¿Y si fuera un humano?

blogeditor · 14 de diciembre de 2022

¿Y si fuera un humano?

(…) en el planeta Tierra, el hombre siempre había asumido que era más inteligente que los delfines porque él había logrado muchas cosas —la rueda, Nueva York, guerras y demás—, mientras que todo lo que los delfines habían hecho era perder el tiempo en el agua pasándola bien. Pero, inversamente, los delfines siempre habían pensado que eran mucho más inteligentes que el hombre —por precisamente las mismas razones—.

Douglas Adams, The Hitchhiker’s guide to the Galaxy

 

Recientemente, el anuncio y la posterior cancelación (debido a la controversia) de un ciclo de discusiones en la UAM respecto a la tauromaquia, que aparentemente estaba muy sesgado a favor de dicho espectáculo, caldeó los ánimos generales respecto al tema. Poco después ocurrió algo parecido en la UNAM con un evento cultural que por lo visto iba a incluir contenido relacionado o inspirado en la llamada “fiesta brava” (por otra parte, llama la atención que estos eventos de exaltación taurina tengan lugar justo cuando la permanencia de esta industria está bajo serio cuestionamiento).

Los taurinos reclaman, rabiosos: “Si no les gustan las corridas de toros, que no las vean y ya”. Esto indica que, para sus aficionados, se trata de un espectáculo tan inofensivo como cualquiera. Por eso perciben a quienes nos oponemos de esta actividad, y cualquier otra semejante, en el mejor de los casos, como un clan de santurrones que buscan censurar su pasión. En el peor, pierden los estribos y nos acusan de querer “imponer nuestra ideología”: nos llaman represores, posers, hipócritas, antimexicanos, opositores al libre pensamiento, agentes de la imposición cultural extranjera, neofascistas, terroristas… epítetos cuya visceralidad da cuenta del nivel de raciocinio que se posee al momento de enunciarlos —y de lo mucho que se ignoran el significado y las implicaciones reales de tales términos—.

Muchos colaboradores/as de esta columna, a quienes ahora quisiera referir, han abordado el tema, reflexionando sobre los hechos, describiendo el sacrificio y analizando sus probables significados, evidenciando suposiciones falsas, delatando negocios y eventos aledaños, apelando a la necesidad de nuestro avance legal, o narrando los encontronazos entre taurinos y antitaurinos. Hace tiempo yo también contribuí exponiendo algunos de los argumentos que, a través de los años, me he encontrado en este debate (incluyendo la socorrida equiparación de alimentación y entretenimiento).

Pero todavía queda una pregunta por hacer: si la víctima del evento no fuera un toro, sino un humano, ¿seguirían, señores taurinos, defendiendo este “espectáculo”? Es de suponer y de esperar que la respuesta fuera no. Pero, añadirán, no estamos hablando de un humano, sino de un animal (no humano); lo cual nos lleva a otra pregunta: ¿por qué esa diferencia es relevante aquí?

Lo que distingue al Homo Sapiens del resto de las especies animales es la posesión de una cognición mucho más compleja. Esa característica marca todas las diferencias, desde el desarrollo del habla o lenguajes afines, la construcción de ciudades y la creación artística, hasta la elaboración de discursos de odio, la fabricación de bombas y la invención del consumismo. Así que la pregunta se acotaría como sigue: ¿esa distinción entraría en juego en este caso específico? Hasta cierto punto sí: el pensamiento complejo humano, del que surgen proyectos de vida y conceptos como “libertad”, agregará un dolor anímico o filosófico a la situación. Sin embargo, esto sería un agravante del malestar físico y neurológico ya existente: el estrés, la sensación de peligro y el dolor por los ataques violentos no dependen de las funciones cerebrales que nos distinguen de otras especies, sino, por el contrario, de las que compartimos con ellas.

Como cualquier vertebrado y muchísimos invertebrados, los bovinos poseen un sistema nervioso, una de cuyas funciones primordiales es enviar un mensaje de advertencia ante ciertos ataques materiales, al cual llamamos “dolor”. Si eso no fuera suficiente para suponer que experimentan dolor físico —y que, por lo tanto, no es correcto provocárselos por mero entretenimiento—, la investigación científica no sólo lo ha confirmado, sino que ha llegado a demostrar que la capacidad sintiente de todos los mamíferos, siendo el Homo Sapiens uno de ellos, tiene prácticamente el mismo nivel de desarrollo. Así que, en términos generales, un toro en el ruedo padece biológicamente lo mismo que padecería un humano encontrándose en su lugar.

