blogeditor · 23 de abril de 2013
En las últimas semanas estuve de gira artística por varias ciudades norteamericanas y me pude dar cuenta de algo peculiar: los peatones no sólo existen, sino que son respetados.
Sabiendo que a todos nosotros nos chocan los comparaciones, pero en la academia son muy utilizadas para comparar realidades y tratar de entender la razón por la cual en algunas sociedades se hace tal o cual cosa y en otras ni siquiera se ha imaginado que existen, valdría la pena pensar en el siguiente rollo que les echaré.
El peatón es un ser no sólo reconocido en el paisaje urbano, sino también cuenta con espacios en cantidad y de calidad específicos para moverse, convivir, e inclusive ejercitarse. Las aceras o banquetas no son un territorio inhóspito en el que se requieren grandes habilidades circenses, zapatos de montaña o tobillos de caballo percherón para poderlas usar, cruzar. Son espacios diseñados específicamente para facilitar la movilidad de las personas, bienes, mascotas, o para simplemente estar. Puedo decir en verdad que me impresionó que en ciudades como Washington, D. C., las hordas de godínez que en esta ciudad habitan, por la mañana se apropian de las banquetas como medio para llegar a su lugar de trabajo, mientras que por la tarde sólo esperan a que su jornada laboral termine para invadir de manera masiva las banquetas para hacer ejercicio y reducir las carnitas. Imagínense si eso quisiéramos hacer en las banquetas chilangas, por ejemplo. Lo más probable es que, además de desarrollar habilidades propias del Circo Chino de Tepic, acabaríamos con las piernas, rodillas, tobillos, columna, jodidas. Así de plano.
También otra cosa que me llamó la atención es que el peatón, una vez que decide abandonar ese amplio, plano y mítico espacio que es la banqueta, e intenta cruzar la calle, tiene prioridad sobre cualquier vehículo que vaya cruzando, ya sea bicicleta, motocicleta, coche, camión o carruaje, y si el conductor de cualquiera de esos vehículos se pasa de menso y no le da prioridad al peatón, puede hacerse acreedor de una multa que puede ir entre los 250 a los 350 dolarucos. Sólo por no dejar pasar a un peatón, o a una peatona.
Aquí en nuestra grandiosa Tenochtitlán, ser un peatón común y corriente que intente cruzar una calle, avenida, arroyo vehicular, es casi tan riesgosa como ser domador de circo o ir a una fiesta swinger sin condón. Aquí en el DF, la prioridad la tienen los vehículos, faltaba más.
¿A qué se debe esta pequeña diferencia cultural? ¿Es acaso culpa de las instituciones, de los políticos, de los genes que tiene la “Raza Cósmica”, de la intolerancia a la lactosa, o de la falta de una cultura peatonal?
Es muy probable que parte de la responsabilidad (la culpa es más bien una apreciación religiosa) es la falta de cultura peatonal, pero también es de la carencia de una adecuada infraestructura peatonal que incluya banquetas decentes, cruces peatonales bien señalizados y accesibles para todos, incluyendo a personas con discapacidades o de la tercera edad, protecciones eficaces para los peatones, puentes peatonales bien diseñados y bien construidos, señalización adecuada y también, canijos peatones que las usen y que por hueva, en vez de treparse al puente, arriesguen la vida cruzándose la calle a lo menso, o en lugares que no corresponden.
Creo que en el DF hace falta una política integral dirigida a los peatones, para que caminar sea no sólo una forma de moverse, sino también de disfrutar los espacios públicos, pero para que esto sea cierto. Hay que ponerse en los zapatos del peatón.