blogeditor · 11 de diciembre de 2014
Vivimos la asfixia política. En México, el espacio para participar y discutir lo público es cerrado y aplastante para las personas. Ellos, los políticos de siempre, han tomado los espacios destinados a la gente: los partidos, los canales para la deliberación institucionalizada, los medios de comunicación masiva… el gobierno.
Vivimos una era de privatización de lo público. Una democracia para unos cuantos. Una ficción en la que nuestra participación sólo es posible pidiéndoles permiso para entrar en sus burocracias, para que nos presten los congresos que tomaron, para pedir respuesta sobre sus actos públicos. En el mejor de los casos, las personas pueden aspirar a participar esporádicamente en marchas o esperar cada tres años para votar… pero no es suficiente. Aunque tenemos una sociedad civil organizada cada vez más fuerte, en la ficción que los políticos de siempre han creado, la colocan en el polo opuesto de la política. Un polo que sólo es escuchado y tomado en cuenta cuando es útil o necesario para legitimar el poder. Ellos, la casta política que gobierna, son quienes nos sofocan y esperan que nos mantengamos en el bostezo de la indiferencia. Bajo esta lógica, nos han llevado a la situación actual: al gobierno de los peores, la República de la exclusión.
Las movilizaciones de los últimos años han abierto un nuevo horizonte. Una terrible mezcla de rabia, indignación, impotencia y hartazgo ha sido el motor común que ha encendido y mantenido vivas las protestas. Sin embargo, incluso ese horrible motor ha sido rebasado. Ya no basta —nunca lo hizo pero al menos daba cierto alivio— con gritar, con llorar, con sudar el horror en una marcha. La indolencia e ineptitud de los actuales gobernantes, de nuestra clase política, ha llegado a niveles excesivos. Cuando las protestas ya no son suficientes, cuando la rabia tiene ansia de futuro, cuando miles de personas han llegado al límite, sólo queda una pregunta ¿y ahora qué?
Hay quienes en este punto llamarán a la forma más vieja de calmar el dolor: la violencia. La más vieja pero también la más inútil e irresponsable. ¿Quién de verdad puede creer que el horror que actualmente estamos viviendo se puede superar generando más dolor? Todos queremos que los responsables rindan cuentas, pero también queremos, antes que nada, que esta situación acabe. Queremos vivir en un lugar mejor, y queremos que ese lugar sea México.
Pero entonces, ¿y ahora qué?
Frente a quienes responden con la violencia, nosotros contestamos: la irrupción ciudadana.
Frente a quienes creen en la movilización permanente, nosotros contestamos: organización.
Frente a quienes quieren transformar la realidad por decretos de reforma, nosotros contestamos: liderazgo.
[contextly_sidebar id=”B0Ob29Bgrc0oSIPxdRuP0GZynCBJJAjI”]¿Y ahora qué? La irrupción ciudadana, la organización, el liderazgo. Debemos dejar de pedir permiso. Hemos decidido dejar de pedir permiso. Como sociedad, tenemos que recuperar lo que nos han arrebatado. Tenemos que poner fin a su política, aquella que da la espalda a la sociedad y se resuelve en espacios ajenos a las personas. Nuestro proyecto es devolver la política a la gente. Es tiempo de llevar la política que construye a todas las esferas de la sociedad: a las organizaciones que se encargan de vigilar y medir el ejercicio de gobierno; a los grupos y colectivos que a través del arte idean nuevas sociedades y critican las existentes; a la vida diaria de las personas que habitan y mantienen nuestro país, pero también, y sobre todo porque es donde más se le necesita, al seno del gobierno mismo.
Ya basta de tratar de obligarlos a escuchar, de jugar a que alguna vez nos harán caso. Si no pueden, no tenemos que esperar a que renuncien, debemos sacarles y sustituirles por quienes sí queremos, sí podrán y sí harán. A nuestro país le hacen falta instituciones fuertes, un estado de derecho sólido, pero más que nada, líderes. No caciques, no dictadores, no populistas, no personajes mesiánicos: líderes.
Necesitamos personas sin miedo a ser la vanguardia de una transformación. Dispuestos a pagar los costos de un verdadero cambio, de exponerse al debate, de arriesgarse al error. Es indispensable marchar, protestar, vigilar, medir; es indispensable que las organizaciones y personas fuera del gobierno propongan y critiquen, pero lo que más necesitamos hoy son personas dentro del gobierno que lideren, que tomen riesgos, que se atrevan, que respondan la pregunta ¿y ahora qué?
En algún lugar de Europa, a esto lo llaman “tomar el cielo por asalto”.
* Carlos Monroy es Presidente de Ala Izquierda. Armando Sobrino es Coordinador de WikipolíticaDF.