Dado lo anterior, para mantener que la diferencia cognitiva entre humanos y bovinos es relevante en este caso, tendría que defenderse que el sufrimiento físico es insuficiente para ameritar compasión y consideración moral, y únicamente el “sufrimiento filosófico” alcanza para ello, ¿estarían, señores taurinos, dispuestos a sostener ese criterio? Y si así lo hicieren, ¿qué opinarían en el caso de seres humanos cuya capacidad cognitiva está disminuida? ¿Considerarían inocuo que alguien con retraso mental, aunque conserve capacidades defensivas suficientes, se viera en las que se ve un toro de lidia en el ruedo? Este argumento de los casos marginales debería dar qué pensar.

Así que la única réplica que queda es decir que el ser humano merece más compasión y consideración que el toro simplemente porque es humano. Esta noción no tiene objetividad y se apoya únicamente en la anquilosada postura antropocéntrica de que todas las demás creaturas carecen de un valor inherente que nosotros sí tenemos. 1 Es una mera sensación de superioridad ontológica, igual que el sexismo, el racismo y semejantes, que estorba a la necesidad de ver con otros ojos a la naturaleza (qué ironía, por cierto, que quienes se vanaglorian de la particularidad intelectual humana renuncien a aprovecharla para su más loable y necesaria capacidad: la que algunos eticistas llaman “ampliar el círculo ético”).

En resumen, apelar a los distintivos de nuestra especie para intentar rebatir las objeciones a la tauromaquia sólo evidencia limitantes en la capacidad moral; limitantes autocomplacientes e incompatibles con los hechos. En este contexto, acaso la única consecuencia de la diferencia cognitiva sea que de entre los toros de lidia no va a surgir un Espartaco que los lidere en la lucha por su libertad —y es por eso que nosotros efectuamos esa lucha en su lugar—.

Las corridas de toros son una tradición y una manifestación cultural. Sí, también prácticas como la mutilación genital femenina son defendidas con ese argumento. La tauromaquia es una fuerza económica y genera muchos empleos. El esclavismo, como demostró Marx, fue la fuerza económica de todas las sociedades en algún momento; tanto que, ya en pleno siglo XIX, una de las principales razones de los estados del sur de Estados Unidos para rehusarse a abolir la esclavitud fue que ésta era la base de sus economías locales; además, si bien la condición de esclavo no tiene nada que ver con lo que hoy llamamos empleo, el comercio de esclavos sí que generaba empleos. La “fiesta brava” es una pasión muy importante para sus aficionados. Se nota; y es probable que quienes asistían a los circos de la Antigua Roma también se sintieran así ante lo que presenciaban en la arena; más aún, imaginemos cuánta satisfacción debía representar para la pasión religiosa de nuestros antepasados presenciar sacrificios hechos por devoción a sus respectivas divinidades, ya fuera abriéndoles el pecho a las víctimas, en la época prehispánica, o torturándolas y quemándolas vivas, en los tiempos de la Inquisición.

Y sin embargo, es difícil encontrar algún taurino que apruebe hoy prácticas como las anteriores, o que, si éstas fueran legales, se conformara con “no presenciarlas”. Porque los taurinos tampoco son sádicos monstruosos totalmente carentes de sensibilidad. Así que la pregunta es: ¿por qué violencia, esclavitud gladiatoria y teatral sacrificio son inaceptables en un humano, pero aceptables en un toro? ¿Porque el segundo no puede resolver una ecuación matemática? Respondan: ¿por qué el negocio, la tradición y la pasión son menos importantes que los derechos humanos, pero más importantes que los del resto de los seres sintientes? ¿Porque los animales no saben recitar trabalenguas?

Las tradiciones tienen valor histórico. Pero el beneficio de la Historia es identificar nuestros errores y aprender de ellos, no perpetuarlos; es progresar moralmente, no estancarse; es conocer y entender para mejorar, no para ignorar lo aprendido. Ahora hemos adquirido el conocimiento y la sabiduría suficientes para ver la sintiencia que nos une a los demás animales y entender que no hay pretexto para ignorarla.

Si usted cree que los seres humanos merecen ser protegidos del sufrimiento innecesario pero los toros de lidia no, únicamente por razón de especie, créalo: a eso tiene derecho, como lo tiene a creer que los humanos de otras razas, naciones, géneros, clases o capacidades son inferiores, sin tener derecho a violentarlos. Pero no me venga a decir que, por defender una causa basada en la ampliación del círculo ético y apoyada por hechos científicos, estoy del lado de la censura y la represión.

* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

1 Es posible que algunos quieran verse sofisticados e invoquen la “dignidad humana”. Más allá de si estas personas han leído a Kant o tienen cierto conocimiento de su formulación, o si están al tanto de la evolución y distintas interpretaciones de este concepto, esta discusión ha sido interesantemente abordada por Diego Sánchez Cárdenas en un libro publicado por el Programa Universitario de Bioética: Dignidad “humana”: ¿Se opone a los derechos de los animales?