blogeditor · 1 de mayo de 2013
Las canciones populares tienen la mismísima verdad en sus letras. La banda Intocable nos recuerda que más vale preguntarse “¿Y todo para qué?” al embarcarse en un camino venturoso antes de que esa interrogante se vuelva un terrible lamento. La reforma política de las instituciones educativas no deben perder de vista la cuestión de cuáles son los fines de la educación. “¿Y todo para qué?”, pues.
En un ejercicio de sobresimplificación, es posible apuntar que el siglo XX mexicano tuvo un sistema educativo que se planteó como objetivo clave “fabricar” mexicanos con la estrategia central de ampliar la cobertura de los servicios educativos ataviada de una formación estandarizada de sujetos homogéneos, pasivos, obedientes y poco responsables. “Callate”, “siéntate”, “no te salgas de la fila” se convirtieron en las tres frases más usadas en un salón de clases. Se trató de un sistema sumamente funcional al régimen priista y a su proyecto de unidad nacional. Esta sobresimplificación es injusta con los esfuerzos de profesores que conscientes de estos procesos quisieron y pudieron sacudírselos.
El enfoque tradicional no alcanza ahora para que las niñas y niños sean contemporáneos de su mundo, entiendan su entorno, imaginen uno diferente y sean creativos e innovadores en los caminos para transformarlo. Así, un nuevo sistema educativo debería tener como objetivo clave formar personas libres, ciudadanos activos, críticos, reflexivos, propositivos y responsables con una estrategia central de ampliar la cobertura educativa, pero con altos estándares y sentido de colaboración, equidad y pertinencia.
La educación memorística y enciclopédica que ha caracterizado al sistema educativo mexicano debe dar paso a una que promueva hábitos y prácticas basados en nuevos valores, en criterios que se usen para evaluar y elegir alternativas, en referentes que orienten el ejercicio de la libertad, en puntos cardinales en la vida de las personas que se construyen a partir de creencias, emociones y vivencias, las cuales se asocian en el tiempo. Los valores se aprenden viviéndolos y con discernimientos continuos. Las aulas son espacios privilegiados para ello.
Los viejos valores que deben sustituirse son la baja autoestima, la deshonestidad, la discriminación sistemática, la libertad sin responsabilidad, la desigualdad como valor práctico, la corrupción y el patrimonialismo (las concesiones televisivas, de telecomunicaciones, de infraescructura y mineras, la venta y herencia de plazas magisteriales, hasta episodios cotidianos de prepotencia de familiares de funcionarios públicos nos lo recuerdan cotidianamente), el imperio de los monólogos y la ausencia de capacidades para la deliberación y el diálogo, la información memorizada, la “autoridad” que sustituye a la evidencia empírica, el abismo entre el discurso y la práctica, la disciplina externa y la pasividad, el conformismo y la inercia, el nacionalismo patriotero que impide ser contemporáneos del mundo.
En el sistema educativo mexicano los nuevos valores que deberían promoverse son la dignidad, la auto-estima y la honestidad; la no discriminación por género, raza, origen social, religión, preferencia sexual; la libertad con responsabilidad; la igualdad de oportunidades y de ejercicio de derechos; la justicia y apego a la legalidad; la fraternidad, empatía y solidaridad; el diálogo, la deliberación y la cooperación; el respeto y aprecio por la diversidad y la diferencia; el conocimiento autogenerado, basado en razones, datos, evidencias; la congruencia entre el discurso y la práctica; la disciplina interna y la orientación a la acción; la imaginación, la creatividad, la innovación y la capacidad de empezar bien y acabar bien las cosas; la apertura al mundo y aprecio por lo nuestro.
En este contexto, la nueva relación maestro-alumno debe abandonar el esquema tradicional en que el maestro tiene todo el conocimiento y todas las respuestas; en el que existe un mismo estilo y tiempo pedagógico para todo el alumnado del país; en el que existen alumnos concebidos como sujetos fundamentalmente pasivos del proceso enseñanza-aprendizaje. El nuevo esquema debe contar con docentes que funjan como guías y facilitadores; docentes como aprendices, indagadores, colaboradores en la construcción de un conocimiento colaborativo; estudiantes concebidos como sujetos activos del proceso enseñanza-aprendizaje incorporados en una relación tutora; procesos que desarrollen un aprendizaje imaginativo; estrategias pedagógicas diferenciadas según perfiles de aprendizaje de las y los alumnos; incorporación de aprendizajes a través de pares; generación del conocimiento en donde se reconoce y valora el proceso más que el producto; generación del conocimiento a partir de procesos indagatorios donde el alumno aprende a asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje.
El desarrollo de competencias claves y capacidad para aprender debe superar la prevalencia de viejos contenidos (funcionales en un país autoritario, atrasado y cerrado al mundo), basados en la información; la capacidad memorística; la capacidad para imitar y repetir; la valoración acrítica de la autoridad; la deshonestidad práctica; la poca valoración al mérito y al esfuerzo.
Por ello, los nuevos contenidos para un país democrático, moderno y abierto al mundo deben privilegiar la capacidad para aprender (adquirir conocimientos, discriminar y analizar información, generar nuevo conocimiento); para tener un aprendizaje imaginativo; para desarrollar competencias no-cognitivas como la auto-estima, la auto-regulación emocional, la disciplina interna, la perseverancia, el trabajo en equipo; para desarrollar competencias cognitivas básicas: lectura, razonamiento matemático y científico; para poseer creatividad, adaptabilidad y capacidad para generar valor; para tener capacidades comunicativas y de aprovechamiento de las tecnologías; resolución de conflictos y cooperación; valoración crítica de la autoridad; honestidad y amor a la verdad; alta valoración al mérito y al esfuerzo; que entienda al arte como camino a la humanidad, la imaginación y la transformación permanente; que promueve y facilita la apropiación y desarrollo de los talentos del alumnado.
Aunque suene extraño, todo esto debe desarrollarse con una currícula muy ligera, centrada en el desarrollo de habilidades básicas y habilidades superiores de pensamiento en valores para la convivencia democrática. Si bien con conocimientos nacionales básicos, también con suficiente espacio y libertad para la escuela y para que los maestros seleccionen contenidos significativos para que sus alumnos conozcan mejor su realidad, despierten en ellos la curiosidad y la capacidad de asombro como materia prima para desarrollar habilidades y valores entendiendo que la habilidad más importante actualmente es aprender a aprender.
Muchos maestros en México saben de todo esto e incluso viven estos cambios en las aulas a pesar de obstáculos y resistencias. Las reformas educativas que están por discutirse deben tener claridad de los fines de la educación y deben generar condiciones institucionales para que, por primera vez en la historia, el sistema educativo confíe en sus maestros, les otorgue libertad y condiciones para desarrollar su potencial. Si ello no ocurre, el “¿Y todo para qué?” no será una pregunta sino un chocante lamento.
* El año pasado tuve el privilegio de formar parte de la Mesa de Educación de la 1a Cumbre Ciudadana para Construir un México Pacífico y Justo. Ahí se conjuntaron propuestas de diferentes organizaciones civiles en materia educativa y se creó una agenda común que se presentó a los candidatos presidenciales y a los presidentes de los partidos políticos. Buena parte de esa agenda fue retomada por el Pacto por México. En el debate tuvimos la fortuna de contar con las aportaciones de Blanca Heredia quien dio claridad sobre los valores que deberían cambiarse en el sistema educativo. Esta columna se benefició de forma directa y alevosa de ese proceso y de las ideas ahí vertidas.