¿Y si no hubiera sido rubia?

blogeditor · 23 de octubre de 2013

¿Y si no hubiera sido rubia?

La historia es ésta.

Una pareja de gitanos en Grecia mantiene cautiva a una pequeña de quizá cinco años de edad. La niña, descuidada y asustada, es rescatada por las autoridades que tratan de contener las lágrimas y la indignación cuando descubren que, con toda seguridad, la niña fue abusada sexualmente. En las primeras noches tras su liberación, la niña llora sin parar hasta quedarse dormida. La pareja que la mantenía cautiva asegura que la madre biológica de la niña se las dio en adopción informal, es decir, sin ningún trámite legal de por medio. Parece casi imposible. Lo más probable es que la niña sea una de los cientos de miles de infantes robados y traficados y esclavizados en el mundo.

Ahora, las autoridades tratan afanosamente de localizar a los verdaderos padres biológicos de la niña. Es posible que lo consigan, sobre todo porque la fotografía de la pequeña ha dado la vuelta al mundo. Tan sólo en las primeras horas después del rescate, miles de medios de comunicación retomaron la fotografía de la rubiecita aterrada, con el pelo enmarañado y los ojos claros y desconfiados. Si finalmente se reencuentra con sus padres y poco a poco reconstruye su vida, habrá sido poco menos que un milagro. Pero ese hipotético final feliz -que lejos está de ser un hecho- escondería un lado más oscuro de la historia.

[contextly_sidebar id=”6e4737db127e5a2a62baa17277319d80″]El caso de la pequeña de Grecia es sólo un ejemplo más del prejuicio racial de nuestra indignación. No pocas voces se han preguntado si la respuesta generalizada de los medios habría sido la misma si la niña encontrada no fuera rubia. ¿Habrían tenido la misma reacción si hubiera sido, digamos, hindú, donde la esclavitud y el tráfico humano ha alcanzado magnitudes aberrantes? ¡Y ni qué decir en caso de que la víctima en cuestión hubiera tenido rasgos latinos! ¿Habrían movido cielo, mar y tierra los medios para difundir la imagen o les hubiera resultado menos conmovedora, menos digna de compasión?

En Estados Unidos, la indignación selectiva es evidente y repugnante. Basta comparar los casos de Elizabeth Smart y Gina de Jesús. Cuando se trató de Smart, una jovencita rubia secuestrada de su cama a la mitad de la noche y esclavizada por una pareja de fanáticos, los medios de comunicación difundieron durante semanas su retrato y las súplicas de sus padres. Fue, sobra decirlo, la reacción correcta. En muchísimos casos, sólo este tipo de difusión puede provocar el rescate de las víctimas. Lo ocurrido con De Jesús, la tercera joven secuestrada por Ariel Castro y luego encadenada por años en un sótano en Ohio, fue muy distinta. La atención de los medios y las autoridades fue otra, menos intensa, más perezosa, menos interesada en rescatar a la joven de origen hispano.

En México nos sucedió algo parecido con el caso infame de Paulette Gebara. ¿Cuántas niñas como ella desaparecen sin dejar rastro no de costosos departamentos en la Ciudad de México sino de algún pueblo en Tlaxcala o Veracruz? La respuesta a esa pregunta debería avergonzarnos lo mismo que la reacción desigual de los medio en aquel tiempo -y me incluyo: fui el primero en entrevistar a la madre de Paulette y, como el resto de mis colegas, no solté el caso durante semanas.

Por eso, celebro la indignación generalizada y la difusión del caso de la niña hallada en Grecia, pero hago votos porque le dediquemos la misma atención a las otras niñas y niños que no tienen ni el pelo rubio, ni la piel blanca, ni los ojos claros. La indignación selectiva no es otra cosa más que racismo.