A la sombra del Mundial 2026, la CNTE sigue en las calles y Ayotzinapa vuelve a la CDMX

Israel Fuguemann · 9 de junio de 2026

A la sombra del Mundial 2026, la CNTE sigue en las calles y Ayotzinapa vuelve a la CDMX

La fecha finalmente llegó.

A tres días de la inauguración del Mundial 2026, la Ciudad de México despertó bajo un clima que se parecía poco al de una celebración. Bloqueos, marchas, cercos policiales y protestas simultáneas marcaron una jornada en la que se endurecieron las tensiones acumuladas durante semanas.

En el Eje Central, comerciantes enfurecidos cerraron la circulación para exigir el retiro del cerco que desde hace semanas asfixia al Zócalo. Sobre Paseo de la Reforma, maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) mantuvieron nuevas protestas. Horas más tarde, los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa entraron a la capital, tras denunciar un operativo de encapsulamiento por parte de fuerzas federales y locales.

Todo ocurría al mismo tiempo. Las causas eran distintas; el descontento era compartido. Todos coincidían en un mismo escenario: una urbe sometida a una acumulación de tensiones que parece no tener salida.

Helen, de cabello rubio y gafas oscuras, observaba el conflicto desde el centro de la avenida. Es dueña de una joyería a unos pasos del Zócalo y tiene cinco empleados que dependen de ella; algunos llevan casi treinta años en el negocio. Durante meses se preparó para junio, convencida de que el Mundial 2026 traería turistas, ventas y alivio tras una racha complicada. Sin embargo, el mes prometido llegó con un Centro Histórico blindado con vallas, calles clausuradas y clientes incapaces de llegar a su local.

“Estoy hasta la madre”, repetía aferrada a una cartulina, rodeada de decenas de locatarios que exigían lo mismo: retirar las barreras colocadas para contener las movilizaciones magisteriales.

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Comerciantes bloquearon el Eje Central, una de las vías principales del Centro Histórico. Foto: Israel Fuguemann

Helen asegura que seguirá pagando a sus trabajadores aunque las ventas se desplomen. Lo considera una deuda moral con quienes han trabajado junto a ella durante décadas. Pero advierte que ha llegado al límite: no le interesa el conflicto entre el gobierno y la CNTE, ni las disputas políticas. Lo único que exige es poder trabajar.

La ironía se materializó por la mañana: los comerciantes decidieron bloquear una de las principales avenidas para protestar, precisamente, contra los bloqueos “que matan” sus negocios. Durante más de dos horas congelaron el paso sobre el Eje Central. Conforme avanzaba la mañana, la protesta reveló una fractura más profunda que el descontento económico. Los manifestantes discutían entre sí sobre a quién culpar: unos señalaban al gobierno; otros, a los maestros.

Pronto llegaron los reclamos de motociclistas, ciclistas y peatones que intentaban romper el cerco.

—¡Pinches huevones! —gritó un hombre atrapado en la masa.

Las respuestas del otro lado fueron inmediatas; faltó poco para llegar a los golpes. Nadie parecía dispuesto a ceder. Mientras tanto, los automóviles buscaban rutas alternas, los camiones avanzaban a vuelta de rueda y el estruendo de los cláxones terminaba por desquiciar el paisaje frente al Palacio de Bellas Artes.

La protesta ya no era solo por las vallas del Zócalo. Era la expresión visible de semanas de incertidumbre, pérdidas económicas y frustración. Bajo ese clima de confrontación, la promesa de que la Copa del Mundo traería una fiesta a la ciudad comenzaba a desdibujarse.

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Plantón de la CNTE en el Centro Histórico. Foto: Israel Fuguemann

“El mundial no es de todos”

A poco más de un kilómetro de distancia, la temperatura emocional era distinta.

En la esquina de Reforma y Bucareli, donde sobreviven algunos de los periódicos más antiguos del país, cientos de maestros descansaban después de una nueva jornada de movilizaciones. Horas antes, distintos contingentes se habían manifestado frente a medios de comunicación que consideran hostiles a sus demandas. Acusan a varias empresas periodísticas y al gobierno federal de alimentar una narrativa que los presenta como responsables del caos que vive la ciudad.

Sentada sobre una jardinera, Sonia intentaba pasar desapercibida. Un sombrero enorme le cubría buena parte del rostro y cada vez que advertía la presencia de una cámara buscaba refugiarse detrás de algún compañero. Detrás de ella, un espectacular gigantesco anunciaba la Copa del Mundo con la promesa de que en México “los reyes se coronan”. Debajo del anuncio, decenas de maestros descansaban sobre sillas plegables y cartones.

No quería aparecer en fotografías. La razón no tenía que ver con la protesta. Tenía que ver con lo que ocurre después, cuando la imagen de los maestros se transmite en los medios de comunicación.

