en el improvisado estrado —al pie de un muro con nichos que son, nombres que fueron y fechas de mil ochocientos y tantos.

Aguardan sentadas, Rosa Isela Rodríguez, secretaria de Gobernación; Clara Brugada, jefa de gobierno de la Ciudad de México. También, el general Ricardo Trevilla, secretario de la Defensa; el canciller De la Fuente; Citlali Hernández, secretaria de las Mujeres; Claudia Curiel, secretaria de Cultura; Tamara Aranda, historiadora del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México; Adelfo Regino, director del Instituto Nacional de Pueblos Originarios y Sofía Gamio Sánchez Juárez, descendiente de la familia Juárez Maza en sexta generación; bichozna, para mayor precisión.
Este 2026 ha sido designado oficialmente como el año oficial de Margarita Maza, en torno al bicentenario de su natalicio, el 29 de marzo de 1826. Ceremonia en su mero día. Y por su propia historia. Nunca más la Margarita Maza ‘de Juárez’ que apenas tenía 17 años cuando se casó con ese juez oaxaqueño de 37… que hoy sería ‘funado’. Y ‘cancelado’ en las redes.
Sólo Gustavo Díaz Ordaz la había distinguido cuando en 1966 envió la iniciativa para que fuera inscrito su nombre con letras de oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados. Cosas de la vida.

A las 9:58 de la mañana: “sean tan amables de ponerse de pie… damas y caballeros, muy buenos días. Se encuentra con nosotros la Presidenta Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos”. Traje sastre rojo cereza, ribeteado en los puños con un bordado muy mexicano. Viene escoltada por el secretario de Marina, el almirante Raymundo Pedro Morales. De entrada, guardia de honor a Juárez. Imponente ‘toque de silencio’ con la banda militar. Cornetas y redobles de ‘cajas de guerra’.
Tres discursos. El primero de Clara Brugada. Siete minutos. Da la bienvenida al cementerio “hoy monumento histórico donde descansa la memoria de quienes forjaron la República”. El segundo de la historiadora Tamara Aranda. Seis minutos. Destaca acciones heroicas desconocidas.
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El discurso de la presidenta Sheinbaum, en 11 minutos. “Su valentía no siempre fue estruendosa, pero sí constante, decisiva y muchas veces silenciosa… Durante mucho tiempo, la sociedad ha reducido su papel a una nota al pie, a una mención secundaria subordinada al protagonismo masculino. Esta minimización no solo es injusta, sino que también empobrece a nuestra comprensión del pasado, al ignorar la complejidad y la dimensión colectiva de los procesos históricos… no se trata de desplazar a unos para colocar a otras, sino de comprender que los grandes momentos de la historia, rara vez son obra de una sola figura. Son el resultado de redes de apoyo, de resistencias compartidas… reconocer a estas mujeres es también un acto de justicia en el presente. Es admitir que la lealtad, el coraje y la inteligencia no tienen género”.

Y remató: “Margarita, primera embajadora histórica de México, como la primera mujer Presidenta, te nombro y con ello, enaltecemos tu legado… también honramos a todas las mujeres, porque en la lucha cotidiana y extraordinaria de las mujeres mexicanas, en su entrega y en su memoria, late el corazón eterno de la nación”. Muy bien escrito y mejor dicho, la verdad. Sin falsas estridencias. Cercano, elocuente y simbólico. Hoy, de mucho.
Develación de placa conmemorativa en la cabecera del catafalco. Va a despedirse de los invitados VIP. Se interpone entre los fotógrafos y la imagen el secretario de Marina. Sin tacto le piden que se quite. Con el tacto correspondiente, no se mueve. Varios se cruzan sobre la lápida de Francisco Zarco. Profanación profesional. Entenderá. Es colega.
Trinan las aves que nunca dejaron de hacerlo… y deja de zumbar un pequeño dron que nos sobrevuela, como mosco, filmando toda la ceremonia.
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A la salida, a una cuadra, el Templo de San Hipólito. Mucha devoción. Es ‘domingo de ramos’. Una puerta antes del atrio, pared con pared, ‘la Panana’. Pulquería más histórica que el panteón de San Fernando. Sagrada. Hay ‘curados’ de piñón, de apio, de higo, de mandarina, de cacahuate.
Los vecinos tienen misa. Van por el premio mayor en la vida eterna. Afuera, dos puestos grandes de lotería que también venden cachitos de cielo, acá. A 35 pesitos. Para el martes 31 juegan los que conmemoran el centenario del natalicio del poeta Jaime Sabines. Se acordaron de él… por suerte. Difícil que haya honras en su tumba. Fue dos veces diputado priista. Pero los de Margarita Maza, juegan hoy. Premio mayor de 11 millones de pesos en tres series. Para que quien se lo lleve, no la olvide. Nunca más.