Y sigue la manta dando

Redacción Animal Político · 28 de abril de 2011

Y sigue la manta dando

Soy Abel Vicencio y vivo en la calle de la manta.

Llegué a la Del Valle hace 25 años. Me gusta vivir en una colonia que está a pocos metros de las avenidas más importantes, de buenos restoranes, del entretenimiento, y de mi propia empresa; y que al mismo tiempo tiene todavía mercados y negocios tradicionales. Los fines de semana, si no hay juego del Cruz Azul, disfrutamos de una tranquilidad casi pueblerina.

La Del Valle ha superado la disyuntiva de la despoblación de las colonias por la instalación de negocios y oficinas. Aquí vive mucha gente, pero también trabaja mucha más. Tenemos una colonia sana, boyante y con gran capacidad económica. No es raro entonces que la zona tenga también los primeros lugares en robo: de carros, a transeúnte, a casas habitación. No los aburriré con la consabidas historias de terror, sólo diré que sí he sido víctima de estos ilícitos, con violencia, y estando involucradas las personas que más quiero. Todos bien, afortunadamente.

La existencia de los robos no obedece a la falta de prevención, ni mucho menos a la situación económica. La criminalidad se ha exacerbado debido a la casi total impunidad que hace que quien quiera que lo intente, tiene certeza de salirse con la suya.

Mi calle, por ser discreta pero estar fuertemente conectada con vías de salida expedita es -me imagino-, escogida por los cacos. En los últimos meses se dieron más de 5 robos a hogares, de esos en que los “amigos de lo ajeno” esperan a que la gente salga aunque sea un rato para vaciar la casa. Nadie se da cuenta. Me explican que los ladrones van bien vestidos, con mujeres y hasta niños, y uno los saluda mientras van o vienen de desvalijar al vecino. Uno, dos robos así formarían parte de la “normalidad”.  Cinco o seis colmaron la paciencia y comenzó la historia de la famosa manta en la Del Valle.

Ya nos había pasado. Hace algunos años los ilícitos se dispararon también: personal de seguridad pública, de la procuraduría y de la delegación se reunió con nosotros; nos pasaron sus teléfonos, y nos dieron recomendaciones de seguridad. Casi ninguno las seguimos. No nos comunicamos; no avisamos si saldremos de vacaciones, no pusimos alarmas colectivas, no reforzamos cerraduras; no dejamos de ostentar.

Ahora vuelve a suceder, con una variante: Algunos vecinos explicablemente escandalizados por los robos mandaron colocar un par de mantas a ambos extremos de la calle.

Yo no suscribo la manta. Ésta no hace más que evidenciar, aparte de la comprensible desesperación de la gente, que en materia de ciudadanía estamos en pañales. Anuncia el cierre de la calle. ¿A quién? ¡Pues a todas las personas que la usan! Desafortunado. Advierte también al ladrón que tome sus precauciones (Qué amables somos)  por que “haremos justicia de propia mano”.

Albures aparte, considero la manta un despropósito de principio a fin. Quien la haya redactado evidencia si no un desprecio, sí un desconocimiento supino de la legalidad y de la razón de ser de los ordenamientos que norman nuestra convivencia.

Soy vecino de la calle. Ya me han asaltado. Me preocupa la inseguridad. Pero no podemos por ésta razón ni por ninguna otra, ejercer la cultura del agandalle. La calle en tanto vía pública, no nos pertenece a nosotros, sino a todos nuestros conciudadanos; y está hecha para transportarse, para comunicarnos. El cierre desvirtuaría su función principal, la calle se convertiría en una “privada” constituyéndose un despojo a la propiedad colectiva inadmisible. El hecho de que ya se haya logrado lo anterior en otras calles no le da a mi parecer ni un ápice de justificación a esta pretensión. Y ni en las calles cerradas se abaten los robos.

Lo de la “justicia por propia mano” sí me da pena ajena. Y más pensando en la gracia que le habrá causado al ladrón. Me lo imagino barrigón en su guarida, con su cachucha, su antifaz y su camisa a rayas riéndose como el Chómpiras y el Peterete.

 

Cualquier persona estaríamos dispuestos a defender nuestra familia y nuestro patrimonio. Habrá  incluso quien se sienta seguro de guardar algún arma en su domicilio; pero de ahí a convertirnos en la versión burguesa de Fuenteovejuna o San Juan Ixtayopan hay mucho trayecto, que todo mundo sabe no vamos a cubrir.

La manta es pues un despropósito; pero ¿saben qué? Funcionó. Más preocupados de las implicaciones mediáticas que de la seguridad, o la legalidad, funcionarios del GDF accedieron a reunirse con los vecinos, a ponernos vigilancia de policletos las 24 horas, a aumentar los rondines de las patrullas, y a reforzar las investigaciones. No descartaron de entrada, el cierre de la calle.

El día de la reunión con gente de Seguridad Pública, la Procuraduría, Policía investigadora y representantes de la Delegación Benito Juárez, me sentí muy incómodo. Los vecinos desconocíamos que autoridad se encarga de qué cosas, que es lo que se puede hacer y lo que no. Reclamos, exigencias y comentarios que iban desde lo más razonable hasta lo más banal y absurdo se sucedían. Lo que más me dio pena es que resultó ser que muy pocos de los ilícitos que se cometieron fueron denunciados ante el Ministerio Público. De pena.

Lamentablemente los representantes de la autoridad tampoco estuvieron a la altura. Acostumbrados a este tipo de reuniones, escucharon pacientemente y por horas, el desahogo de los vecinos. Dijeron lo que tenían que decir; evidenciaron nuestra falta de cultura de la denuncia, y… solicitaron el retiro de la manta como condición para continuar apoyándonos. Obviamente esto unió a la mayoría de los vecinos en contra, y la manta sigue allí; para escarnio de los vecinos, vergüenza de la autoridad, y diversión de los ladrones.

Tenemos vigilancia de amables “policletos” las 24 horas. Me siento más seguro. Platico con los policías; aunque los rotan nos vamos conociendo. Nos saludamos; están pendientes cuando llegamos a altas horas de la noche, o cuando yo espero a alguno de mis hijos llegar de sus fiestas. Supongo que comparado con otros, este servicio al que fueron destacados les ha de parecer muy tranquilo y cómodo.  Pero no puedo dejar de pensar que tenemos una vigilancia excepcional, tal vez injusta porque no se puede asignar este servicio público a todas las calles de la ciudad.  Me pregunto qué pensaran ellos, cuando seguramente no tienen esa vigilancia en las calles de sus propias casas.

Y pasan los días, y la manta sigue allí. Y no la suscribo. Prefiero hacer este escrito a modo de “confesión cívica” y declarar, ante ustedes amables lectores, que estoy dispuesto a tomar medidas básicas de seguridad, a denunciar los ilícitos por más inútil que me parezca,  a comunicarme más, y en general a ser mejor vecino e informado ciudadano.

Más información: http://bit.ly/l7JaQF