Sonia dice que desde que comenzó el plantón se ha vuelto imposible ignorar los comentarios que acompañan cada noticia sobre la CNTE. Los lee en redes sociales, los escucha en las calles y los percibe en los gestos de quienes cruzan junto a los campamentos. Durante las últimas dos semanas ha visto cómo el descontento se transforma en insultos, burlas y acusaciones dirigidas contra quienes ocupan las avenidas.

Por eso evita las cámaras. No teme a la exposición pública. Le preocupa convertirse en otro rostro sobre el que descarguen la frustración acumulada.

Sabe que buena parte de la población está harta de los bloqueos; sin embargo, insiste en que el desgaste no es exclusivo de quienes padecen el tráfico.

Tras días de plantón, cientos de maestros siguen durmiendo en las calles aledañas al Zócalo; lo hacen bajo lonas improvisadas y expuestos a las primeras lluvias de la temporada. Al parecer, la protesta dejó de ser solo una estrategia de presión política, ahora es una prueba de resistencia física y emocional.

Aun así, nadie piensa en levantar el campamento. Los maestros siguen firmes en sus demandas. El magisterio sabe que el momento es decisivo y que la proximidad del Mundial 2026 colocó al gobierno bajo una presión inédita. Permanecer visibles es su única carta para sostener la negociación.

Por eso una frase resuena cada vez con más fuerza entre los distintos grupos de manifestantes:

“El Mundial no es de todos”.

La consigna funciona como una declaración política, pero también como una radiografía de la capital. Carlos Monsiváis escribió en Los rituales del caos que la Ciudad de México es, ante todo, “la demasiada gente”. Quizá por eso ninguna tensión permanece aislada durante demasiado tiempo. El enojo de los comerciantes termina encontrándose con el cansancio de los maestros; las demandas sociales se mezclan con los preparativos del Mundial, los conflictos viejos chocan con los nuevos hasta formar una sola masa difícil de distinguir.

Mientras la publicidad anuncia una fiesta global y un país donde “los reyes se coronan”, miles de personas siguen atrapadas en deudas sociales que nada tienen que ver con el futbol.

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Cantando bajo la lluvia

Por la tarde, cuando los maestros jugaban futbol en plena avenida, la caravana de autobuses provenientes de Guerrero finalmente se encontró con los integrantes de la CNTE. Eran las madres y padres de los 43, cobijados por los normalistas de la Escuela Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Su llegada resultó mucho más complicada de lo previsto. La capital se encontraba blindada.

Durante más de cinco horas permanecieron retenidos en la autopista México-Cuernavaca bajo un amplio operativo de fuerzas federales y corporaciones locales. Tras la inspección, las autoridades reportaron el hallazgo de 59 artefactos explosivos caseros; las familias rechazaron la versión y denunciaron un intento por criminalizar una movilización históricamente pacífica.

Mientras los autobuses permanecían retenidos a las puertas de la ciudad, la presidenta Claudia Sheinbaum encabezaba el abanderamiento de la Selección Mexicana rumbo a la Copa del Mundo. Entre flashes, directivos y futbolistas de traje y corbata, el acto oficial proyectaba la imagen de un país listo para la gran fiesta global.

Ambas escenas parecían suceder en universos paralelos: un México que cuenta las horas para el pitazo inicial frente a otro que sigue buscando a sus hijos desde 2014.

Cuando el contingente alcanzó el Antimonumento a los 43 en Paseo de la Reforma, el cielo ya se había pintado de gris. María de Jesús, madre de un estudiante desaparecido, tomó el micrófono. Acusó de cobardía al gobierno por el cerco vial y recordó que, a las puertas de cumplir doce años de impunidad, la exigencia no ha cambiado un milímetro: verdad y justicia.

Casi doce años después, la pregunta sigue siendo la misma:

¿Dónde están?

Isidoro, otro integrante de la comitiva guerrerense, también cuestionó el despliegue policial en la carretera. En sus palabras había un desconcierto profundo.

—¿Qué peligro pueden representar unas madres que buscan a sus hijos desaparecidos?

La respuesta llegó en forma de diluvio.

La tormenta que amenazó toda la tarde se desató sobre Reforma. Policías, reporteros y peatones corrieron a buscar refugio, vaciando una avenida que durante el día fue escenario de marchas y bloqueos.

Pero en el corazón del cierre nadie se movió.

Frente al antimonumento, el centenar de normalistas permaneció inmóvil. Con los rostros cubiertos, las pancartas empapadas y los puños rompiendo el aire, entonaron los cánticos de resistencia. Sus voces crecieron bajo el aguacero hasta volverse un estruendo que parecía desafiar el ruido de la tormenta.

Al cierre del mitin, la Ciudad de México se liberó de las marchas y los contingentes, pero el orden nunca llegó. La lluvia tomó el relevo de las protestas, colapsando avenidas y estrangulando el tráfico bajo otra forma de caos.

Frente al antimonumento, los normalistas seguían cantando bajo el aguacero.

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En la CDMX se reactivaron las protestas por el caso Ayotzinapa y la desaparición de los 43 normalistas. Foto: Israel Fuguemann