Dalila Sarabia · 4 de febrero de 2026
Visitar las Islas Marías es sumergirse en un viaje de aprendizaje histórico, cultural y hasta del cosmos en donde el tiempo de descanso prácticamente no tiene cabida.
La aventura de tres días y dos noches comienza a las 7:00 de la mañana del viernes, ya sea en el puerto de San Blas, en Nayarit; o bien en Puerto Vallarta, en Jalisco. Hasta el año pasado también era posible viajar desde Mazatlán, Sinaloa, pero esa salida fue cancelada.
En el puerto, la tripulación prepara todo para que el ferri zarpe en punto de las 8 de la mañana. Unos acomodan el equipaje y dan la bienvenida a los turistas, mientras que otros instalan un pequeño stand donde se puede comprar algún recuerdo. No hay mucha variedad, solo lo básico: llaveros, playeras, tazas…

“Son cinco horas de camino (…) estamos como a 120 kilómetros de la isla”, explica un marino a un grupo de personas mayores que, mientras esperan para subir a la embarcación de dos pisos color naranja, hacen cuentas del tiempo que tardarán en llegar a la excolonia penal reconvertida en un peculiar y paradisiaco destino turístico. También hay turistas tomándose las primeras fotografías del viaje.
Ya abordo del ferri, un mensaje de seguridad se proyecta en las pantallas. Termina y de inmediato comienza “Las Islas Marías”, una película de 1951 protagonizada por Pedro Infante; una probadita de lo que está por venir.
En la pequeña cafetería, algunos pasajeros que no alcanzaron a desayunar, piden un sándwich, café, refresco o alguna otra botana. Tampoco hay muchas opciones, pero funciona.
A la 1 de la tarde, después de cinco horas de navegación en las que no faltaron los mareos y las solicitudes desesperadas de bolsas por si acaso, el ferri llegó bien a su destino en Puerto Balleto, en la Isla María Madre, la más grande de cuatro que conforman el Archipiélago Islas Marías en el Pacífico mexicano. Un paraíso con una particularidad: durante 114 años operó como una colonia penal y como cárcel de máxima seguridad.
El cielo y el mar: todo es de un azul total. Al fondo, se observan algunas construcciones pintadas de blanco y más allá lo que parece ser la torre de una iglesia. Una vez que los turistas reciben la llave de su casa —que no habitación— los guías les piden que tomen una fotografía del itinerario que está pegado en una pared. Ahí están los horarios y actividades que se realizarán hasta el domingo a las 10:30 de la mañana, cuando el ferri debe zarpar de vuelta al continente.
Los visitantes se hospedan en casas de un piso, también pintadas de blanco. Además de las camas y el baño tienen una pequeña sala, comedor y hasta estufa. Son las mismas que años atrás habitaron presos que cumplían sus condenas en la isla, en compañía de su familia.
Al ser una colonia de presos —un modelo que Porfirio Díaz trajo de Europa—, los reclusos no estaban encerrados en una celda, al contrario, vivían en comunidad y cada uno desempeñaba una actividad específica para el buen funcionamiento de la isla.
Había quienes se dedicaban a la madera, otros trabajaban en la salinera o camaronera. También estaban quienes cultivaban los alimentos que eran el sustento de quienes vivían en la isla, otros cocinaban y algunos más realizaban trabajos de construcción y mantenimiento de infraestructura. Dada la imposibilidad de recibir visitas, podían solicitar llevarse a su familia con ellos. Se construyó un kinder, una primaria y había telesecundaria. Hasta transporte escolar tenían.
Apenas hay tiempo de dejar las maletas. Son las 2 de la tarde y por delante un par de recorridos, pero primero la comida. La experiencia turística en las Islas Marías incluye todos los alimentos: desayuno, comida y cena en buffet, y para ello solo hay un lugar donde comer: el restaurante “Brisa Marina” con capacidad para 180 comensales.
Hasta inicios de este 2026 el inmueble estaba cerrado debido a obras de ampliación, por lo que los turistas deben utilizar un espacio provisional.
El horario es claro: la comida es a las 2 de la tarde porque al terminar, inmediatamente comienza el primer recorrido en el que se visita el museo, el panteón, las celdas y hay una breve visita a la tienda de regalos.
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Aunque se podría llegar caminando a los puntos que incluyen la visita, se tiene dispuesto un camión de la Marina que transporta a los turistas de forma más cómoda. De hecho, en diciembre, cuando Animal Político, visitó la isla, el 80 % de los visitantes eran adultos mayores, por lo que el camión les facilitó su movilidad.

La primera parada del tour es en el museo de las Islas Marías. Una construcción que alberga en sus salas la historia de la isla, desde su descubrimiento hasta su transformación en un centro turístico.
Todos los recorridos son encabezados por un guía certificado, quien con apoyo de un micrófono explica a detalle cada parte del recorrido, además de que en todo momento personal de la Marina, incluido un médico, acompaña a los grupos a fin de garantizar la seguridad de los paseantes.
“El modelo de penitenciaría de las Islas Marías era de semilibertad, es decir, los internos o colonos —que era como a ellos les gustaba que les llamaran— tenían la oportunidad de andar transitando libremente de su campamento asignado. En toda la isla hay alrededor de 11 campamentos: Balleto, donde nos encontramos ahora, albergaba a personas de buena conducta, ya que aquí estaban las oficinas administrativas de todo el penal”, explicó el guía previo a iniciar el recorrido.
La isla María Madre tiene 145 kilómetros cuadrados, 11 campamentos y llegó a albergar hasta 16 mil personas entre internos y trabajadores.
Después del museo toca recorrer una zona de celdas —aún no la prisión de máxima seguridad— y antes de cenar se hace una parada en el panteón de la isla.

