blogeditor · 10 de diciembre de 2019
En ningún otro momento de la historia de México se ha hablado tanto de derechos humanos. Tampoco, en ningún otro momento se han matado 9 mujeres al día en el país. México es de los países con más ratificaciones de tratados internacionales: tan solo en materia ambiental ha ratificado cerca de 79. También, México es el cuarto país más letal a nivel mundial para las defensoras y defensores de la tierra y el medio ambiente. A 71 años de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no hay nada que celebrar.
En México se perpetúan las más grandes atrocidades en contra de las personas. Ahí donde reinan las sombras y la opacidad, ahí donde nadie se entera y nadie quiere preguntar. En parte porque el Estado se ha encargado de controlar la agenda pública, en parte porque las personas que no viven esas realidades se encuentran cómodas y seguras, y en parte porque en realidad a nadie le interesa saber, mucho menos cambiar la situación. Así, todas las ilegalidades se aceptan como naturales y permanecen como la manifestación de los más grandes crímenes: el silencio y la simulación.
Tanto la simulación como el silencio son daños colaterales de la construcción y origen mismo de los derechos humanos. Los mismos actores que han marcado el curso de la humanidad, generalmente, a partir de la explotación y opresión de los otros, son los responsables de reducirlos a un mero discurso y herramienta de poder político. Durante este proceso, los derechos humanos florecieron solo en el plano académico y discursivo, omitiendo denunciar que, detrás de ellos, siempre hubo una agenda marcada por intereses políticos y económicos, generalmente ocultos bajo las promesas de progreso, desarrollo y democracia. Así, todas las decisiones de la llamada “comunidad internacional” se fundamentaron en realidades que dejaron al margen a la mayoría de la población, conformada en gran parte por los grupos sociales excluidos que han sido los motores de las luchas emancipadoras de los últimos años.
Si se busca revertir esta simulación, en principio hay que asumir nuestra realidad. En México vivimos en un Estado capturado por intereses ajenos a los de la mayoría, por tanto, hablar de derechos humanos y de universalidad, más que una simulación, es una puesta en escena. Bajo el reflector se presenta el discurso de los derechos humanos: los “grandes esfuerzos”, las “fuertes luchas” y los “cuantiosos recursos” que se destinan a garantizar progreso y derechos. Mientras que la realidad se presenta tras bambalinas, con un desfile de toda clase de violaciones. Esta obra ha sido escrita y representada por los más altos niveles de poder ̶̶ gubernamentales y no gubernamentales ̶̶ que, aparentando ser aliados de la causa, acaban por sumarse a la generación de un discurso en el que todas hemos decidido no solo creer, sino replicar.
A través del discurso nos han hecho creer, y hemos decidido creer, que sus luchas son nuestras, y que sus remedios y soluciones funcionarán aquí. Se simula que, siguiendo pautas y convenios firmados en Ginebra o Nueva York, se podrá transformar la realidad de las miles de personas que nunca han estado verdaderamente representadas en los foros internacionales. Todo esto genera, entre otras cosas, que dejemos de hablar de lo que realmente sucede aquí, y que las pocas personas que se han aventurado a levantar la voz hayan sido brutalmente silenciadas.
La muerte de Regina Martínez en Veracruz, Arnulfo Cerón en Guerrero, Samir Flores en Morelos, Miroslava Breach y Marisela Escobedo en Chihuahua, Javier Valdés en Sinaloa, y de miles más, no deben silenciar las luchas que emprendieron. Sus reclamos buscaban romper con el silencio que por tanto tiempo ha dominado el discurso político y ha forjado el camino de la impunidad. El silencio se ha convertido en una herramienta fundamental para un Estado aterrado de reconocer que ha fallado y que enfrenta la más grande crisis de derechos humanos.
La discriminación y exclusión de pueblos y comunidades indígenas, las indignas condiciones en las que viven las personas privadas de libertad, la tortura sistemática y la explotación y despojo de tierras y recursos naturales, son realidades que, aunque no se nombren, existen. Su ausencia en la agenda nacional no las hace desaparecer, así como tampoco el querer fingir que no es tan grave la situación. Si la estrategia del silencio la manejan los mismos que encubren la realidad, aseveraciones de autoridades como “¿han asesinado periodistas?”, resultan solo naturales para una gran mayoría, e indignantes para los pocos que lo viven y que duelen como propias las miles de desapariciones y asesinatos. Es por esta razón que resulta urgente comenzar a desafiar el discurso, denunciar la simulación y gritar sobre el silencio.
En un Estado fallido donde la violencia se ha vuelto la única forma de legitimación, la firma de tratados internacionales y un plan nacional de desarrollo se presentan como la única solución. Sin embargo, esas acciones y voltear la espalda tienen el mismo efecto, no disrumpen el status quo. El terrorismo de Estado se activa y comienza por derribar a unos cuantos, ante los ojos indiferentes que contemplan la masacre. Entonces, cuando vengan por nosotros, ¿quién va a quedar de pie y quién va a levantar la voz?, si nuestro silencio era ensordecedor cuando cayeron los demás.
Las grandes transformaciones nunca parten de la negación, sino que deben generarse a partir del reconocimiento de la realidad mexicana, de la crisis mexicana. Una amenaza masiva contra el discurso que simula y calla es un buen punto de partida. Si los derechos humanos surgen desde la hegemonía, la única forma de romper con las dinámicas de opresión es fracturando el discurso que los fundamenta y transforma a su interés. Repensar y refundamentar los derechos humanos supone cambiar de narrativas: del mundo de ellos al mundo de nosotras, de su vida a nuestra lucha por sobrevivir, de su igualdad a nuestra ausencia de voz en la toma de decisiones, de su libertad y justicia a nuestra represión e impunidad.
* Layla Almaraz y Verónica Garzón son coordinadoras de Jurídico e Incidencia respectivamente de ASILEGAL.