Zapatos vacíos: cuerpos jóvenes y economía criminal

Redacción Animal Político · 2 de abril de 2025

Zapatos vacíos: cuerpos jóvenes y economía criminal

Los zapatos siempre me han dicho mucho. Como antropóloga en campo, observo con detenimiento los zapatos de los jóvenes con los que converso. En mis notas etnográficas y mis fotografías los zapatos son piezas claves que me ayudan a armar el mapa de lo que observo. He visto filas de calzado en conciertos de metal, en manifestaciones, en campamentos estudiantiles y en las plazas donde la resistencia se ensaya en cada paso. He visto botas con estoperoles saltando al ritmo de guitarras afiladas, huaraches de rastas reunidos en torno a círculos de tambores, tenis viejos desgastados por kilómetros de protesta. Cada zapato, una historia. Cada suela, una ruta. La juventud escribe su pertenencia con los pies: en los bailes, en los paros, en las fugas y en las marchas.

Pero a veces, esos zapatos quedan vacíos. Sin cuerpo. Sin destino.

Pienso en una imagen que compartí alguna vez en redes: una performance en Europa a propósito de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, una escalera cubierta de zapatos abandonados. Pregunté entonces, con el corazón en la garganta: ¿dónde están los jinetes que cabalgan estos zapatos vacíos? La pregunta me costó insultos, burlas, agresiones digitales. Pero hoy la sostengo. Porque los zapatos, cuando están solos, cuando han perdido a quien los habitaba, nos interpelan.

Hoy, quiero volver sobre esa imagen para pensar en lo que se está gestando con más violencia, con más sistematicidad: el reclutamiento forzado. No es nuevo, pero ha mutado. La desaparición de jóvenes en México no puede entenderse —como se ha hecho fácil desde ciertos escritorios burocráticos— sólo como un acto de poderes difusos o, como se acusa, de jóvenes que quieren desaparecer.

Hay en curso una maquinaria que necesita cuerpos. Cuerpos entrenables, adaptables, sustituibles. Cuerpos que desaparecen de sus familias, pero reaparecen, a menudo, como parte de una estructura que los reaprovecha para su mantenimiento y supervivencia o los desecha.

En un reciente ejercicio de estimación, realizado con la ayuda de ChatGPT-4o en modo investigación en profundidad, consultando varias fuentes y a partir de la estructura jerárquica conocida de una de las organizaciones criminales más expandidas del país, resulta evidente que los 18,800 miembros que se le atribuyen oficialmente no alcanzan para sostener una red de esa magnitud. La operación criminal requiere entre 30,000 y 50,000 personas, si consideramos plazas activas, niveles jerárquicos, funciones especializadas, redes de corrupción y los enlaces logísticos y financieros. Esa brecha entre lo que se declara y lo que realmente se necesita se cubre, en parte, con desapariciones. No todas, claro. Pero muchas.

El reclutamiento forzado es parte del ecosistema del crimen. No ocurre al margen: está estructurado, racionalizado, y en algunos casos, hasta tercerizado. En zonas rurales y periferias urbanas, hay reportes de “levantones” selectivos, de campamentos de entrenamiento, de desapariciones que ya es imposible ocultar. Los jóvenes, especialmente varones entre 15 y 29 años, son blanco preferente: porque son fuerza disponible, porque no hay proyectos de vida viables, porque la estigmatización social facilita su desaparición sin escándalo.

Esta realidad exige dejar de pensar la desaparición como un fenómeno individual y comenzar a leerla como parte de una economía del cuerpo en contextos de violencia estructural.

Los zapatos abandonados no son sólo huellas del dolor: son pistas de cómo se recluta, se transforma, se reubica la juventud bajo lógicas necropolíticas.

Hay que mirar de frente una verdad incómoda: mientras el Estado administra conteos y cifras, una maquinaria paralela opera con eficiencia brutal. Si no somos capaces de rastrear cómo funciona, seguiremos perdiendo generaciones enteras, cuyos zapatos quedarán como única evidencia de su paso fugaz por este mundo.