Ahí hay 220 tumbas, en su mayoría sin nombre, sin epitafio. Son el recuerdo de aquellos que fueron condenados a pagar por sus errores en una isla de la que nunca salieron.
A las 6:00 de la tarde hay que volver para la cena que se sirve en punto de las 6:30.
Tras esa última comida hay que volver a subir al camioncito que llevará a los visitantes a la pista de aterrizaje de la Isla Madre, porque sí, llegan aviones y helicópteros, pero en su mayoría son gubernamentales o de privados que tienen la suficiencia económica para pagar el traslado.
En total oscuridad a los turistas se les pide que bajen del camión y se acuesten en la pista de aterrizaje para ver un espectáculo que en la CDMX, al menos, es prácticamente imposible observar: las estrellas.
Ahí, un marino ofrece una explicación mitológica de las estrellas y sus constelaciones, además de contar cómo en la antigüedad las embarcaciones se guiaban con las estrellas para navegar.
De vuelta al campamento el primer día de actividades ha concluido. Es hora de descansar porque antes del amanecer hay que estar listos para una nueva actividad: senderismo al Faro de la Isla.

Antes de las 6:00 de la mañana el camión de la Marina ya está listo para llevar a los visitantes al inicio del camino que los conducirá al Faro. Ninguna actividad es obligatoria, así que quienes deseen quedarse en sus casas descansando lo pueden hacer.
El recorrido a pie es de poco más de un kilómetro, pero hay que hacerlo rápido para estar en el punto más alto justo al amanecer y poder disfrutar del espectáculo.
Desde este punto los visitantes pueden apreciar el amanecer en la isla y cómo, poco a poco, los primeros rayos de sol comienzan a iluminar a la Isla Madre. Abajo, como si fuera de juguete, se observa el ferri atracado que permanece ahí hasta el momento de volver al continente con los visitantes.
Concluida la actividad es momento de volver para tomar el desayuno a las 7:30.
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A partir de ese momento y hasta la próxima comida, a la 1 de la tarde, los visitantes tienen el mayor “tiempo libre” para disfrutar de la playa.
La Isla Madre cuenta con un Club de Playa que ha sido acondicionado con camastros y hamacas. Hay una alberca y un área confinada para nadar en el mar. Por alrededor de tres horas los visitantes no hacen más que relajarse.
A las 2:30, después de la comida, es momento de adentrarse en uno de los pasajes más oscuros: la visita a la cárcel de máxima seguridad Laguna del Toro.
El camión de la Secretaría de Marina recibe a los turistas y los conduce hasta este centro penitenciario construido entre 2010 y 2011, durante el gobierno de Felipe Calderón.

Con un estilo claramente estadounidense, este lugar fue destinado a recibir criminales de alta peligrosidad, como miembros de cárteles o sicarios.
En 2013, apenas dos años después de su puesta en operación, se registró el último motín que dejó a cinco custodios heridos. Nunca se informó ni se supo con certeza cuántos presos perdieron la vida en aquel enfrentamiento.
Este motín se dio como resultado de las denigrantes e inhumanas condiciones en las que se tenía a los presos: sin agua corriente para los baños e higiene personal ni agua suficiente para consumo; no se les brindaba atención médica; no les permitían tener actividades laborales, educativas, de recreación y físicas; además de que les daban alimentos echados a perder.
En 2019, con la firma del decreto que desincorporó del sistema federal los centros penitenciarios que operaban en las Islas Marías para convertir el espacio en un centro ecológico y de educación ambiental, el penal de máxima seguridad Laguna del Toro cerró completamente sus puertas.
Ahora, quienes visiten el lugar pueden entrar y recorrerlo. Conocer las celdas y los contados espacios en los que a los reclusos se les permitía salir unos minutos al día a tomar el sol.
Como parte de este recorrido también se visita la camaronera y la salinera, este último lugar en donde Pedro Infante filmó la película Las Islas Marías.
Antes de volver para tomar la cena, el camión de la Marina traslada a los visitantes al Mirador Punta Halcones, espacio desde el cual podrán admirar el atardecer.
La jornada concluye hacia las 10:00 de la noche después de visitar la Henequenera y el Auditorio Muros de Agua, un espacio construido en honor al escritor José Revueltas, quien escribió la novela Los Muros de Agua mientras estuvo prisionero en las Islas Marías.

Antes de volver al continente -quienes así lo deseen- pueden hacer senderismo al Cristo Rey de las Islas Marías que se ubica en la cima del Cerro del Comején.
Se trata de una escultura monumental construida por los presos de la antigua colonia penal para simbolizar esperanza y fe.
Para llegar al Cristo y poder disfrutar el amanecer hay que subir poco más de tres kilómetros, así que el recorrido comienza a las 5:20 de la mañana.
Después de llegar y subir hasta la parte más alta de la escultura, desde donde se puede disfrutar el amanecer y llevarse un gran recuerdo, es momento de volver. El paseo prácticamente ha terminado.

A las 8:00 de la mañana se sirve el desayuno y a las 10:00 los turistas deben estar listos para subir de nuevo al ferri.
“Este viaje es cultura. Todos los visitantes se llevan una experiencia muy bonita, no es solo playa y mar. No, es algo totalmente diferente”, dijo Alfonso Valderrábano, quien opera una agencia de viajes y en diciembre llevó a su primer grupo a este lugar.
“Fue una experiencia muy bonita y un concepto muy diferente. Cada uno de nuestros turistas se lleva una idea totalmente diferente de lo que son las Islas Marías”, agregó.